↑ Return to Spanish

Print this Page

LAS HORAS DE LA PASION

LAS HORAS DE LA PASION

DE NUESTRO SENOR JESUCRISTO

 

La Sierva de Dios Luisa Piccarreta

La Paquena Hija de la Divina Voluntad

Las Horas de la   Pasión de
Nuestro Señor Jesucristo

Hora

Hora de la Pasión

Oración de preparación para antes de cada hora.

5   a las 6 p.m

Jesús se separa de su Madre Santísima.

6   a las 7 p.m

Jesús se separa de su Madre Santísima
y se encamina hacia el Cenáculo.

7   a las 8 p.m

La Cena Legal.

8   a las 9 p.m

La Cena Eucarística.

9   a las 10 p.m

La primera hora de Agonía en el Huerto de Getsemaní.

10   a las 11 p.m

La segunda hora de Agonía en el Huerto de Getsemaní.

11   a las 12 a.m

La tercera hora de Agonía en el Huerto de Getsemaní.

12   a las 1 a.m

La captura de Jesús.

1   a las 2 a.m

Jesús atado, es hecho caer en el Torrente Cedrón.

2   a las 3 a.m

Jesús es presentado a Anás.

3   a las 4 a.m

Jesús en la casa de Caifás.

4   a las 5 a.m

Jesús entre los soldados.

5   a las 6 a.m

Jesús en la Prisión.

6   a las 7 a.m

Jesús de nuevo ante Caifás y
después es conducido a Pilato.

7   a las 8 a.m

Jesús ante Pilato y Pilato lo mandó a Herodes.

8   a las 9 a.m

Jesús de nuevo ante Pilato, es pospuesto a Barrabás.

9   a las 10 a.m

La Coronación de espinas. “ECCE HOMO”.

10   a las 11 a.m

Jesús abraza la Cruz. El Via crucis.

11   a las 12 p.m

La Crucifixión de Jesús.

12   a las 1 p.m

La primera hora de Agonía sobre la Cruz.

1   a las 2 p.m

La segunda hora de Agonía en la cruz.

2   a las 3 p.m

Tercera hora de agonía en la cruz. La muerte de Jesús.

3   a las 4 p.m

Jesús muerto es traspasado por la lanza.

4   a las 5 p.m

La sepultura de Jesús, y la Soledad de María S.S.

Oración de agradecimiento para después de cada hora.

 

 

Preparación para antes de cada hora.

¡Oh, Señor mío Jesucristo!, postrado ante tu divina presencia, suplico a tu amorosísimo Corazón que quiera admitirme a la dolorosa meditación de las 24 Horas de tu Pasión, en las que por amor nuestro quisiste sufrir tanto en tu cuerpo adorable y en tu alma santísima, hasta llegar a la muerte de cruz. ¡Ah!, ayúdame, dame tu gracia, amor, profunda compasión y entendimiento de tus padecimientos, mientras medito la hora ____.

Y por aquellas horas que no puedo meditar, te ofrezco la voluntad que tengo de meditarlas, y es mi intención meditarlas durante todas aquellas horas en las que estoy obligado a ocuparme de mis deberes o a dormir. Acepta, ¡oh misericordioso Jesús mío, Señor!, mi amorosa intención, y haz que sea de provecho para mí y para muchos como si efectivamente hiciera santamente todo lo que quisiera practicar.

Te doy gracias, ¡oh Jesús mío!, por haberme llamado a unirme a ti por medio de la oración; y para complacerte todavía más, tomo tus pensamientos, tu lengua, tu Corazón y con ellos quiero orar, fundiéndome del todo en tu Voluntad y en tu amor; y extendiendo mis brazos para abrazarte, apoyo mi cabeza sobre tu Corazón y empiezo..

 

 

Acción de gracias para después de cada hora.

¡Amable Jesús mío!, tú me has llamado en esta Hora de tu Pasión para hacerte compañía y yo he venido. Me parecía sentirte lleno de angustia y de dolor, orando, reparando y sufriendo, y que con tus palabras más conmovedoras y elocuentes suplicabas por la salvación de todas las almas. He tratado de seguirte en todo, y ahora, teniendo que dejarte para cumplir con mis habituales obligaciones, siento el deber de decirte « gracias » y « te bendigo ».

¡Sí, oh Jesús!, gracias, te lo repito mil y mil veces, y te bendigo por todo lo que has hecho y padecido por mí y por todos. Gracias y te bendigo por cada gota de sangre que has derramado, por cada respiro, por cada pálpito, por cada paso, palabra, mirada, amarguras y ofensas que has soportado. Por todo, ¡oh Jesús mío!, quiero sellarte con un gracias y te bendigo. ¡Ah, Jesús!, haz que de todo mi ser salga hacia ti una corriente continua de gratitud y de bendiciones, para atraer sobre mí y sobre todos la fuente de tus bendiciones y de tus gracias.

¡Ah Jesús mío!, estréchame a tu Corazón y con tus santísimas manos sella todas las partículas de mi ser con tu bendición, para que así no pueda salir de mí más que un himno continuo de amor hacia ti.

Por eso me quedo en ti para seguirte en lo que haces, antes bien, obrarás tú mismo en mí. Y yo desde ahora dejo mis pensamientos en ti para defenderte de tus enemigos, el respiro para cortejarte y hacerte compañía, el pálpito para decirte siempre Te amo y repararte por el amor que no te dan los demás; las gotas de mi sangre para repararte y para restituirte los honores y la estima que te quitarán con los insultos, salivazos y bofetadas, y dejo mi ser para hacerte guardia.

Dulce Amor mío, debiendo atender a mis ocupaciones quiero quedarme en tu Corazón. Tengo miedo de salirme de él, pero tú me tendrás en ti, ¿no es así? Nuestros latidos se tocarán sin cesar, de modo que me darás vida, amor y estrecha e inseparable unión contigo. ¡Ah, te suplico, oh Jesús mío!, si ves que alguna vez estoy por apartarme de ti, que tus latidos se hagan más fuertes en los míos, que tus manos me estrechen más fuertemente a tu Corazón, que tus ojos me miren y me hieran con sus saetas de fuego, para que al sentirte, de inmediato yo me deje atraer hacia ti y así no se rompa nuestra íntima unión. ¡Oh Jesús mío!, hazme la guardia para que no vaya a hacer alguna de las mías. Bésame, abrázame, bendíceme y haz junto conmigo todo lo que yo debo hacer.

De las 5 a las 6 de la tarde

Jesús se despide
de su Madre Santísima

 

¡Oh Madre mía!, se acerca la hora de la separación y yo quiero estar junto a ti. Dame tu amor y tus reparaciones, dame tu dolor, que junto contigo quiero seguir paso a paso a mi adorado Jesús.

Ya Jesús viene, y tú, con el alma rebosante de amor, corres a su encuentro, y al verlo tan pálido y triste se te rompe el Corazón por el dolor, las fuerzas te abandonan y estás a punto de desplomarte a sus pies…

¡Oh dulce Madre!, ¿sabes para qué ha venido Jesús? Ha venido para decirte por última vez « adiós », para decirte su última palabra, para recibir tu último abrazo. Madre mía, me abrazo a ti con toda la ternura de la que es capaz mi pobre corazón, para que abrazado y unido a ti, pueda yo también recibir los abrazos de mi adorado Jesús. ¿Me desdeñarás acaso o no es más bien un consuelo para tu Corazón tener un alma a tu lado que comparta contigo tus penas, tus afectos y tus reparaciones?

En esta hora tan desgarradora para tu tiernísimo Corazón, ¡qué lección nos das, oh Jesús, de filial y amorosa obediencia para con tu Madre! ¡Qué dulce armonía la que existe entre ustedes dos! ¡Qué suave encanto de amor, que se eleva hasta el trono del Eterno y se dilata para salvar a todas las criaturas de la tierra!

Celestial Madre mía, ¿sabes lo que quiere de ti nuestro adorado Jesús? No otra cosa que tu última bendición. Es verdad que de todas las partículas de tu ser no salen más que bendiciones y alabanzas a tu Creador, pero Jesús, al despedirse de ti, quiere oír esa dulce palabra de tu boca: « Te bendigo, hijo mío ». Y ese « te bendigo » apaga en sus oídos las blasfemias y penetra suavemente y con tanta dulzura dentro de su Corazón; ¡ah, sí!, Jesús quiere oír de ti ese « te bendigo » para poner como un muro de protección que lo defienda contra las ofensas que recibe de parte de todas las criaturas.

También yo me uno a ti, dulce Madre mía; sobre las alas de los vientos quiero atravesar los cielos para pedirle al Padre y al Espíritu Santo, y a todos los ángeles su bendición, y así poder traérsela a Jesús; y aquí en la tierra quiero pedirles a todas las criaturas y obtener de cada boca, de cada latido y de cada paso, de cada respiro, de cada mirada y de cada pensamiento, bendiciones y alabanzas a Jesús, y si nadie me las quiere dar, yo quiero dárselas por ellos.

¡Oh dulce Madre!, después de haber recorrido una y otra vez cielos y tierra para pedirle a la Sacrosanta Trinidad, a los ángeles, a todas las criaturas, a la luz del sol, al perfume de las flores, a las olas del mar, a cada soplo del viento, a cada llama de fuego, a cada hoja que se mueve, al parpadear de las estrellas, a cada movimiento de la naturaleza un « te bendigo » para Jesús, vuelvo a ti y uno mis bendiciones a las tuyas. Dulce Madre mía, veo que tú recibes consuelo y alivio y le ofreces a Jesús mis bendiciones para reparar todas las blasfemias y las maldiciones que recibe de parte de las criaturas, pero mientras yo te ofrezco todo, oigo tu voz que dice temblando: « ¡Hijo, bendíceme tú también a mí! ».

Dulce Amor mío, bendíceme a mí también al bendecir a tu Madre, bendice mis pensamientos, mi corazón, mis manos, mis pasos, mis obras y mientras bendices a tu Madre bendice también a todas las criaturas.

Madre mía, al ver el rostro de Jesús pálido, triste y afligido, se despierta en ti el recuerdo de los dolores que dentro de poco tendrá que sufrir. Prevés su rostro cubierto de salivazos y lo bendices; su cabeza traspasada por las espinas, sus ojos vendados, su cuerpo destrozado por la flagelación, sus manos y sus pies atravesados por los clavos, y por todo lo bendices; y por todos aquellos lugares por los que irá pasando tú lo sigues con tus bendiciones. Yo también junto contigo lo sigo cuando Jesús será flagelado, clavado en la cruz, abofeteado, coronado de espinas…, en todo hallará junto con tus bendiciones las mías.

¡Oh Jesús, Madre mía, los compadezco! Es inmenso su dolor en estos últimos momentos; parece que el Corazón de uno destroce el Corazón del otro.

Madre Santísima, arranca mi corazón de la tierra y átalo fuertemente a Jesús, para que abrazado a él pueda tomar parte en tus dolores; y mientras se estrechan y se abrazan el uno al otro, mientras se ven y se besan por última vez, quiero estar entre sus Corazones para poder recibir yo también sus últimos besos, sus últimos abrazos. ¿No ven que no puedo vivir sin ustedes a pesar de mis miserias y de mi frialdad? Jesús, Madre mía, ténganme abrazado a ustedes; denme su amor, su Voluntad; hieran mi pobre corazón, estréchenme en sus brazos, y junto contigo, ¡oh dulce Madre mía!, quiero seguir paso a paso a mi adorado Jesús con la intención de darle consuelo, alivio, amor y reparación por todos.

Jesús mío, junto con tu Madre, beso tu pie izquierdo, suplicándote que quieras perdonarme a mí y a todas las criaturas por todas las veces que no hemos caminado hacia Dios.

Beso tu pie derecho; perdóname y perdónanos a todos por todas las veces que no hemos seguido la perfección que tú querías de nosotros.

Beso tu mano izquierda; comunícanos tu pureza.

Beso tu mano derecha, y tú bendice todos los latidos de mi corazón, mis pensamientos, mis afectos, para que teniendo el mismo valor que tiene tu bendición todos queden santificados; junto conmigo bendice también a todas las criaturas, y que tu bendición sea el sello de la salvación de sus almas.

¡Oh Jesús!, junto con tu Madre te abrazo, y besando tu Corazón, te ruego que pongas entre tu Corazón y el de tu Madre Santísima, el mío, para que se alimente continuamente de su amor, de su dolor, de sus mismos afectos y deseos, y de su misma vida. Así sea.

Reflexiones y prácticas.

Jesús, antes de dar inicio a su pasión, va con su Madre a pedirle su bendición. En este acto Jesús nos enseña la obediencia, no solamente exterior, sino especialmente la interior, que se necesita para corresponder a las inspiraciones de la gracia. Muchas veces nosotros no estamos dispuestos a darle cumplimiento a las inspiraciones de la gracia, ya sea porque nuestro amor propio, junto con la tentación, nos lo impide, o también por respeto humano, o bien, porque no nos hacemos dulce violencia a nosotros mismos.

Pero rechazar una buena inspiración para ejercitar una virtud, para hacer un acto heroico, para hacer una buena obra, para practicar una devoción…, hace que el Señor se retire, privándonos de nuevas inspiraciones. En cambio, correspondiendo prontamente con piedad y con prudencia a las santas inspiraciones, atraeremos sobre nosotros mayores gracias y luces.

En los casos de duda, se echa mano de inmediato y con recta intención, del gran medio de la oración y de un recto y sabio consejo. De este modo el buen Dios no deja de iluminar nuestra alma para poder seguir las divinas inspiraciones y hacer que se multipliquen aprovechándolas al máximo.

Debemos hacer todas nuestras acciones, nuestros actos, nuestras oraciones, las Horas de la Pasión, con las mismas intenciones de Jesús, en su Voluntad, y sacrificándonos a nosotros mismos como él lo hizo, para gloria del Padre y por el bien de las almas.

Debemos estar dispuestos a sacrificarlo todo por amor de nuestro amable Jesús, uniformándonos a su espíritu, obrando con sus mismos sentimientos y abandonándonos a él, no solamente en todos nuestros sufrimientos y contrariedades externas, sino más aún en todo lo que disponga y suceda en nuestro interior; de este modo, cuando la ocasión lo quiera, nos encontraremos dispuestos a aceptar cualquier pena. Haciendo así le daremos a Jesús pequeños sorbos de dulzura; pero si además hacemos todo esto en la Voluntad de Dios, que contiene todas las dulzuras y todas las alegrías en modo inmenso, le daremos entonces a Jesús grandes sorbos de dulzura, de modo tal que podremos mitigar el envenenamiento que le provocan las criaturas y consolar su Corazón Divino.

Antes de empezar a hacer cualquier cosa, pidamos siempre la bendición de Dios, para hacer que todas nuestras acciones tengan el toque de la divinidad y atraigan sobre nosotros y sobre todas las criaturas las bendiciones del cielo.

« Jesús mío, que tu bendición me preceda, me acompañe y me siga, para que todo lo que haga lleve el sello de tu bendición ».

 

 

De   las 6 a las 7 de la tarde

Jesús se separa de su Madre Santísima
y se encamina hacia
el Cenáculo

 

Adorable Jesús mío, mientras que junto contigo he tomado parte en tus dolores y en los de tu afligida Madre, finalmente te decides a partir para dirigirte a donde la Voluntad del Padre te llama. Es tan grande el dolor de uno y otro que los vuelve inseparables, por lo que tú te quedas en el Corazón de tu Madre, y ella, dulce Reina y Madre, se queda en el tuyo, de lo contrario les sería imposible separarse. Luego, bendiciéndose el uno al otro, tú la besas por última vez para fortalecerla y para que pueda soportar tantos amargos dolores; te despides de ella por última vez y te vas.

Pero la palidez de tu rostro, tus labios temblorosos, tu voz apagada, que parece como si estuvieras por empezar a llorar al decirle « adiós », ¡ah, todo me dice cuánto la amas y cuánto sufres al tener que dejarla! Pero para cumplir la Voluntad del Padre, con sus Corazones fundidos el uno en el otro, a todo se someten, queriendo reparar por quienes, por no querer renunciar al cariño de sus familiares y amigos, a los vínculos y los apegos, incluso a las cosas lícitas y santas, no se preocupan de cumplir la santa Voluntad de Dios y de corresponder al estado de santidad al que Dios los llama. ¡Qué dolor te dan estas almas al rechazar de sus corazones el amor que quieres darles contentándose con el amor de las criaturas! Amable Amor mío, mientras reparo contigo, déjame que me quede junto a tu Madre para consolarla y sostenerla mientras tú te alejas, después apresuraré mis pasos para alcanzarte.

Pero con sumo dolor veo que mi Madre, angustiada, tiembla, y es tanto su dolor, que mientras trata de decirle « adiós » a su Hijo, la voz se le apaga entre los labios y no puede articular palabra alguna; se siente desfallecer, y en su delirio de amor dice:

« ¡Hijo mío, Hijo mío, te bendigo! ¡Qué amarga separación, más cruel que la misma muerte! ».

Pero el dolor le impide seguir hablando y la enmudece…

Desconsolada Reina, déjame que te sostenga, que te seque las lágrimas y que te compadezca en tu amarguísimo dolor!

Madre mía, yo no te dejaré sola. Déjame estar a tu lado y en este momento tan doloroso para Jesús y para ti enséñame lo que debo hacer, cómo debo defenderlo y consolarlo, cómo debo reparar, y si debo dar mi vida para defender la suya… No, no me apartaré, permaneceré bajo tu manto; a tu señal volaré hacia Jesús y le llevaré tu amor, tus afectos y tus besos junto con los míos y los pondré en cada llaga, en cada gota de su sangre, en cada pena e insulto recibido, para que sintiendo en cada pena los besos y el amor de su Madre, sus penas queden endulzadas; y después volveré bajo tu manto trayéndote sus besos para endulzar tu Corazón traspasado.

Madre mía, mi corazón palpita fuertemente; quiero ir en busca de Jesús; y mientras beso tus manos maternas, bendíceme como bendijiste a Jesús, y deja que me encamine hacia él.

Dulce Jesús mío, el amor me señala tus pasos y te alcanzo mientras estás recorriendo las calles de Jerusalén con tus amados discípulos. Te miro y veo que todavía estás pálido; oigo tu voz, dulce, sí, pero triste, y de una tristeza tal que se les parte el corazón a tus discípulos, quienes se encuentran sumamente turbados. Y dices:

« Es la última vez que recorro estas calles por mí mismo, mañana las recorreré atado y arrastrado entre mil insultos ».

Y señalando los lugares en los que serás insultado y maltratado mayormente, sigues diciendo:

« Mi vida está por terminar aquí en la tierra, como el sol está por desaparecer en el horizonte, y mañana, a esta hora, ya no estaré con ustedes. Pero como sol resucitaré al tercer día ».

Al oír estas palabras los apóstoles se ponen muy tristes y taciturnos y no saben qué responder. Pero tú añades:

« Ánimo, no se abatan, yo no los dejaré, estaré siempre con ustedes, pero es necesario que yo muera por el bien de todos ustedes ».

Y diciendo esto te conmueves, pero con tu voz sofocada por el llanto continúas instruyéndolos, y antes de entrar al Cenáculo miras el sol que está en el ocaso así como tú estás en el ocaso de tu vida, y ofreces tus pasos por quienes se encuentran en el ocaso de la vida y les das la gracia para que puedan morir en ti, reparando por quienes a pesar de los sinsabores y de los desengaños de la vida se obstinan en no rendirse a tu amor.

Después le das una última mirada a Jerusalén, el centro de tus prodigios y de las predilecciones de tu Corazón, y que en pago ya te está preparando la cruz y está afilando los clavos para realizar el deicidio; y tú te estremeces, se te rompe el Corazón por el dolor y lloras por su próxima destrucción. De este modo reparas por tantas almas consagradas a ti, almas que con tanto cuidado tratabas de convertirlas en portentos de tu amor y que, ingratas, no te corresponden y te hacen sufrir todavía más amargamente.

Quiero reparar contigo para endulzar la herida de tu Corazón. Me doy cuenta de que quedas horrorizado a la vista de Jerusalén, y apartando de ella tu mirada, entras en el Cenáculo.

Amor mío, estréchame a tu Corazón para que haga mías tus amarguras y las ofrezca junto contigo, y tú mira piadoso mi alma y derramando tu amor en ella, bendíceme.

Reflexiones y prácticas.

Jesús prontamente se separa de su Santísima Madre, aunque su Corazón sufre enormemente.

Y nosotros, ¿estamos dispuestos a sacrificar prontamente incluso los afectos más legítimos y santos para cumplir la Voluntad de Dios?

Examinémonos especialmente en los casos en los que la presencia divina sensible o la devoción sensible nos falta.

Cuando Jesús daba sus últimos pasos, no los daba en vano, sino que glorificaba al Padre y pedía por la salvación de las almas. Cuando caminamos debemos hacerlo con las mismas intenciones de Jesús, es decir, sacrificándonos por la gloria del Padre y por la salvación de las almas. Además debemos imaginarnos que ponemos nuestros pasos en los pasos de Jesús, y así como Jesús no daba un solo paso en vano, sino que encerraba en sus pasos los pasos de todas las criaturas reparando por todos los malos pasos, para darle al Padre la gloria que todos le debían, y darles vida a todos los pasos de los pecadores para que pudieran caminar por el camino del bien, así también nosotros haremos lo mismo poniendo nuestros pasos en los de Jesús con sus mismas intenciones.

Y cuando vamos por la calle, ¿lo hacemos modestamente y con recogimiento, de modo que seamos un ejemplo para los demás? Mientras Jesús caminaba, de cuando en cuando les decía algunas palabras a sus apóstoles, hablándoles de la inminencia de su pasión; y cuando nosotros hablamos, ¿de qué tratan nuestras conversaciones? Cuando se ofrece la ocasión durante nuestras conversaciones, ¿hablamos sobre la
pasión de nuestro Señor Jesucristo?

Jesús, al ver que sus apóstoles estaban tristes y desanimados trataba de confortarlos. Y nosotros cuando hablamos, ¿ponemos la intención de confortar a Jesús, haciendo nuestras conversaciones en la Divina Voluntad, infundiendo en los demás el espíritu de Jesucristo?

Jesús se encamina hacia el Cenáculo; todos nuestros pensamientos, nuestros afectos, cada latido del corazón, nuestras oraciones, todas nuestras obras, nuestro alimento y nuestro trabajo debemos encerrarlos en el Corazón de Jesús al momento que lo hacemos, y obrando de este modo, todo lo que hacemos tomará el modo divino. Pero siendo difícil el mantener siempre este modo divino, ya que por la miseria humana resulta difícil mantener continuamente la intención de fundir todos nuestros actos en Jesús, puede entonces suplir la intención de nuestra buena voluntad y así Jesús estará muy complacido; él mismo estará vigilando cada pensamiento, cada palabra, cada latido de nuestro corazón y todos esos actos los tendrá dentro y fuera de sí mismo y los verá con mucho amor, cual fruto de la buena voluntad de la criatura.

Pero cuando el alma, fundiéndose en él, hace todos sus actos inmediatos con Jesús, él se siente tan atraído hacia esta alma, que hará junto con ella lo que ella hace, y hará que todo lo que haga sea divino. Todo esto es efecto de la bondad de Dios, que todo lo toma en cuenta y todo lo premia, hasta un pequeño acto hecho en la Voluntad de Dios, para hacer que la criatura no quede defraudada en nada.

« Vida mía, Todo mío, que tus pasos guíen los míos y que mientras piso esta tierra, mis pensamientos estén en el cielo ».

 

 

De las 7 a las 8 de la tarde

La Cena Legal

¡Oh Jesús!, llegando al Cenáculo con tus amados discípulos te pones a cenar con ellos.

¡Qué dulzura, qué afabilidad muestras en toda tu divina persona abajándote a tomar por última vez el alimento material! ¡Todo en ti es amor! También aquí no solamente reparas los pecados de gula, sino que obtienes además la santificación del alimento, y así como éste se convierte en fuerza para el cuerpo, obtienes también para nosotros la santidad hasta para las cosas más bajas, y comunes y corrientes que hagamos.

Jesús, vida mía, tu mirada dulce y penetrante parece indagar a todos tus apóstoles, y hasta en el acto de tomar alimento tu Corazón queda traspasado al ver a tus amados apóstoles débiles y vacilantes todavía, sobre todo al pérfido Judas que ya ha puesto un pie en el infierno. Y tú, en el fondo de tu Corazón, dices amargamente:

« ¿Cuál es la utilidad de mi sangre? ¡He aquí un alma tan beneficiada por mí, perdida para siempre! ».

Y con tus ojos resplandecientes de luz lo miras como queriendo hacer que comprenda el gran mal cometido. Pero tu caridad suprema te pide que soportes este dolor y que no se lo manifiestes ni siquiera a tus amados discípulos.

Y mientras sufres amargamente por Judas, tu Corazón se llena de alegría al ver a tu izquierda a tu amado discípulo Juan, y no pudiendo contener más tu amor por él, lo atraes dulcemente hacia ti y haces que apoye su cabeza sobre tu Corazón haciéndole sentir el paraíso por adelantado.

Es en esta hora solemne en la que en estos dos discípulos están representados los dos pueblos: el réprobo y el elegido. El réprobo en Judas que ya siente el infierno en su corazón, y el elegido en Juan que en ti reposa y goza. ¡Oh dulce Bien mío, también yo me pongo a tu lado y junto con tu amado discípulo quiero apoyar mi cabeza cansada sobre tu Corazón adorable y pedirte que también a mí me hagas sentir sobre esta tierra las delicias del cielo, para que cautivado por las dulces armonías de tu Corazón, la tierra para mí ya no sea tierra, sino cielo!

Pero en medio de esas armonías dulcísimas y divinas siento que se te escapan del Corazón dolorosos latidos: ¡Son las almas perdidas! ¡Oh Jesús, no permitas que se pierdan más almas! Haz que cada latido de tu Corazón fluya en los suyos y les haga sentir los latidos de la vida del cielo, así como lo siente tu amado discípulo Juan y que atraídas por la suavidad y la dulzura de tu amor puedan rendirse todas a ti.

¡Oh Jesús!, mientras me quedo en tu Corazón, dame también a mí, así como les diste a tus apóstoles, el alimento de tu Divina Voluntad, el alimento de tu amor, el alimento de tu divina palabra, y jamás, ¡oh Jesús mío!, me niegues este alimento que tú mismo tanto deseas darme, para que puedas formar en mí tu misma vida.

Dulce Bien mío, mientras estoy a tu lado, me doy cuenta de que lo que estás comiendo junto con tus amados apóstoles es un cordero. Sí, es precisamente el cordero que te representa; y así como en este cordero no queda ningún humor vital por la fuerza del fuego, también tú, que eres el Cordero Místico y que por las criaturas debes consumirte totalmente por la fuerza de tu amor, no te quedarás ni siquiera con una gota de tu sangre, derramándola toda por amor nuestro. De manera que nada de lo que haces deja de representar a lo vivo tu dolorosísima pasión, teniéndola siempre presente en tu mente, en tu Corazón, en todo; y eso me enseña, que si yo también tuviera siempre presente en mi mente y en mi corazón el recuerdo de tu pasión, jamás me negarías el alimento de tu amor.

¡Cuánto te doy gracias, oh Jesús mío! No pasas por alto ni un solo acto en el que no me tengas presente y en el que además no quieras hacerme algún bien especial. Por eso, te suplico que tu pasión esté siempre en mi mente, en mi corazón, en mis miradas, en mis pasos y en mis obras, para que a donde quiera que vaya, dentro y fuera de mí, te encuentre siempre presente para mí, y tú dame la gracia de que yo jamás olvide lo que haz hecho y sufrido por mí, y que ésta sea como un imán que, atrayendo todo mi ser hacía ti, me impida el poder volver a alejarme de ti. Así sea.

Reflexiones y prácticas.

Antes de empezar a comer, unamos nuestras intenciones a las de nuestro bien amado Jesús, imaginándonos que la boca de Jesús es la nuestra, y que movemos nuestros labios y nuestras mejillas junto con las suyas.

Haciendo esto, no solamente atraeremos a nosotros la vida de Jesús, sino que nos uniremos a él para darle al Padre toda la gloria, la alabanza, el amor, la acción de gracias y la reparación que todas las criaturas deberían darle y que Jesús hizo por nosotros en este acto al tomar los alimentos.

Imaginémonos también estar a su lado cuando estamos sentados en la mesa, y que cada vez que lo miramos, le pedimos que divida con nosotros un bocado, besamos la orilla de su manto, contemplamos cómo se mueven sus labios, sus ojos celestiales o nos damos cuenta de cómo por momentos empalidece su amabilísimo rostro al prever tantas ingratitudes humanas.

Así como Jesús durante la cena estaba hablando de su pasión, también nosotros, cuando estemos comiendo haremos alguna reflexión de cómo hemos estado haciendo las Horas de la Pasión. Los ángeles están siempre pendientes sobre nosotros para recoger nuestras oraciones y nuestras reparaciones y llevarlas a la presencia del Padre, tal como hacían cuando Jesús estuvo sobre la tierra, para mitigar de algún modo su justa indignación por todas las ofensas que recibe de parte de las criaturas. Y cuando hacemos oración, ¿podemos decir que los ángeles están contentos, que hemos estado recogidos y reverentes, de modo que ellos puedan llevar al cielo con gozo nuestras oraciones, así como llevaban las de Jesús?, o más bien, ¿los hemos entristecido?

Mientras Jesús comía, al ver a Judas que se iba a perder, se le rompía el Corazón por el dolor, y en Judas veía a todas las almas que se iban a perder, y puesto que no hubo cosa que más lo hiciera sufrir que la perdición de las almas, no pudiendo contenerse, atrajo hacia su Corazón a Juan para en él hallar alivio. Así también nosotros, como Juan, estaremos siempre cerca de él, compadeciéndolo en todos sus sufrimientos, dándole alivio y haciéndolo reposar en nuestros corazones; también haremos nuestras sus penas, nos fundiremos en él, y así sentiremos los latidos de su Corazón Divino traspasado por la perdición de las almas. Le daremos los latidos de nuestro corazón para sanar sus heridas, y dentro de esas heridas pondremos a las almas que quieren condenarse para que se conviertan y se salven.

Cada latido del Corazón de Jesús es un « te amo » que repercute en cada latido del corazón de las criaturas y que quisiera encerrarlas a todas en su Corazón para sentirse correspondido por sus latidos, pero el buen Jesús no es correspondido por tantas almas y sus latidos quedan como sofocados y amargados. Pidámosle a Jesús que selle nuestros latidos con su « te amo » para que nuestro corazón pueda también vivir la vida de su Corazón y que repercutiendo en el corazón de las criaturas, las obligue a decir: « ¡Te amo, oh Jesús! ».

Es más, nos fundiremos en él y nos hará sentir su « te amo ». Es tan inmenso el « te amo » de Jesús, que los cielos y la tierra están llenos de él, circula en los santos, desciende al purgatorio; todos los corazones de las criaturas han sido tocados por el « te amo » de Jesús y hasta los mismos elementos sienten vida nueva, de modo que todos experimentan sus efectos.

Y Jesús, hasta en el respiro se siente como sofocado por la perdición de las almas; así que nosotros le daremos nuestro respiro de amor para confortarlo, y tomando su respiro, tocaremos a las almas que se apartan de sus brazos para darles la vida de su respiro divino, para que en vez de huir, puedan regresar a él y vivir todavía más unidos a él.

Y cuando nos sintamos en pena, sintiendo fatiga al respirar, pensemos entonces en Jesús, que en su respiro contiene el respiro de todas las criaturas: también él, cuando un alma se pierde, siente como que le falta el respiro; por eso nosotros, pongamos nuestro respiro fatigoso y penante en el respiro de Jesús para darle alivio y con nuestro dolor corramos en busca del pecador para obligarlo a que se encierre en el Corazón de Jesús.

« Amado Bien mío, que mi respiro sea un grito constante a cada respiro de las criaturas que las obligue a encerrarse en tu respiro divino ».

La primera palabra que Jesús amante dijo sobre la cruz fue la palabra del perdón, para disculpar ante el Padre a todas las almas y para hacer que su justicia se transformara en misericordia. Nosotros le ofreceremos todos nuestros actos para pedir disculpa en favor de los pecadores, para que enternecido por nuestra petición de perdón, ningún alma pueda irse al infierno. Haremos la guardia junto con él a los corazones de las criaturas, para que nadie lo ofenda.

Dejaremos que desahogue su amor aceptando de buena gana todo lo que disponga de nosotros: frialdades, durezas, oscuridades, opresiones, tentaciones, distracciones, calumnias, enfermedades y cualquier otra cosa, para confortarlo por todo lo que recibe de parte de las criaturas. No es solamente con el amor que Jesús se desahoga con las almas, sino que también muchas veces, cuando siente el frío de las criaturas, busca un alma a la cual hacerle sentir su frío y así desahogarse con ella, y si el alma lo acepta, se siente reanimado de todas las frialdades de las criaturas y este frío será como un guardia que cuide el corazón de las almas para hacer que Jesús sea amado por ellas.

Otras veces Jesús siente la dureza de los corazones en el suyo y, no pudiéndola contener, quiere desahogarse y viene a nosotros y con su Corazón toca el nuestro, participándonos parte de su pena y nosotros haciendo nuestra su pena, la pondremos alrededor del corazón del pecador, para ablandar su dureza de corazón y conducirlo a Jesús.

« Mi bien amado Jesús, tú sufres tanto por la perdición de las almas, y yo, para compadecerte, pongo a tu disposición todo mi ser; tomaré sobre mí tus penas y las penas de todos los pecadores y así te daré un alivio y al pecador lo dejaré abrazado a ti ».

« ¡Oh Jesús mío, haz que todo mi ser se derrita de amor, para que se convierta en un alivio continuo para ti y endulce todas tus amarguras! ».

 

De las 8 a las 9 de la noche

La Cena Eucarística

Dulce Amor mío, incontentable siempre en tu amor, veo que al terminar la cena legal, te pones de pie junto con tus amados discípulos y elevas al Padre el himno de acción de gracias por haberles dado el alimento, queriendo así reparar por todas las faltas de gratitud, por todas las veces que las criaturas no te agradecen todos los recursos que nos proporcionas para la conservación de nuestra vida corporal. Es por eso que tú, ¡oh Jesús!, en todo lo que haces, en todo lo que tocas y ves, tienes siempre en tus labios estas palabras:

« ¡Gracias te sean dadas, oh Padre! ».

¡Oh Jesús!, también yo, unido a ti, tomaré estas palabras de tus mismos labios y diré siempre y en todo: « Gracias, por mí y por todos », para continuar tu misma reparación por las faltas de gratitud de las criaturas.

Lavatorio de los pies

Mas parece que tu amor no se da tregua; haces que de nuevo se sienten tus amados discípulos, tomas una palangana con agua, y tomando una toalla blanca, te postras a los pies de los apóstoles, en un acto tan humilde, que llamas la atención de todo el cielo quedando estático. Hasta los mismos apóstoles se quedan paralizados al verte postrado a sus pies… Pero dime Amor mío, ¿qué es lo que quieres? ¿Qué es lo que pretendes hacer con este acto tan humilde? ¡Humildad jamás vista y que jamás se volverá a ver!

« ¡Ah, hijo mío! Quiero a todas las almas, y postrado a sus pies como un pobre mendigo, se las pido a cada uno con insistencia, y llorando tramo inventos de amor para llegar a hacerlas mías… Con este recipiente de agua mezclada con mis lágrimas y postrado a sus pies, quiero lavarlas de toda imperfección y prepararlas para recibirme en el sacramento que estoy por instituir. Es tan importante para mí este acto de recibirme en la Eucaristía, que no quiero confiarle este oficio ni a los ángeles y ni siquiera a mi querida Madre, sino que yo mismo quiero purificar las almas de mis apóstoles, hasta las partes más íntimas de su ser, para disponerlos a recibir el fruto del sacramento; y es también mi intención preparar en los apóstoles a todas las almas ».

« Quiero reparar todas las obras santas, la administración de los sacramentos, y especialmente todas las cosas hechas por los sacerdotes con espíritu de soberbia, vacías de espíritu divino y de desinterés. ¡Ah, cuántas obras buenas llegan a mí más para deshonrarme que para honrarme! ¡Más para hacerme sufrir que para complacerme! ¡Más para darme muerte que para darme vida! Estas son las ofensas que más me entristecen… ¡Oh alma!, numera todas las ofensas más íntimas que se me hacen, y con mis mismas reparaciones, repara y consuela mi Corazón lleno de amarguras ».

Afligido Bien mío, tu vida la hago mía y junto contigo quiero repararte por todas esas ofensas. Quiero entrar en los escondrijos más íntimos de tu Corazón divino y hacer una reparación con tu mismo Corazón por las ofensas más íntimas y secretas que recibes de tus hijos predilectos. Jesús mío, quiero seguirte en todo, y unido a ti, quiero hacer un recorrido por todas las almas que te recibirán en la Eucaristía, quiero entrar en sus corazones, y poniendo mis manos junto con las tuyas, ¡ah Jesús!, con esas mismas lágrimas tuyas mezcladas en el agua con la que les lavaste los pies a tus apóstoles, lavemos a las almas que te recibirán, purifiquemos sus corazones, prendámosles fuego, sacudamos de ellas el polvo con el que se han ensuciado para que cuando te reciban puedas hallar en ellas tus complacencias en lugar de amarguras.

Afectuoso Bien mío, pero mientras con toda atención les estás lavando los pies a tus apóstoles, te miro y veo que otro dolor traspasa tu Corazón santísimo: los apóstoles representan para ti a todos los futuros hijos de la Iglesia; cada uno de ellos representaba la serie de cada uno de los males que iban a existir en la Iglesia, y por lo tanto, la serie de cada uno de tus dolores: en uno las debilidades, en otro los engaños o las hipocresías o el amor desmedido a los intereses…, en San Pedro, el faltar a los buenos propósitos y todas las ofensas de los jefes de la Iglesia, en San Juan las ofensas de los que te son más fieles, en Judas a todos los apóstatas junto con toda la serie de los graves males cometidos por éstos.

Tu Corazón está sofocado por tanto dolor y por tu amor, tanto, que no pudiendo contenerte, te detienes a los pies de cada apóstol y lloras amargamente, oras y reparas por cada una de estas ofensas y pides para todos el remedio oportuno.

Jesús mío, también yo me uno a ti: hago mías tus oraciones, tus reparaciones y los remedios oportunos que has solicitado para cada alma. Quiero mezclar mis lágrimas con las tuyas para que nunca estés solo, sino que siempre me tengas contigo para dividir tus penas.

Pero mientras sigues lavando los pies de tus apóstoles, dulce Amor mío, veo que ya estás a los pies de Judas. Puedo oír tu respiro como sofocado… y veo que no solamente estás llorando, sino que sollozas, y que mientras estás lavando esos pies, los besas, te los estrechas al Corazón, y no pudiendo emitir palabra alguna porque el llanto te sofoca, lo miras con tus ojos hinchados por las lágrimas, y con el Corazón le dices:

« ¡Hijito mío, ah, te lo suplico con la voz de mis lágrimas, no te vayas al infierno! ¡Dame tu alma; postrado a tus pies te la pido! Dime, ¿qué es lo que quieres?, ¿qué es lo que pretendes? Te daré todo con tal de que no te pierdas. ¡Ah, evítame este dolor, a mí, tu Dios! ».

Y vuelves a estrechar sus pies a tu Corazón… Pero viendo la dureza de Judas, tu Corazón se ve en aprietos, tu amor te sofoca y estás a punto de desfallecer.

Corazón mío, Vida mía, déjame que te sostenga entre mis brazos. Me doy cuenta de que estos son los inventos de tu amor que usas con los pecadores obstinados… ¡Ah, Corazón mío!, mientras te compadezco y reparo por las ofensas que recibes de las almas que se obstinan en no querer convertirse, te suplico que recorramos juntos la tierra y en donde haya pecadores obstinados, démosle a cada uno tus lágrimas para enternecerlos, tus besos y tus abrazos de amor para encadenarlos a ti, de manera que ya no puedan huir de ti, y así te consueles por el dolor que te causó la perdición de Judas.

La Institución de la Santísima Eucaristía

Jesús mío, gozo y delicia mía, veo que tu amor corre, vuela. Con el Corazón lleno de dolor te levantas, y como que corres al altar en donde está preparado el pan y el vino para la consagración. Corazón mío, veo que tomas un aspecto totalmente nuevo y jamás visto; tu divina persona toma un aspecto tierno, amoroso, afectuoso; tus ojos resplandecen de luz más que si fueran soles, tu rostro encendido brilla, tus labios sonríen y arden de amor, y tus manos creadoras se disponen a crear. Amor mío, estás totalmente transformado; parece como si la divinidad se desbordara de tu humanidad. Corazón mío y Vida mía, Jesús, este nuevo aspecto tuyo jamás visto llama la atención de todos los apóstoles que subyugados por tan dulce encanto no se atreven ni siquiera a respirar. Tu dulce Madre corre en espíritu a los pies del altar, para contemplar los prodigios de tu amor. Los ángeles bajan del cielo y se preguntan unos a otros:

« ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¡Es una verdadera locura, un exceso inaudito! Un Dios que crea, no el cielo o la tierra, sino a sí mismo, ¿y dónde? Dentro de la materia vilísima de poco pan y poco vino ».

Y mientras que todos están a tu alrededor, ¡oh Amor insaciable!, veo que tomas el pan entre tus manos, se lo ofreces al Padre y oigo tu dulcísima voz que dice:

« Padre Santo, te doy gracias porque siempre escuchas a tu Hijo. Padre mío, concurre conmigo. Tú un día me enviaste del cielo a la tierra para que me encarnara en el seno de mi Madre y viniera a salvar a nuestros hijos; ahora permíteme que me encarne en cada hostia para poder continuar su salvación y ser vida de cada uno de mis hijos… ¡Mira, oh Padre!, me quedan pocas horas de vida, ¿quién tendrá corazón para dejar a mis hijos huérfanos y solos? Sus enemigos son muchos: las tinieblas, las pasiones, las debilidades a las que están sujetos… ¿Quién podrá ayudarlos? ¡Ah, te lo suplico, déjame que me quede en cada hostia para ser vida de cada uno de ellos! Para poner en fuga a sus enemigos y ser para ellos luz, fuerza y ayuda en todo. De lo contrario, ¿a dónde irán?, ¿quién los ayudará? Nuestras obras son eternas, mi amor es irresistible, no puedo ni quiero dejar a mis hijos ».

Y el Padre, al oír la voz tierna y afectuosa de su Hijo, se enternece, desciende del cielo y se encuentra ya sobre el altar junto con el Espíritu Santo para concurrir con su Hijo. Y Jesús, con voz fuerte y conmovedora, pronuncia las palabras de la consagración, y sin dejarse a sí mismo, se crea a sí mismo en ese pan y en ese vino… Y después te das en la Comunión a tus apóstoles y creo que nuestra querida Madre Celestial no se quedó sin recibirte. ¡Ah, Jesús, los cielos se inclinan reverentes y todos te hacen un acto de adoración en este nuevo estado tuyo de profundo anonadamiento!

Pero mientras tu amor queda complacido y satisfecho, ¡oh dulce Jesús!, no teniendo ya nada más que hacer, veo, ¡oh Bien mío!, que sobre el altar, entre tus manos, se encuentran todas las hostias consagradas que se perpetuarán hasta el fin de los siglos, y en cada hostia veo que está desplegada toda tu dolorosa pasión, pues las criaturas, a los excesos de tu amor, preparan excesos de ingratitudes y de enormes delitos. Y yo, Corazón de mi corazón, quiero estar siempre junto contigo en cada sagrario, en todos los copones y en cada hostia consagrada que llegará a tener existencia hasta el final del mundo, para poder ofrecerte mis actos de reparación conforme a las ofensas que recibes.

Por eso, Corazón mío, me pongo junto a ti y beso tu frente majestuosa. Pero al besarte siento en mis labios el dolor de las espinas que coronan tu cabeza, porque en esta hostia santa, ¡oh Jesús mío!, no es que te evitan ser coronado de espinas como en la pasión. Veo que las criaturas vienen ante tu presencia sacramental, y en vez de ofrecerte el homenaje de sus pensamientos, te ofrecen sus malos pensamientos, y tú bajas de nuevo la cabeza como en la pasión, para recibir las espinas de los malos pensamientos que las criaturas tienen ante tu presencia sacramental. ¡Oh Amor mío!, también yo contigo bajo la cabeza para compartir tus penas, y pongo todos mis pensamientos en tu mente para sacarte estas espinas que te causan tanto dolor, y quiero que cada uno de mis pensamientos fluya en cada uno de los tuyos para hacerte un acto de reparación por cada pensamiento malo de las criaturas y endulzar así tus pensamientos afligidos.

Jesús, Bien mío, beso tus hermosos ojos. En esta hostia santa, con esos ojos tuyos llenos de amor, estás en espera de todos aquellos que vienen a tu presencia para mirarlos con tus miradas de amor y así ser correspondido con el amor de sus miradas amorosas. Pero, ¡cuántos vienen ante ti, y en lugar de verte y buscarte a ti, se ponen a ver cosas que los distraen de ti quitándote el gusto de intercambiar tus miradas con las suyas y tú lloras! Por eso, al besarte, siento que mis labios se mojan con tus lágrimas. ¡Ah, Jesús mío, no llores!, quiero poner mis ojos en los tuyos para compartir tus penas y llorar junto contigo y hacer una reparación por todas las miradas distraídas, ofreciéndote mis miradas teniéndolas siempre fijas en ti.

Jesús, Amor mío, beso tus santísimos oídos. Con mucha atención quieres escuchar lo que las criaturas quieren de ti para consolarlas, y sin embargo, ellas hacen llegar a tus oídos oraciones mal hechas, llenas de aprensiones y sin verdadera confianza; oraciones hechas, en su mayoría, por rutina y sin vida; y tus oídos en esta hostia santa se sienten molestados más todavía que durante tu pasión. ¡Oh Jesús mío!, quiero tomar todas las armonías del cielo y ponerlas en tus oídos para repararte por esas molestias; quiero poner mis oídos en los tuyos, no sólo para compartir estas molestias, sino para estar siempre atento a lo que quieres, a lo que sufres, y ofrecerte inmediatamente mi reparación y consolarte.

Jesús, Vida mía, beso tu santísimo rostro y veo que está todo ensangrentado, pálido e hinchado. ¡Ah!, las criaturas vienen ante tu presencia en esta hostia santa y con sus posturas indecentes y las malas conversaciones que hacen ante ti, en vez de honrarte, te dan bofetadas y te escupen, y tú, como en la pasión, lleno de paz y con tanta paciencia, lo recibes y lo soportas todo… ¡Oh Jesús mío!, no solamente quiero poner mi rostro junto al tuyo para acariciarte y besarte cuando te den de bofetadas y limpiarte los salivazos cuando te escupan, sino que quiero ponerlo en tu mismo rostro, para compartir contigo estas penas; más aún, quiero hacer de mi ser tantos diminutos pedacitos, para ponerlos ante ti como estatuas arrodilladas incesantemente y repararte tantos deshonores que recibes en tu presencia sacramental.

Jesús mío, beso tu dulcísima boca, ¡ah!, veo que al entrar en el corazón de las criaturas, el primer sitio en el que te apoyas es sobre la lengua. ¡Qué amargura sientes al hallar tantas lenguas mordaces, impuras y malas! Sientes como que te sofocas cuando te hallas en esas lenguas, y peor aún cuando desciendes a sus corazones. ¡Oh Jesús!, si me fuera posible, quisiera encontrarme en la boca de cada criatura para endulzarte y repararte cualquier ofensa que recibas.

Fatigado Bien mío, beso tu santísimo cuello y veo que estás cansado, agotado y del todo ocupado en tu quehacer de amor. Dime, ¿qué haces?

Y Jesús: « Hijo mío, trabajo desde la mañana hasta la noche formando continuas cadenas de amor, para que cuando las almas vengan a mí, encuentren ya preparada mi cadena de amor que las encadenará a mi Corazón. Pero, ¿sabes qué es lo que me hacen? Muchos toman a mal mis cadenas y se liberan de ellas por la fuerza y las rompen, y puesto que estas cadenas están atadas a mi Corazón, yo me siento torturado y deliro; y mientras hacen pedazos mis cadenas, haciendo que todo el trabajo que hago en este sacramento fracase, ellos en cambio buscan las cadenas de las criaturas incluso ante mi presencia, sirviéndose de mí para lograr su intento. Todo esto me causa tanto dolor que me sube la fiebre violentamente al grado que me hace desfallecer y delirar ».

¡Cuánto te compadezco, oh Jesús! Tu amor se siente extremadamente agobiado, ¡ah!, para consolarte por tu trabajo y para hacer una reparación cuando rompen tus cadenas de amor, te suplico que encadenes mi corazón con todas esas cadenas, para poder ofrecerte por todos mi correspondencia de amor.

Jesús mío, Arquero Divino, beso tu pecho; es tanto y tan grande el fuego que contiene, que para darle un poco de desahogo a sus llamas que se elevan demasiado alto, tú, queriendo descansar un poco de tu trabajo, quieres también ponerte a jugar en el sacramento. Y tu juego es hacer flechas, dardos y saetas, para que cuando las criaturas vengan a ti, tú te pongas a jugar con ellas, haciendo salir de tu pecho tus flechas para enamorarlas, y cuando las reciben te pones de fiesta y tu juego está hecho; pero muchos, ¡oh Jesús!, las rechazan, correspondiéndote con flechas de frialdad, dardos de tibieza y saetas de ingratitud, y tú quedas tan afligido que lloras porque las criaturas hacen que tu juego de amor fracase. ¡Oh Jesús, aquí está mi pecho dispuesto a recibir no solamente las flechas destinadas para mí, sino también las que los demás rechazan, de modo que tus juegos ya no volverán a fracasar, y para corresponderte quiero repararte por todas las frialdades, las tibiezas y las ingratitudes que recibes!

¡Oh Jesús!, beso tu mano izquierda y quiero reparar por el uso del tacto ilícito y no santo hecho en tu presencia y te ruego que con esta mano me tengas siempre abrazado a tu Corazón.

¡Oh Jesús!, beso tu mano derecha, queriendo reparar por todos los sacrilegios, en modo particular por las Santas Misas mal celebradas. ¡Amor mío, cuántas veces te ves forzado a bajar del cielo a las manos del sacerdote, que en virtud de la potestad que le has dado te llama, y al venir encuentras sus manos llenas de fango y de inmundicia, y aunque tú sientes la nausea de estar en esas manos, tu amor te obliga a permanecer en ellas…! Es más, en ciertos sacerdotes es peor, porque encuentras en ellos a los sacerdotes de tu pasión, que con sus enormes delitos y sacrilegios renuevan el deicidio. Jesús mío, es espantoso el sólo pensar que una vez más, como en la pasión, te encuentras en esas manos indignas como un manso corderito aguardando de nuevo tu muerte. ¡Ah Jesús, cuánto sufres! ¡Cómo quisieras una mano amante que te liberara de esas manos sanguinarias! Te suplico que cuando te encuentres en esas manos hagas que yo también me encuentre presente para hacerte una reparación. Quiero cubrirte con la pureza de los ángeles, quiero perfumarte con tus virtudes para contrarrestar la pestilencia de esas manos y ofrecerte mi corazón para que encuentres ayuda y refugio, y mientras estés en mí yo te pediré por los sacerdotes para que sean dignos ministros tuyos, y por lo tanto para que no vuelvan a poner en peligro tu vida sacramental.

¡Oh Jesús!, beso tu pie izquierdo y quiero reparar por quienes te reciben por pura rutina y sin las debidas disposiciones.

¡Oh Jesús!, beso tu pie derecho y te reparo por quienes te reciben para ultrajarte. Cuando se atrevan a hacerlo, te suplico que repitas el milagro que hiciste cuando Longinos te atravesó el Corazón con la lanza, que al flujo de aquella sangre que brotó, al tocarle los ojos lo convertiste y lo sanaste; así también, que cuando se acerquen a comulgar, apenas los toques sacramentalmente, conviertas sus ofensas en amor.

¡Oh Jesús!, beso tu Santísimo Corazón, el cual es el centro en el que confluyen todas las ofensas, y quiero repararte por todo y por todos correspondiéndote con mi amor, y estando siempre unido a ti quiero compartir tus penas. ¡Ah, te suplico, Celestial Arquero de amor, que si se me escapa ofrecerte mis reparaciones por alguna ofensa, me tomes prisionero en tu Corazón y en tu Voluntad, para que no se me pueda escapar nada! Le pediré a nuestra dulce Madre que me mantenga alerta y junto con ella repararemos por todo y por todos; juntos te besaremos y te defenderemos alejando de ti todas las oleadas de amarguras que por desgracia recibes de parte de las criaturas.

¡Ah Jesús!, recuerda que yo también soy un pobre encarcelado, aunque es cierto que tu cárcel es más estrecha, cual lo es el breve espacio de una hostia; por eso, enciérrame en tu Corazón y con las cadenas de tu amor, quiero que no solamente me encadenes, sino que ates uno por uno mis pensamientos, mis afectos, mis deseos; inmovilízame las manos y los pies encadenándolos a tu Corazón, para no tener más manos ni pies que los tuyos. De manera que mi cárcel ha de ser tu Corazón; mis cadenas, el amor; las rejas que absolutamente me impedirán salir, tu Voluntad Santísima y sus llamas, mi alimento, mi respiro, mi todo; así que ya no volveré a ver otra cosa que llamas, ni volveré a tocar más que fuego, el cual me dará vida y muerte, tal como tú la sufres en la hostia y así te daré mi vida. Y mientras yo me quedaré prisionero en ti, tú quedarás libre en mí. ¿No ha sido ésta tu intención al haberte encarcelado en la hostia, el ser desencarcelado por las almas que te reciben, recibiendo tú la vida en ellas? Por eso, como muestra de tu amor, bendíceme y dame un beso, y yo te abrazo y me quedo en ti.

¡Oh mi dulce Corazón!, veo que después de haber instituido el Santísimo Sacramento y de haber visto la enorme ingratitud y las ofensas de las criaturas ante los excesos de tu amor, a pesar de que quedas herido y amargado, no retrocedes, al contrario, quisieras ahogarlo todo en la inmensidad de tu amor.

Te veo, oh Jesús, que te das a ti mismo a tus apóstoles en la Comunión, y después les dices que lo que tú has hecho ellos también lo deben hacer, dándoles así la potestad de consagrar; de éste modo los ordenas sacerdotes e instituyes otros sacramentos. De manera que piensas en todo y reparas por todo: por las predicaciones mal hechas, por los sacramentos administrados y recibidos sin las debidas disposiciones y que por lo tanto quedan sin producir sus efectos, por las vocaciones equivocadas de los sacerdotes, sea por parte de ellos que por parte de quienes los ordenan sin haber usado todos los medios para conocer las verdaderas vocaciones. ¡Ah, Jesús, no se te olvida nada y yo quiero seguirte y repararte por todas estas ofensas!

Y así, después de haber hecho todo, te encaminas hacia el huerto de Getsemaní en compañía de tus apóstoles, para dar inicio a tu dolorosa pasión. Yo te seguiré en todo para hacerte fiel compañía.

Reflexiones y prácticas.

Jesús está escondido en la hostia para darle la vida a todos y en su ocultamiento abraza todos los siglos y da luz a todos. Así también nosotros, escondiéndonos en él, con nuestras reparaciones y oraciones daremos luz y vida a todos, incluso a los mismos herejes e infieles, porque Jesús no excluye a nadie.

¿Qué hacer mientras nos escondemos? Para hacernos semejantes a Jesucristo debemos esconder todo en él, es decir, pensamientos, miradas, palabras, latidos, afectos, deseos, pasos y obras, y hasta nuestras oraciones debemos esconderlas en las de Jesús. Y así como nuestro amante Jesús en la Eucaristía abraza todos los siglos, también nosotros los abrazaremos; abrazados a él seremos el pensamiento de cada mente, la palabra de cada lengua, el deseo de cada corazón, el paso de cada pie, el obrar de cada brazo. Haciendo esto apartaremos del Corazón de Jesús el mal que las criaturas quisieran hacerle, tratando de sustituir todo el mal con el bien que podremos hacer, de modo que incitemos a Jesús a darles a todas las almas salvación, santidad y amor. Nuestra vida, para corresponder a la vida de Jesús, debe estar totalmente uniformada a la suya. El alma, con la intención, debe hallarse en todos los tabernáculos del mundo, para hacerle compañía a Jesús constantemente y ofrecerle alivio y reparación incesante y así, con esta intención, debemos hacer todas nuestras acciones del día.

El primer tabernáculo somos nosotros, nuestro corazón; por eso es necesario que estemos muy atentos a todo lo que el buen Jesús quiera hacer en nosotros. Muchas veces, Jesús, estando en nuestro corazón, nos hace sentir la necesidad de la oración. Es él mismo que quiere orar y que quiere que estemos con él, casi fundiéndonos en él, con nuestra voz, con nuestros afectos, con todo nuestro corazón, para hacer que nuestra oración sea una sola con la suya. Así, para honrar la oración de Jesús, estaremos muy atentos en prestarle todo nuestro ser, de manera que pueda elevar al cielo su oración por medio de nosotros para hablar con su Padre y para renovar en el mundo los efectos de su misma oración.

También es necesario que estemos atentos a cada movimiento de nuestro interior, porque Jesús a veces nos hace sufrir, otras veces quiere que oremos o nos hace sentir un cierto estado de ánimo y luego otro diferente, todo para poder repetir en nosotros su misma vida.

Supongamos que Jesús nos ponga la ocasión de ejercitarnos en la paciencia: él recibe tales y tantas ofensas de parte de las criaturas, que se siente obligado a echar mano de los flagelos divinos para castigar a las criaturas, y es entonces cuando nos da la ocasión de ejercitar la paciencia, de manera que nosotros debemos honrarlo soportando todo en paz tal como lo soporta Jesús, y así nuestra paciencia le arrebatará de la mano los flagelos que las demás criaturas atraen sobre sí mismas, porque en nosotros él ejercitará su misma paciencia divina. Y como con la paciencia, así también con las demás virtudes. Jesús amante, en el Sacramento de la Eucaristía, ejercita todas las virtudes y nosotros obtendremos de él la fortaleza, la mansedumbre, la paciencia, la tolerancia, la humildad, la obediencia, etc.

Nuestro buen Jesús nos da su propia carne como alimento y nosotros como alimento le daremos amor, le daremos nuestra voluntad, nuestros deseos, nuestros pensamientos y nuestros afectos; así competiremos en amor con Jesús. No dejaremos entrar nada en nosotros sino solamente a él, de manera que todo lo que hagamos debe servir para alimentar a nuestro amado Jesús. Nuestro pensamiento debe alimentar el pensamiento divino, es decir, pensando que Jesús está escondido en nosotros y que quiere como alimento nuestros pensamientos; de modo que pensando santamente, alimentaremos el pensamiento divino. La palabra, los latidos del corazón, los afectos, los deseos, los pasos que damos, las obras que hacemos, todo debe servir para alimentar a Jesús y debemos poner la intención de alimentar en Jesús a todas las criaturas.

« ¡Oh dulce Amor mío!, tú en esta hora transubstanciaste el pan y el vino en ti mismo; ¡Ah, haz oh Jesús, que todo lo que yo diga y haga, sea una continua consagración tuya en mí y en las almas! ».

« Dulce Vida mía, cuando vengas a mí, haz que cada uno de los latidos de mi corazón, cada deseo, cada afecto, cada pensamiento y cada palabra, pueda sentir la potencia de la consagración sacramental, de manera que, consagrado todo mi ser, se transforme en hostia viva para darte a las almas ».

« ¡Oh Jesús, dulce Amor mío!, haz que yo sea tu pequeña hostia para que como hostia viva pueda encerrarte totalmente en mí ».

 

De las 9 a las   10 de la noche

La   primera hora de Agonía en el Huerto de Getsemaní

 

Afligido Jesús mío, me siento atraído como por una corriente eléctrica a este huerto… Comprendo que tú me llamas, cual potente imán sobre mi corazón herido y yo corro, pensando dentro de mí:

¿Qué es lo que siento en mí que me atrae con tanto amor? Ah, tal vez mi perseguido Jesús se halla en tal estado de amargura, que siente necesidad de mi compañía.

Y yo vuelo. Mas… me siento aterrorizado al entrar en este huerto. La oscuridad de la noche, la intensidad del frío, el movimiento lento de las hojas, que como voces de lamento anuncian penas, tristezas y muerte para mi afligido Jesús. Las estrellas, con su dulce centelleo como ojos llorosos, están atentas a mirarlo, y haciendo eco a las lágrimas de Jesús, me reprocha mis ingratitudes. Y yo tiemblo y a tientas lo busco y lo llamo:

Jesús, ¿dónde estás? Me llamas, ¿y no te dejas ver? Me llamas, ¿y te escondes?

Todo es terror; todo es espanto y silencio profundo… Pero poniendo atención para ver qué oigo, puedo percibir un respiro afanoso, y es precisamente a Jesús a quien encuentro. Pero, ¡qué cambio tan terrible! Ya no es el dulce Jesús de la cena Eucarística, cuyo rostro resplandecía con una hermosura arrebatadora y deslumbrante, sino que ahora se encuentra triste y de una tristeza mortal que desfigura su belleza natural. Ya agoniza y yo me siento turbado al pensar que tal vez no vuelva a escuchar su voz, porque parece que muere. Por eso me abrazo a sus pies y haciéndome más audaz, me acerco a sus brazos, le pongo mi mano en la frente para sostenerlo y en voz baja lo llamo: « ¡Jesús, Jesús! ».

Y él, sacudido por mi voz, me mira y me dice:

« Hijo, ¿estás aquí? Te estaba esperando y ésta era la tristeza que más me oprimía: el completo abandono de todos; y te estaba esperando a ti para hacer que fueras espectador de mis penas y que bebieras junto conmigo el cáliz de las amarguras que mi Padre Celestial me enviará dentro de poco por medio del Ángel; lo tomaremos juntos, poco a poco, porque no será un cáliz de consuelo sino de intensa amargura, y siento la necesidad de que algún alma que verdaderamente me ame beba de él por lo menos alguna gota… Es por eso que te he llamado, para que tú la aceptes y compartas conmigo mis penas y para que me asegures que no me vas a dejar solo en tanto abandono ».

¡Ah, sí, mi afligido Jesús, beberemos juntos el cáliz de tus amarguras, sufriremos tus penas y jamás me separaré de tu lado!

Y mi afligido Jesús, ya seguro de mí, entra en agonía mortal y sufre penas jamás vistas u oídas. Y yo, no pudiendo resistir y queriendo compadecerlo y darle un alivio, le digo: ¡Oh Jesús mío, amor mío!, dime, ¿por qué estás tan triste, tan afligido y solo en este huerto y en esta noche? Es la última noche de tu vida sobre la tierra; pocas horas te quedan para dar inicio a tu pasión… Pensaba encontrar por lo menos a tu Madre Celestial, a la apasionada Magdalena, a tus fieles apóstoles, mas por el contrario, te encuentro solo, solo, agobiado por una tristeza que te hace morir despiadadamente, sin hacerte morir. ¡Oh, Bien mío y Todo mío!, ¿no me respondes? ¡Háblame! Pero parece que te falta la palabra, tanta es la tristeza que te oprime… ¡Oh, Jesús mío!, esa mirada tuya, llena de luz, sí, pero afligida e indagadora, que tal parece que busque ayuda, tu rostro tan pálido, tus labios abrasados por el amor, tu divina persona que tiembla de pies a cabeza, tu Corazón que late fuertemente, y cada uno de estos latidos tuyos que busca almas con tanto afán que parece que de un momento a otro vas a expirar, todo, todo me dice que tú estás solo y que quieres mi compañía…

Aquí me tienes, oh Jesús, junto a ti, soy todo tuyo. Pero mi corazón no resiste al verte tirado por tierra; te tomo en mis brazos y te abrazo a mi corazón; quiero contar uno por uno todos tus afanes; una por una todas las ofensas que se presentan ante ti, para ofrecerte por cada una un alivio, una reparación y por lo menos para ofrecerte mi compañía.

Pero, ¡oh Jesús mío!, mientras te tengo entre mis brazos tus sufrimientos aumentan. Siento que corre por tus venas un fuego, siento cómo hierve tu sangre queriendo romper las venas para salir. Dime, Amor mío, ¿qué tienes? No veo azotes, ni espinas, ni clavos, ni cruz y sin embargo, apoyando mi cabeza sobre tu Corazón, siento clavadas en tu cabeza terribles espinas, flagelos despiadados que no dejan a salvo ni una sola parte ni dentro ni fuera de tu divina persona, y tus manos retorcidas y desfiguradas peor que si estuvieran clavadas… Dime, dulce Bien mío, ¿quién es el que tiene tanto poder, incluso en tu interior, para poder atormentarte tanto y hacerte sufrir tantas muertes por cuantos tormentos te hace sufrir?

Ah, me parece que el bendito Jesús, abriendo sus labios débiles y moribundos, me dice:

« Hijo mío, ¿quieres saber quién es el que me atormenta mucho más que los mismos verdugos? Es más, ¡ellos no harán nada en comparación con lo que ahora sufro! Es el Amor Eterno, que queriendo tener la supremacía sobre todo, me está haciendo sufrir todo junto y hasta en lo más íntimo de mi ser, lo que los verdugos me harán sufrir poco a poco. ¡Ah, hijo mío! Es el amor que prevalece totalmente sobre mí y en mí: el amor es para mí clavo, flagelo y corona de espinas; el amor es para mí todo; el amor es mi pasión perenne, mientras que la de los hombres será temporal… Hijo mío, entra en mi Corazón, ven y piérdete en los abismos de mi amor: solamente en mi amor llegarás a comprender cuánto he sufrido y cuánto te he amado, y aprenderás a amarme y a sufrir sólo por amor ».

¡Oh Jesús mío!, puesto que me llamas a entrar en tu Corazón para ver todo lo que el amor te hizo sufrir, yo entro, y entrando veo las maravillas del amor, el cual te corona la cabeza no con espinas materiales, sino con espinas de fuego; te flagela no con cuerdas, sino con flagelos de fuego; te crucifica no con clavos de hierro, sino de fuego… Todo es fuego que penetra hasta en la médula de tus huesos y que convirtiendo toda tu santísima humanidad en fuego, te causa penas mortales, ciertamente más que durante toda tu pasión y, al mismo tiempo, prepara un baño de amor para todas las almas que quieran lavarse de cualquier mancha y obtener el derecho de ser hijos del amor.

¡Oh Amor infinito, me siento retroceder ante tal inmensidad de amor y veo que para poder entrar en el amor y comprenderlo, debería ser todo amor; mas no lo soy, oh Jesús mío! Pero como de todas maneras quieres mi compañía y quieres que entre en ti, te suplico que me transformes totalmente en amor.

Por eso, te suplico que corones mi cabeza y cada uno de mis pensamientos con la corona del amor. Te pido, oh Jesús, que con el flagelo del amor flageles mi alma, mi cuerpo, mis potencias, mis sentimientos, mis deseos, mis afectos, en fin, que todo en mí quede flagelado y marcado por tu amor. Haz, oh Amor interminable, que no haya cosa alguna en mí que no tome vida del amor… ¡Oh Jesús!, centro de todos los amores, te suplico que claves mis manos y mis pies con los clavos del amor, para que clavado del todo en el amor, en amor me convierta, el amor comprenda, de amor me vista, de amor me alimente y el amor me tenga clavado en ti totalmente, para que ninguna cosa, dentro y fuera de mí, se atreva a desviarme o a apartarme del amor, oh Jesús.

Reflexiones y prácticas.

En esta hora, Jesucristo, abandonado por el Padre Eterno sufrió un tal incendio de ardientísimo amor, que habría podido destruir todos los pecados, incluyendo los imaginables y posibles, habría podido inflamar de amor a todas las criaturas de mil mundos y a todos los que están en el infierno si no se hubieran obstinado en su propio capricho.

Entremos en Jesús y después de haber penetrado hasta en las partes más íntimas de su ser, en sus latidos de fuego, en su inteligencia encendida, tomemos este amor y revistámonos dentro y fuera con el fuego que encendía a Jesús. Luego, saliendo fuera de él y fundiéndonos en su Voluntad, encontraremos a todas las criaturas; démosle a cada una el amor de Jesús y tocando sus mentes y sus corazones con este amor, tratemos de transformarlas a todas en amor; y del mismo modo con cada deseo, con cada latido del corazón, con cada pensamiento de Jesús: démosle vida a Jesús en el corazón de cada criatura.

Luego le llevaremos a Jesús a todas las criaturas en las que él mismo vive en su corazón y presentándoselas a él le diremos: « ¡Oh Jesús, te traemos a todas las criaturas que te tienen en su corazón, para que halles alivio y consuelo; no sabemos de qué otro modo poder darle un alivio a tu amor, sino sólo poniendo a todas las criaturas en tu Corazón! ». Haciendo así, le ofreceremos un verdadero alivio a Jesús, pues es muy grande el fuego que lo consume y que lo hace decir incesantemente: « Me consumo de amor y no hay quién lo haga suyo. ¡Ah, déjenme descansar un poco, reciban mi amor y denme amor! ».

Para conformar toda nuestra vida a la de Jesús debemos entrar en nosotros mismos para aplicarnos estas reflexiones: ¿Podemos decir que en todo lo que hacemos fluye en nosotros continuamente el amor que corre entre Dios y nosotros? Nuestra vida es un flujo continuo de amor que recibimos de Dios; si nos ponemos a pensar, todo es un flujo de su amor, cada latido del corazón es amor, la palabra es amor, todo lo que hacemos es amor, todo lo recibimos de Dios, y todo, es amor; pero, ¿vuelven a Dios todas nuestras acciones? ¿Puede hallar Jesús en nosotros el dulce encanto de su amor que fluye hacia él, para que extasiado por este encanto nos colme de su amor con mucho más abundancia?

Si en todo lo que hemos hecho, no hemos puesto la intención de fluir junto al amor de Jesús, entrando en nosotros mismos le pediremos perdón por haber hecho que perdiera el dulce encanto de su amor hacia nosotros.

¿Hemos dejado que las manos divinas nos modelen como a la humanidad de Cristo? Todo lo que sucede en nosotros, excepto el pecado, debemos tomarlo como parte de la obra divina en nosotros, de lo contrario negamos la gloria del Padre, hacemos que se aleje de nosotros la vida divina y perdemos la santidad. Todo lo que sentimos en nosotros, inspiraciones, mortificaciones y gracias, no es más que la obra del amor; y nosotros ¿lo tomamos todo así como Dios lo quiere? ¿Le damos a Jesús la libertad de hacer lo que quiera en nosotros o por el contrario, todo lo vemos en modo humano, o como si fueran cosas indiferentes rechazamos la obra divina, y de este modo, obligamos a Dios a estarse cruzado de brazos? ¿Nos abandonamos en sus brazos como si estuviéramos muertos para recibir todos los flagelos que él quiera mandarnos para nuestra santificación?

« Amor mío, que tu amor me inunde por todos lados y queme en mí todo lo que no es tuyo, y haz que mi amor fluya siempre hacia ti para quemar todo lo que pueda entristecer tu Corazón ».

 

 

 

De las 10 a   las 11 de la noche

La   segunda hora de Agonía en el Huerto de Getsemaní

 

¡Oh dulce Jesús mío!, ya desde hace una hora estás en este huerto. El amor ha tomado la supremacía sobre todo, haciéndote sufrir todo junto lo que los verdugos te harán sufrir en el curso de tu amarguísima pasión; es más, ha llegado a suplir y a hacerte sufrir todo lo que ellos no podrán hacer en las partes más íntimas de tu divina persona.

¡Oh Jesús mío!, veo que tus pasos vacilan, mas sin embargo, quieres caminar. Dime, Bien mío, ¿a dónde quieres ir? ¡Ah!, ya comprendo, vas en busca de tus amados discípulos; yo quiero acompañarte para sostenerte por si tú vacilas. Pero, ¡oh Jesús mío, tu Corazón se encuentra con otra triste amargura!, ellos duermen, y tú, siempre piadoso, los llamas, los despiertas y con amor paternal los reprendes y les recomiendas la vela y la oración; y al regresar al huerto llevas ya otra herida en el Corazón, y en esta herida, oh Amor mío, veo todas las heridas que recibes de las almas consagradas, que por tentación, por el estado de ánimo en que se encuentran o por la falta de mortificación, en vez de abrazarse a ti, en vez de velar y orar, se abandonan a sí mismas, y por el sueño, en vez de progresar en el amor y unirse más a ti, retroceden… ¡Cuánto te compadezco, oh Amor apasionado!, y te reparo por todas las ingratitudes de quienes te son más fieles. Estas son las ofensas que más entristecen tu Corazón adorable y es tal y tanta la amargura, que te hacen delirar.

Pero, ¡oh Amor infinito!, tu amor, que ya hierve entre tus venas, triunfa sobre todo y olvida todo. Te veo postrado por tierra y oras, te ofreces, reparas y tratas de glorificar al Padre en todo, por todas las ofensas que recibe de parte de todas las criaturas. También yo, ¡oh Jesús mío!, me postro junto contigo y unido a ti quiero hacer lo mismo que tú haces.

¡Oh Jesús, delicia de mi corazón!, veo que toda la multitud de nuestros pecados, de nuestras miserias, de nuestras debilidades, de los más enormes delitos y de las más negras ingratitudes, te salen al encuentro y se arrojan sobre ti, te aplastan, te hieren, te muerden; y tú, ¿qué haces? La sangre que te hierve entre las venas hace frente a todas estas ofensas, rompe las venas y empieza a salir abundantemente, hasta bañar todo tu cuerpo y correr por tierra, dando sangre por cada ofensa, vida por cada muerte… ¡Ah, Amor mío, hasta qué estado has quedado reducido! ¡Estás por expirar! ¡Oh Bien mío, dulce Vida mía, no te mueras!, levanta tu rostro de esa tierra bañada con tu preciosísima sangre; ven a mis brazos y haz que yo muera en tu lugar… Pero, oigo la voz temblorosa y moribunda de mi dulce Jesús que dice:

« Padre, si es posible, pase de mí este cáliz; mas, hágase, no mi voluntad, sino la tuya ».

Es la segunda vez que oigo estas palabras de mi dulce Jesús. Pero, ¿qué es lo que me quieres dar a entender al decir: « Padre, si es posible pase de mí este cáliz »? ¡Oh Jesús!, se presentan ante ti todas las rebeliones de las criaturas; ves rechazado por casi todos ese « hágase tu Voluntad » que debía ser la vida de cada criatura, quienes en vez de encontrar la vida, hallan la muerte; y tú, queriendo darles la vida a todos y hacer una solemne reparación al Padre por todas las rebeliones de las criaturas, por tres veces repites:

« Padre, si es posible, pase de mí este cáliz », es decir, que las almas al apartarse de nuestra Voluntad se pierdan; este cáliz es para mí muy amargo, mas sin embargo, « Non mea voluntas sed tua Fiat ».

Pero mientras dices esto, es tal y tan grande tu dolor, que te reduce hasta el extremo, te hace agonizar y estás a punto de dar el último respiro…

¡Oh Jesús mío, Bien mío!, ya que estás entre mis brazos, también yo quiero unirme a ti; quiero repararte y compadecerte por todas las faltas y los pecados que se cometen contra tu Santísima Voluntad y al mismo tiempo quiero suplicarte que yo siempre haga en todo tu Voluntad. Que tu Voluntad sea mi respiro, mi aire, mi palpitar, mi corazón, mi pensamiento, mi vida y mi muerte… Pero, ¡no te mueras, oh Jesús mío! ¿A dónde podría ir sin ti? ¿A quién recurriría, quién podría ayudarme? Todo acabaría para mí. ¡Ah, no me dejes!, tenme como quieras, como a ti más te guste, pero tenme siempre, siempre contigo; que jamás vaya a suceder ni por un instante que me quede separado de ti. Déjame mejor endulzar tus amarguras, repararte y compadecerte por todos, porque veo que todos los pecados de toda clase pesan sobre ti.

Por eso, Amor mío, beso tu santísima cabeza, pero, ¿qué es lo que veo? ¡Ah!, son todos los malos pensamientos, y tú sientes horror por cada uno de ellos. Cada pensamiento malo es una espina que hiere cruelmente tu sacratísima cabeza y que no se podrá comparar con la corona de espinas que te pondrán los judíos. ¡Cuántas coronas de espinas ponen en tu cabeza los malos pensamientos de las criaturas! Tanto, que te sigue saliendo sangre por todas partes, por la frente y hasta por los cabellos. ¡Oh Jesús mío!, quisiera ponerte una corona de gloria por cada pensamiento malo y, para darte alivio, te ofrezco todas las inteligencias angélicas y tu misma inteligencia divina para ofrecerte compasión y reparación por todos.

¡Oh Jesús!, beso tus ojos piadosos, y en ellos veo todas las malas miradas de las criaturas, las cuales hacen correr sobre tu rostro lágrimas de sangre; te compadezco y quisiera dar alivio a tu vista poniéndote delante todos los gustos que se pueden encontrar en el cielo y en la tierra.

Jesús, Bien mío, beso tus sacratísimos oídos, pero, ¿qué es lo que oigo? ¡Ah!, es el eco de las horribles blasfemias, de los gritos de venganza y de las calumnias; no hay una sola voz que no haga eco en tus castísimos oídos. ¡Oh Amor insaciable!, te compadezco y quiero consolarte haciendo repercutir en tus oídos el eco de todas las armonías del cielo, la dulcísima voz de tu querida Madre Santísima, el tono encendido de amor de la Magdalena y el de todas las almas que te aman.

Jesús, Vida mía, quiero darte un beso aún más ferviente en tu divino rostro, cuya belleza no tiene par. ¡Ah!, este es el rostro ante el cual los ángeles no se atreven a levantar la mirada, siendo tal y tanta su belleza que los extasía. Y sin embargo, las criaturas lo cubren de salivazos, lo colman de bofetadas y lo pisotean. ¡Amor mío, qué osadía! Quisiera gritar tanto hasta llegar a hacerlos huir. Te compadezco y, para reparar por todos estos insultos, me dirijo a la Sacrosanta Trinidad, para pedirle al Padre y al Espíritu Santo sus besos y las inimitables caricias de sus manos creadoras. Me dirijo también a tu Madre Celestial para que me dé sus besos, las caricias de sus manos maternas y sus profundas adoraciones, y todas las adoraciones de las almas consagradas a ti, y te lo ofrezco todo para repararte por las ofensas hechas a tu santísimo rostro.

¡Dulce Bien mío!, beso tu dulcísima boca, pero, ¿qué veo? ¡Ah!, veo que tú sientes la amargura de las blasfemias, la náusea de las borracheras y de la glotonería, de las murmuraciones, de las conversaciones obscenas, de las oraciones mal hechas, de las malas enseñanzas y de todo el mal que hace el hombre con su lengua. Jesús, te compadezco, y quiero endulzar tu boca ofreciéndote todas las alabanzas angélicas y el buen uso que hacen tantas criaturas de la lengua.

Oprimido Amor mío, beso tu cuello; lo veo cargado de cuerdas y de cadenas por los apegos y los pecados de las criaturas; te compadezco y para darte alivio te ofrezco la unión inseparable de las Divinas Personas; y fundiéndome en esta unión, te abrazo por el cuello y formando una dulce cadena de amor quiero alejar de ti las ataduras de todos los apegos que casi te sofocan, y para endulzar tu amargura te estrecho fuertemente a mi corazón.

Fortaleza Divina, beso tus santísimos hombros y veo que están todos lacerados, y hasta tus carnes arrancadas a pedazos a causa de los escándalos y de los malos ejemplos de las criaturas. Te compadezco y para darte alivio te ofrezco tus santos ejemplos, los de tu Madre y Reina y los de todos tus santos; y yo, Jesús mío, recorriendo con mis besos cada una de estas llagas, quiero encerrar en ellas a todas las almas que, por motivo de algún escándalo, han sido arrancadas de tu Corazón, y sanar así las carnes de tu santísima humanidad.

Fatigado Jesús mío, beso tu pecho herido por las frialdades, las tibiezas, las faltas de correspondencia y las ingratitudes de las criaturas. Te compadezco y para darte alivio te ofrezco el amor recíproco del Padre y del Espíritu Santo y la perfecta correspondencia que existe entre las tres Divinas Personas; y yo, oh Jesús mío, sumergiéndome en tu amor, quiero protegerte, para poder impedir que las criaturas te sigan hiriendo con estos pecados y haciendo mío todo tu amor quiero herirlas con él, para que jamás vuelvan a tener la osadía de ofenderte, y también quiero depositarlo en tu pecho para consolarte y sanarte.

¡Oh Jesús mío!, beso tus manos creadoras, en ellas veo todas las malas acciones de las criaturas que, como si fueran clavos, traspasan tus manos santísimas, de modo que no quedas crucificado sólo con tres clavos, como en la cruz, sino con tantos clavos por cuantas malas acciones hacen las criaturas. Te compadezco y para darte alivio te ofrezco todas las obras santas, el valor de los mártires al dar su sangre y su vida por amor a ti. Quisiera, en fin, Jesús mío, ofrecerte todas las buenas obras, para quitarte todos los clavos de las obras malas.

Jesús, beso tus santísimos pies siempre incansables en busca de almas; en ellos encierras todos los pasos de las criaturas, pero sientes que se te escapan muchas y tú quisieras detenerlas; por cada uno de sus malos pasos sientes un clavo y tú quieres servirte de esos mismos clavos para clavarlas a tu amor; y es tal y tan intenso el dolor que sientes y el esfuerzo que haces por clavarlas a ti, que tiemblas de pies a cabeza. Jesús, mi todo y mi alegría, te compadezco, y para consolarte te ofrezco los pasos de los religiosos buenos que exponen su vida para salvar almas.

¡Oh Jesús!, beso tu Corazón; tú sigues en agonía y no por lo que te harán sufrir los judíos, sino por el dolor que te causan todas las ofensas de las criaturas. En esta hora tú quieres darle la supremacía al amor, el segundo lugar a todos los pecados por los cuales expías, reparas, glorificas al Padre y aplacas a la divina justicia, y el tercer lugar a los judíos. Con esto das a entender que la pasión que te harán sufrir los judíos no será más que una representación de la doble amarguísima pasión que te hacen sufrir el amor y el pecado; y es por eso que veo todo concentrado en tu Corazón: la lanza del amor, la del pecado y esperas la tercera, la de los judíos… Y tu Corazón, sofocado por el amor, sufre dolores inauditos, impacientes anhelos de amor, deseos que te consumen, pálpitos de fuego que quisieran darle vida a cada corazón. Es precisamente aquí, en tu Corazón, en donde sientes todo el dolor que te causan las criaturas, que con sus malos deseos, sus afectos desordenados y los latidos de su corazón profanados, en vez de buscar tu amor, buscan otros amores.

¡Jesús mío, cuánto sufres! Desfalleces sumergido por los mares de nuestras iniquidades; te compadezco y quiero endulzar la amargura de tu Corazón traspasado por tres veces, ofreciéndote las dulzuras eternas y el dulcísimo amor de tu querida Madre Santísima.

Y ahora, oh Jesús mío, haz que mi pobre corazón tome vida de tu Corazón, para que ya no viva más que con tu Corazón y para que en cada ofensa que recibas, mi corazón se encuentre siempre preparado para consolarte, para darte alivio y para ofrecerte un acto de amor ininterrumpido.

Reflexiones y prácticas.

Durante la segunda hora en el huerto de Getsemaní se presentan ante Jesús todos los pecados de todos los tiempos: presentes, pasados y futuros, y él toma sobre de sí todos estos pecados para darle al Padre gloria completa. Así que, Jesucristo expió y lloró, y sintió en su Corazón todos nuestros estados de ánimo sin que jamás haya dejado la oración. Y nosotros, en cualquier estado de ánimo en que nos encontramos, ya sea fríos o duros, o tentados, ¿hacemos siempre oración? ¿Le ofrecemos a Jesús todos los sufrimientos de nuestra alma para reparar y darle alivio, y así reproducir su vida en nosotros, pensando que cualquier estado de ánimo es un sufrimiento suyo? Siendo un sufrimiento de Jesús debemos ofrecérselo para compadecerlo y darle alivio; y si fuera posible, debemos decirle: « Tú has sufrido demasiado, descansa, nosotros sufriremos en tu lugar ».

¿Nos desalentamos, o con buen ánimo estamos a los pies de Jesús ofreciéndole todo lo que sufrimos para que pueda hallar en nosotros su misma humanidad? Es decir, ¿le servimos a Jesús de humanidad? ¿Qué es lo que hacía la humanidad de Jesús? Glorificaba a su Padre, expiaba, pedía la salvación de las almas, y nosotros, ¿en todo lo que hacemos tenemos estas tres intenciones de Jesús, de manera que podamos encerrar en nosotros toda su humanidad? Cuando nos encontramos en alguna oscuridad, ¿ponemos la intención de hacer que la luz de la verdad ilumine a otros? Y cuando oramos con fervor, ¿ponemos la intención de derretir el hielo de tantos corazones endurecidos por la culpa?

« Jesús mío, para compadecerte y poder darte alivio por el abatimiento total en el que te encuentras, me elevo hasta el cielo y hago mía tu misma Divinidad, y poniéndola a tu alrededor, quiero alejar de ti todas las ofensas de las criaturas. Quiero ofrecerte tu misma belleza para alejar de ti la monstruosidad del pecado; tu santidad para alejar el horror de todas esas almas que por estar muertas a la gracia te hacen sentir tanta repugnancia; tu paz para alejar de ti todas las discordias, las rebeliones y las perturbaciones de todas las criaturas; tus armonías para hacer descansar tu oído por la multitud de las malas palabras ».

« Jesús mío, es mi intención ofrecerte tantos actos divinos de reparación por cuantas ofensas te asaltan como si quisieran darte muerte; y yo, con tus mismos actos quiero darte vida. Y luego, oh Jesús mío, quiero arrojar una oleada de tu Divinidad sobre todas las criaturas, para que apenas las toque ya no vuelvan a tener la osadía de ofenderte. Solamente así podré compadecerte por todas las ofensas que recibes de parte de todas las criaturas ».

« ¡Oh Jesús, dulce Vida mía!, que mis oraciones y mis sufrimientos se eleven siempre hacia el cielo, para hacer que llueva sobre todos la luz de la gracia y para que pueda absorber en mí tu misma vida ».

 

 

De las 11 a la   Medianoche

La   tercera hora de Agonía en el Huerto de Getsemaní

 

¡Dulce Bien mío!, mi corazón ya no resiste al ver que sigues agonizando… Tu sangre, formando arroyos, chorrea por todo tu cuerpo y tan abundantemente, que no pudiendo mantenerte en pie caes en un charco de sangre.

¡Oh Jesús mío, se me rompe el corazón al verte tan débil y agotado! Tu adorable rostro y tus manos creadoras apoyándose sobre la tierra se llenan de sangre… Me parece como que quisieras dar ríos de sangre a cambio de los ríos de iniquidad que recibes de parte de las criaturas, para hacer que todas las culpas se ahoguen en estos ríos, y así, con tu sangre, darle a cada criatura tu perdón.

¡Oh Jesús mío, reanímate, ya es demasiado lo que sufres! ¡Que ya se detenga tu amor! Y mientras parece que mi amable Jesús está muriendo en su propia sangre, el amor le da nueva vida…, veo que se mueve penosamente, se pone de pie y así, cubierto de sangre y de lodo, parece que quiere caminar, pero no teniendo fuerzas, se arrastra fatigosamente.
Dulce Vida mía, deja que te lleve en mis brazos. ¿Es que vas en busca de tus amados discípulos? Pero, ¡qué dolor para tu Corazón adorable el encontrarlos una vez más dormidos! Y tú, con tu voz apagada y temblorosa, los llamas:

« Hijos míos, no duerman, se acerca la hora, ¿no ven a qué estado me he reducido? ¡Ah, ayúdenme, no me abandonen en estas horas extremas! ».

Y vacilando estás a punto de caer a su lado, pero Juan extiende sus brazos para sostenerte. Estás tan irreconocible, que de no haber sido por la suavidad y la dulzura de tu voz, no te habrían reconocido. Después, recomendándoles que no duerman y que permanezcan en oración, vuelves al huerto, pero con una segunda herida en el Corazón.

En esta herida se ven todas las culpas de aquellas almas que, a pesar de tantas manifestaciones de tu amor en dones, caricias y besos, durante las noches de la prueba se han quedado como adormecidas y somnolientas, perdiendo así el espíritu de oración y de vela.

Jesús mío, es cierto que después de haberte visto y de haber gustado de tus dones, se necesita mucha fuerza para poder resistir cuando se encuentra uno privado de ti: sólo un milagro puede hacer que estas almas resistan a la prueba. Por eso, mientras te compadezco por esas almas, cuyas negligencias, ligerezas y ofensas son las más amargas para tu Corazón, te suplico que en el momento en que estén por dar un solo paso que pueda entristecerte en lo más mínimo, las rodees de tanta gracia que se detengan, para que no pierdan el espíritu de oración continua.

Dulce Jesús mío, mientras regresas al huerto parece que ya no puedes más; levantas al cielo tu rostro cubierto de sangre y de tierra, y por tercera vez repites:

« Padre, si es posible, pase de mí este cáliz… Padre Santo, ayúdame, tengo necesidad de consuelo. Es cierto que a causa de las culpas que he tomado sobre mí, soy repugnante, despreciable, el último entre los hombres ante tu majestad infinita: tu justicia está indignada contra mí. ¡Pero mírame, oh Padre! Sigo siendo siempre tu Hijo que contigo forma una sola cosa. ¡Ah, ayúdame, ten piedad, oh Padre; no me dejes sin consuelo! ».

Y luego, oh mi bien amado Jesús, me parece escuchar que le pides ayuda a tu querida Madre:

« Dulce Madre mía, estréchame entre tus brazos como cuando yo era niño; dame de tu leche como entonces, para darme fuerzas y endulzar las amarguras de mi agonía. Dame tu Corazón que era toda mi alegría ».

« Madre mía, Magdalena, mis amados apóstoles, todos ustedes que me aman, ayúdenme, confórtenme, no me dejen solo en estos momentos extremos, pónganse junto a mí y háganme corona, denme consuelo con su compañía y con su amor ».

Jesús, Amor mío, ¿quién puede resistir viéndote en esos extremos? ¿Qué corazón será tan duro que no se rompa por el dolor al verte como ahogado en tu misma sangre? ¿Quién no derramará a torrentes amargas lágrimas al escuchar tu voz tan llena de dolor pidiendo ayuda y consuelo? Jesús mío, consuélate; ya el Padre te manda un ángel para confortarte y darte ayuda, para que puedas salir de este estado de agonía y puedas entregarte en manos de los judíos. Y mientras tú estás con el Ángel, yo recorreré cielos y tierra: me permitirás tomar la sangre que has derramado, para que pueda dársela a todos los hombres como prenda de salvación para cada uno y traerte el consuelo y la correspondencia de cada uno de sus afectos, de los latidos de sus corazones, de sus pensamientos, de sus pasos y de todas sus obras.

Celestial Madre mía, vengo a ti para que juntos vayamos en busca de todas las almas y les demos la sangre de Jesús. Dulce Madre mía, Jesús quiere consuelo y el mayor consuelo que podemos darle son las almas.

Magdalena, acompáñanos; ángeles todos, vengan a ver en qué estado ha quedado reducido Jesús. El quiere que todos lo consuelen y es tal y tan grande el abatimiento en que se encuentra, que a nadie rechaza.

Jesús mío, mientras bebes el cáliz colmo de intensas amarguras que el Padre te ha enviado, siento que suspiras más fuerte todavía, lloras y deliras, y con tu voz apagada, dices:

« ¡Almas, almas, vengan a mí, consuélenme, tomen lugar en mi humanidad! ¡Las quiero, las anhelo! ¡No permanezcan sordas a mi voz, no hagan vanos mis ardientes deseos, mi sangre, mi amor, mis penas! ¡Vengan, vengan a mí! ».

Delirante Jesús mío, cada uno de tus gemidos y de tus suspiros es una herida para mi corazón que no me da paz; por eso, hago mía tu sangre, tu Voluntad, tu celo ardiente, tu amor, y recorriendo cielos y tierra, quiero ir a darles a todas las almas tu sangre como prenda de su salvación y traerlas a ti para calmar tus anhelos, tu delirio, y endulzar las amarguras de tu agonía, y mientras lo hago, acompáñame con tu mirada.

Madre mía, vengo a ti porque Jesús quiere almas, quiere consuelo; dame tu mano materna y recorramos juntos el mundo entero en busca de almas. Encerremos en su sangre, los afectos, los deseos, los pensamientos, las obras y los pasos de todas las criaturas, y pongamos en sus almas las llamas de su Corazón, para que se rindan; y así, bañadas en su sangre y transformadas en sus llamas, las conduciremos a Jesús para mitigar las penas de su amarguísima agonía.

Ángel de mi guarda, precédenos tú y prepáranos las almas que han de recibir esta sangre, para que ni una sola gota se quede sin producir todo su efecto.

Madre Mía, démonos prisa, pongámonos en camino; Jesús nos sigue con su mirada y sigo sintiendo sus repetidos sollozos que nos incitan a apresurar nuestra labor.

A los primeros pasos nos encontramos a las puertas de las casas en donde yacen los enfermos. Cuántos miembros llagados; cuantos, bajo la atrocidad de los dolores, se ponen a blasfemar e intentan quitarse la vida; otros se ven abandonados por todos y no tienen quien les dirija una palabra de consuelo y ni siquiera quien les preste los auxilios más necesarios y por eso se lamentan aún más contra Dios y se desesperan. ¡Ah, Madre mía!, oigo los lamentos de Jesús, que ve correspondidas con ofensas sus más tiernas predilecciones de amor, las cuales son el hacer padecer a las almas para hacerlas semejantes a sí mismo. ¡Ah!, démosles su sangre, para que les procure la ayuda necesaria y les haga comprender con su luz el bien que hay en el sufrir y cómo éste las hace más semejantes a Jesús. Y tú, Madre mía, ponte al lado de ellos y cual afectuosa Madre, toca con tus manos maternas sus miembros enfermos, alivia sus dolores, tómalas entre tus brazos y de tu Corazón derrama torrentes de gracias sobre todas sus penas. Hazle compañía a los abandonados, consuela a los afligidos, y para quienes carecen de los medios necesarios, dispón tú misma almas generosas que los socorran; a quienes se encuentran bajo la atrocidad de los dolores, obtenles tregua y reposo, para que reanimados, puedan con mayor paciencia soportar todo lo que Jesús disponga de ellos.

Sigamos nuestro recorrido y entremos en las estancias de los moribundos. ¡Oh Madre mía, qué terror! ¡Cuántas almas a punto de caer en el infierno! ¡Cuántas, después de una vida de pecado, quieren darle el último dolor a ese Corazón tan repetidamente traspasado, coronando su último respiro con un acto de desesperación! Cantidad de demonios se encuentran a su alrededor poniendo en su corazón terror y espanto de los divinos juicios, para dar el último asalto y llevárselas al infierno; quisieran envolverlas ya en las llamas del infierno para ya no darle espacio a la esperanza. Otros, atados por vínculos terrenos, no quieren resignarse a dar el último paso. Ah, Madre mía, son los últimos momentos, tienen tanta necesidad de ayuda. ¿No ves cómo tiemblan, cómo se debaten entre la atrocidad de la agonía, cómo piden ayuda y piedad? Ya la tierra ha desaparecido para ellos. Madre Santa, pon tu mano materna sobre sus frentes heladas, acoge tú sus últimos suspiros. Démosle a cada moribundo la sangre de Jesús, para que haciendo huir a todos los demonios, los disponga a recibir los últimos sacramentos y los prepare a una buena y santa muerte. Démosles el consuelo de la agonía de Jesús, de sus besos, sus lágrimas y sus llagas; rompamos las cadenas que los tienen atados; hagamos que todos se sientan perdonados y con una confianza tan grande en el corazón que lleguen a arrojarse a los brazos de Jesús; y él, cuando los juzgue, los hallará cubiertos de su sangre y abandonados en sus brazos, por lo que perdonará a todos.

Sigamos adelante, oh Madre; que tu mirada materna mire con amor la tierra y se mueva a compasión por tantas pobres criaturas que tienen tanta necesidad de la sangre de Jesús. La mirada indagadora de Jesús me incita a correr, porque quiere almas, siento en el fondo de mi Corazón sus lamentos que me repiten:

« ¡Hijo mío, ayúdame, dame almas! ».

Pero, ¡mira oh Madre mía, cómo la tierra está llena de almas que están a punto de caer en el pecado, y cómo Jesús se pone a llorar al ver que su sangre sufre nuevas profanaciones! Se necesitaría un milagro para hacer que no cayeran en la culpa; démosles la sangre de Jesús, para que hallen en ella la fuerza y la gracia para no caer en el pecado.

Un paso más, Madre mía, y hallamos en cambio a otras almas que ya han caído en el pecado y que quisieran una mano que las ayudara a levantarse. Jesús las ama, pero las mira horrorizado porque se encuentran enfangadas y su agonía se hace aún más intensa. Démosles su sangre, para que encuentren así esa mano que las ayude a levantarse. Son almas que tienen necesidad de esta sangre, almas muertas a la gracia, ¡oh, en qué lamentable estado se encuentran! El cielo las mira y llora de puro dolor; la tierra las mira con repugnancia; todos los elementos están en contra de ellas y como que quisieran destruirlas, porque se han vuelto enemigas del Creador. ¡Oh Madre!, la sangre de Jesús contiene la vida; démosela, para que apenas toque sus almas puedan resucitar más bellas aún y así el cielo y la tierra les sonrían.

Más adelante hay almas que llevan el sello de la perdición, almas que pecan y huyen de Jesús, que lo ofenden y no esperan ya en su perdón… Son los nuevos Judas dispersos por la tierra que traspasan su Corazón tan amargado. Démosles la sangre de Jesús, para que borre en ellos el sello de la perdición y les dé el de la salvación; para que ponga en sus corazones tanta confianza y amor después de la culpa, que los haga correr para ir a abrazarse a los pies de Jesús, y así jamás volver a separarse de él. Mira, oh Madre, hay almas que corren como desesperadas hacia la perdición y no hay quien las pueda detener; ¡ah!, pongamos la sangre de Jesús ante sus pies, para que al tocarla, sintiendo su luz y sus súplicas, puedan retroceder y emprender el camino de la salvación.

Continuemos nuestro recorrido, ¡oh Madre mía! Hay almas buenas, almas inocentes en las que Jesús halla sus complacencias y el descanso de la creación, pero las criaturas que están a su alrededor les tienden insidias y las escandalizan para quitarles la inocencia, y convertir las complacencias y el descanso de Jesús en lágrimas y amargura, como si no tuvieran otra finalidad que la de hacer sufrir constantemente a ese Corazón Divino. Sellemos y circundemos su inocencia con la sangre de Jesús, como un muro que las defienda, para que no entre en ellas la culpa; haz huir con su sangre a quienes quisieran contaminarlas; consérvalas puras y sin mancha, para que Jesús pueda hallar en ellas el descanso de su creación y todas sus complacencias, y para que por amor a ellas se mueva a piedad por tantas otras pobres criaturas. Madre mía, pongamos a estas almas en la sangre de Jesús, atémoslas una y otra vez a la Voluntad de Dios, llevémoslas a sus brazos y con las dulces cadenas de su amor atémoslas a su Corazón para mitigar las amarguras de su agonía mortal.

¡Oh Madre, oye cómo grita la sangre de Jesús pidiendo más almas! Corramos juntos y vayamos a las regiones en las que habitan los herejes y los infieles. ¡Qué dolor siente Jesús en esas regiones! El, que es vida de todos, no recibe como correspondencia ni siquiera un acto de amor: sus mismas criaturas no lo conocen. Ah Madre mía, démosles su sangre, para que disipe las tinieblas de la ignorancia y de la herejía, y les haga comprender que tienen un alma; ¡Ábreles el Cielo! Y después pongámoslas a todas en la sangre de Jesús; llevémoselas a él como hijos huérfanos y desterrados que finalmente se encuentran con su padre y así Jesús se sentirá confortado en su amarguísima agonía.

Pero parece que Jesús todavía no está contento, pues quiere todavía más almas. En estas regiones siente que se le arrancan de sus brazos las almas de los moribundos que van a precipitarse al infierno. Estas almas están a punto de expirar y de caer en el abismo; no hay nadie a su lado para salvarlas. ¡El tiempo falta, son los últimos momentos, se perderán sin duda! ¡No! Madre mía, que la sangre de Jesús no sea derramada inútilmente por ellas; volemos inmediatamente hacia ellas, derramemos sobre sus cabezas esta sangre para que les sirva de Bautismo e infunda en ellas la fe, la esperanza y la caridad. Ponte a su lado, oh Madre, haz tú por ellas todo lo que les falta; más aún, deja que te vean: en tu rostro resplandece la belleza de Jesús, tus modos son totalmente semejantes a los suyos, así que al verte podrán conocer con toda certeza a Jesús. Después, abrázalas a tu Corazón materno, infunde en ellas la vida de Jesús que tú posees; diles que siendo su Madre las quieres felices para siempre junto a ti en el cielo; mientras expiran, recíbelas en tus brazos, para que de ahí pasen a los brazos de Jesús. Y si Jesús, conforme a los derechos de su justicia, se mostrara reacio a recibirlas, recuérdale el amor con que te las confió bajo la cruz y reclama tus derechos de Madre; de manera que viendo tu amor y tus súplicas no podrá poner resistencia, y mientras complacerá tu Corazón, al mismo tiempo sus ardientes deseos quedarán satisfechos.

Y ahora, oh Madre, tomemos esta sangre de Jesús y démosela a todos; a los afligidos para que sean consolados; a los pobres para que sufran su pobreza con resignación; a los que son tentados para que obtengan victoria; a los incrédulos para que triunfe en ellos la fe; a los que blasfeman para que cambien sus blasfemias en bendiciones; a los sacerdotes, para que comprendan su misión y sean dignos ministros de Jesús: toca sus labios con su sangre, para que no salga de su boca palabra alguna que no sea para gloria de Dios; toca sus pies, para que corran y vuelen en busca de almas para conducirlas a Jesús. Démosles también esta sangre a los gobernantes, para que se mantengan unidos unos a otros y para que se muestren llenos de mansedumbre y amor hacia sus súbditos.

Vayamos ahora al purgatorio y démosles también esta sangre a las almas que ahí penan, pues están siempre llorando y pidiendo con insistencia su liberación por medio de la sangre de Jesús. ¿No oyes cómo se lamentan, no ves sus delirios de amor, sus torturas y cómo se sienten insistentemente atraídas hacia el Sumo Bien? ¡Mira cómo Jesús mismo quiere purificarlas para que cuanto antes estén junto a él! Jesús las atrae con su amor y ellas le corresponden con continuos ímpetus de amor; pero al estar en su presencia, no pudiendo todavía sostener la pureza de la mirada divina, se sienten obligadas a retroceder cayendo de nuevo en las llamas del purgatorio.

Madre mía, descendamos a las profundidades de esta cárcel y derramando sobre estas almas la sangre de Jesús, llevémosles la luz, mitiguemos sus delirios de amor, extingamos el fuego que las quema, purifiquémoslas de todas sus manchas, para que libres de toda pena, vuelen a los brazos de nuestro Sumo Bien. Démosles esta sangre a las almas más abandonadas, para que encuentren en ella todos los sufragios que las criaturas les niegan. Demos a todos, oh Madre, esta sangre; no dejemos que nadie se quede sin recibirla, para que en virtud de ella todas hallen alivio y sean liberadas. Tú que eres Reina, cumple tu oficio en estas regiones de llanto y de lamento; extiende tus manos y sácalas, una por una, de estas llamas ardientes para que todas emprendan su vuelo hacia el cielo.

Y ahora hagamos también nosotros un vuelo hacia el cielo, pongámonos a sus puertas eternas y permíteme, oh Madre, que también a ti te dé esta sangre para tu mayor gloria: que esta sangre inunde de nueva luz y de nuevos gozos tu alma y te pido que hagas descender esta luz divina en favor de todas las criaturas, para darles gracias de salvación a todas.

Madre mía, también tú dame a mí esta sangre; tú sabes cuanto la necesito. Con tus manos maternas retoca todo mi ser con esta sangre y mientras lo haces purifícame de todas mis manchas, cura mis llagas, enriquece mi pobreza; haz que esta sangre circule por mis venas y me dé toda la vida de Jesús; que penetre en mi corazón y lo transforme en su propio Corazón; que me embellezca tanto, que Jesús pueda llegar a encontrar en mí todas sus complacencias.

Finalmente, oh Madre, entremos en las regiones del cielo y démosles esta sangre a todos los santos y a todos los ángeles, para que puedan tener mayor gloria; para que exulten en un himno de agradecimiento a Jesús y rueguen por nosotros; para que en virtud de esta sangre bendita podamos reunirnos con ellos.

Y después de haberles dado a todos esta sangre, vamos otra vez a donde se encuentra Jesús. Ángeles y santos, vengan con nosotros; ¡ah!, él quiere almas, quiere hacer que todas entren en su santísima humanidad, para darles a todas los frutos de su sangre; pongámoslas a su alrededor y así sentirá que la vida le vuelve y que lo que ha sufrido en esta amarguísima agonía ha hallado su recompensa.

Y ahora, Madre Santa, llamemos a todos los elementos para que le hagan compañía a Jesús y para que también de parte de ellos reciba gloria. ¡Oh luz del sol!, ven a disipar las tinieblas de esta noche para darle consuelo a Jesús; oh estrellas, vengan, bajen del cielo a consolar a Jesús con sus rayos de luz; flores de la tierra, vengan con sus perfumes; pajarillos de los aires, vengan con sus cantos; elementos de la tierra, vengan todos a confortar a Jesús; ven, oh mar, a refrescar y a lavar a Jesús: él es nuestro Creador, nuestra vida, nuestro todo; vengan todos a confortarlo, a rendirle homenaje como a nuestro Soberano Señor…

Pero Jesús no busca luz, ni estrellas, ni flores, ni pájaros… ¡El quiere almas, almas!

¡Dulce Bien mío!, aquí están todos junto conmigo. A tu lado está tu querida Madre, descansa en sus brazos, también ella se sentirá consolada estrechándote a su regazo materno, porque bastante ha participado de tu agonía… También está aquí la Magdalena, está Marta y están todas las almas de todos los siglos que te aman. ¡Oh Jesús!, acéptalas, dales a todas tu perdón y háblales de tu amor; átalas a todas a tu amor, para que nunca más vuelva a huir de ti alma alguna. Pero parece que me dices:

« ¡Ah hijo mío, cuántas almas huyen de mí a la fuerza y se precipitan en el fuego eterno! ¿Cómo podrá pues calmarse mi dolor si amo tanto a un alma cuanto amo a todas juntas? ».

Conclusión de la agonía

Agonizante Jesús mío, mientras parece que se te va la vida, siento ya el estertor de tu agonía; tus ojos están apagados por la cercanía de la muerte, todo tu cuerpo se encuentra abandonado a sí mismo y el respiro frecuentemente te falta; y yo siento que se me rompe el corazón por el dolor; te abrazo y siento que estás helado; te sacudo y no das señales de vida… ¡Jesús! ¿Has muerto ya? Afligidísima Madre mía, ángeles del cielo, vengan todos a llorar por Jesús y no permitan que yo siga viviendo sin él, porque no puedo. Lo abrazo más fuerte y siento que da otro respiro y que de nuevo vuelve a no dar señales de vida… Lo llamo:

« ¡Jesús, Jesús, Vida mía, no te mueras! Oigo ya el alboroto que hacen tus enemigos que ya vienen a arrestarte. ¿Quién te defenderá en este estado en que te encuentras? ».

Y él, sacudido, parece resucitar de la muerte a la vida. Me mira y me dice:

« Hijo, ¿estás aquí? ¿Has sido entonces espectador de todas mis penas y de las tantas muertes que he sufrido? Pues bien, debes saber, oh hijo, que en estas tres horas de amarguísima agonía he reunido en mí todas las vidas de las criaturas y he sufrido todas sus penas y hasta sus mismas muertes, dándole a cada una mi misma vida. Mis agonías sostendrán las suyas; mis amarguras y mi muerte se cambiarán para ellas en fuentes de dulzura y de vida. ¡Cuánto me cuestan las almas! ¡Si por lo menos fuera correspondido! Es por eso que tú has visto que por momentos moría para luego volver a respirar: eran las muertes de las criaturas que sentía en mí».

Fatigado Jesús mío, ya que has querido encerrar también mi vida en ti y por lo tanto también mi muerte, te suplico que por tu amarguísima agonía vengas a asistirme a la hora de mi muerte. Yo te he dado mi corazón para que te refugies en él y descanses, mis brazos para sostenerte, he puesto todo mi ser a tu disposición y sabes bien con qué ganas me entregaría en manos de tus enemigos para poder morir yo en tu lugar. Ven, oh vida de mi corazón, a darme lo que te he dado en el momento extremo de mi vida, dame tu compañía, tu Corazón cual lecho y descanso, tus brazos para sostenerme, tu respiro afanoso para aliviar mis afanes, de manera que cuando respire sea por medio de tu respiro, que como aire purificador, me purificarán de toda mancha y me prepararán la entrada a la felicidad eterna. Más aún, dulce Jesús mío, aplicarás a mi alma toda tu humanidad santísima, de modo que cuando me veas, me verás a través de ti mismo y viéndote a ti mismo no podrás encontrar nada de qué juzgarme; y luego me bañarás en tu sangre, me vestirás con la vestidura blanca de tu Santísima Voluntad, me adornarás con tu amor y dándome por última vez tu beso, me harás emprender el vuelo de la tierra hacia el cielo.

Y ahora, te ruego que lo mismo que te he pedido que me hagas a la hora de mi muerte, se lo hagas a todos los agonizantes; abrázalos a todos con el abrazo de tu amor y dándoles el beso de la unión, sálvalos a todos y no permitas que nadie se pierda.

Afligido Bien mío, te ofrezco esta hora en memoria de tu pasión y de tu muerte, para desarmar la justa cólera de Dios por tantos pecados y por la conversión de los pecadores, por la paz de los pueblos, por nuestra santificación y en sufragio por las almas del purgatorio.

Pero veo que tus enemigos ya están cerca y tú quieres dejarme para ir a su encuentro. Jesús, déjame darte un beso sobre esos labios que Judas osará besar con su beso infernal; déjame limpiar tu rostro todo bañado de sangre, sobre el cual lloverán bofetadas y salivazos; y tú, estréchame fuertemente a tu Corazón y no dejes que jamás me aparte de ti. Te sigo y tú bendíceme.

Reflexiones y prácticas.

Jesús en esta tercera hora de agonía en el huerto de Getsemaní pidió ayuda del cielo y sus penas eran tantas que les pidió a sus apóstoles que lo confortaran. Y nosotros, en cualquier clase de circunstancia, dolor o desgracia, ¿pedimos siempre ayuda del cielo? Y si nos dirigimos también hacia las criaturas, ¿lo hacemos ordenadamente y con quien puede santamente confortarnos? ¿Nos resignamos al menos, si no hemos podido hallar la ayuda que esperábamos recibir, olvidándonos de las criaturas, para abandonarnos siempre más en los brazos de Jesús? Jesús recibió consuelo por medio de un ángel, ¿podemos nosotros decir que somos el ángel de Jesús, que permaneciendo junto a él lo confortamos y participamos de sus amarguras? Pero para poder verdaderamente ser el ángel de Jesús, es necesario que veamos nuestros sufrimientos como si él nos los hubiera mandado y por lo tanto como sufrimientos divinos; sólo entonces podremos tener la osadía de confortar a un Dios tan lleno de amarguras; de lo contrario, si los sufrimientos los tomamos humanamente, no podremos servirnos de ellos para confortar a Jesús y por lo tanto, no podremos ser ángeles de Jesús.

En los sufrimientos que Jesús nos envía, parece como que por medio de ellos nos manda también el cáliz en el que debemos vaciar el fruto de dichos sufrimientos y éstos, llevados con amor y resignación, se convertirán en un dulcísimo néctar para Jesús. Así que en cada pena diremos: Jesús me llama a ser ángel pues quiere que lo conforte y por eso me participa sus penas.

« Amor mío, Jesús, en mis penas busco tu Corazón para descansar y es mi intención reparar con ellas tus penas, para que yo te dé mis penas y tú me des las tuyas y así yo sea el ángel que te consuela ».

 

De   la medianoche a la una de la mañana

La captura de   Jesús.

 

La traición de Judas

¡Oh Jesús mío!, es ya medianoche y sientes que tus enemigos se aproximan; y tú, limpiándote la sangre y reanimado por los consuelos recibidos, vas de nuevo en busca de tus discípulos, los llamas, los reprendes y te los llevas contigo; sales al encuentro de tus enemigos, queriendo reparar con tu prontitud, mi lentitud, mi malagana y mi pereza en el obrar y en el sufrir por amor a ti.

Mas, ¡oh Jesús mío!, ¡qué escena tan conmovedora veo! Al primero que encuentras es al pérfido Judas, que acercándose a ti y echándote los brazos al cuello, te saluda y te besa; y tú, Amor sin confines, no desdeñas el beso de esos labios infernales; es más, lo abrazas y te lo estrechas al Corazón, dándole muestras de renovado amor, queriendo arrancárselo al infierno.

Jesús mío, ¿cómo puede ser posible no amarte? La ternura de tu amor es tanta, que todo corazón debería sentirse obligado a amarte, mas sin embargo no eres amado. Pero, ¡oh Jesús mío!, mientras que en este beso de Judas tú reparas por todas las traiciones, los fingimientos, los engaños bajo aspecto de amistad y de santidad, sobre todo en los sacerdotes, con tu beso además confirmabas que jamás le habrías rehusado el perdón a ningún pecador, con tal de que humillado volviera a ti.

Tiernísimo Jesús mío, ya que te entregas a merced de tus enemigos, dándoles la potestad de hacerte sufrir todo lo que quieran, yo también me entrego en tus manos, para que con toda libertad puedas hacer de mí lo que más te plazca; y junto contigo quiero seguir tu Voluntad, tus reparaciones, quiero sufrir tus penas, quiero estar siempre cerca de ti, para que no haya ofensa por la que yo no te ofrezca una reparación; amargura que no endulce, salivazos y bofetadas que no vayan seguidas por un beso y una caricia mías; cuando caigas, mis manos estarán siempre dispuestas para ayudarte a que te levantes. Quiero estar siempre contigo, oh Jesús mío, y ni siquiera por un instante quiero dejarte solo; y para estar más seguro, introdúceme dentro de ti, y así yo me encontraré en tu mente, en tus miradas, en tu Corazón y en todo tu ser, para que todo lo que tú hagas pueda hacerlo también yo; de este modo podré hacerte fiel compañía y no pasar por alto ninguna de tus penas, para que seas correspondido por todo con mi amor. Dulce Bien mío, yo estaré a tu lado para defenderte, para aprender tus enseñanzas y para enumerar una por una todas tus palabras…

¡Ah!, con qué dulzura penetra en mi corazón esa palabra que le dirigiste a Judas:

« Amico, ad quid venisti? ».[1]

Y me parece que también a mí me diriges esas mismas palabras, pero no llamándome amigo, sino con el dulce nombre de hijo, [diciéndome]: « ¿Ad quid venisti? »; para que así tu puedas escuchar mi respuesta: « Jesús, he venido para amarte ».

« ¿A qué has venido? ». Me preguntas cuando hago oración. « ¿A qué has venido? ». Me lo vuelves a preguntar desde la Eucaristía o cuando trabajo, cuando estoy cómodo o sufriendo, o cuando estoy durmiendo… ¡Qué modo tan bello de llamarnos la atención a todos!

Pero cuántos, cuando les preguntas « ¿A qué has venido? », te responden: « ¡Vengo a ofenderte! ». Otros, fingiendo que no te oyen, se entregan a toda clase de pecados y cuando les preguntas « ¿A qué has venido? », responden yéndose al infierno… ¡Cuánto te compadezco, oh Jesús! Quisiera tomar esas mismas sogas con las que tus enemigos te van a atar, para atar a estas almas y evitarte este dolor.

Y mientras sales al encuentro de tus enemigos, oigo de nuevo tu voz llena de ternura que les dice:

« ¿A quién buscan? ».

Y ellos responden: « A Jesús Nazareno ».

Y tú les dices: « Ego Sum »[2] .

Con esta sola palabra tú dices todo y te das a conocer por lo que eres, tanto que tus enemigos caen por tierra como si estuvieran muertos. Y tú, Amor sin par, diciendo de nuevo « Ego Sum », los llamas a vida y te entregas tú mismo en manos de tus enemigos.

Jesús es atado y encadenado

Ellos, pérfidos e ingratos, en vez de humillarse y de echarse a tus pies para pedirte perdón, abusando de tu bondad y despreciando gracias y prodigios, te ponen las manos encima y con sogas y cadenas te atan, te inmovilizan, te tiran al suelo, te pisotean, te jalan de los cabellos y tú, con paciencia inaudita, callas, sufres y reparas las ofensas de los que, a pesar de los milagros no se rinden, sino que cada vez se vuelven más obstinados. Con tus sogas y tus cadenas suplicas que se rompan las cadenas de nuestras culpas y nos atas con la dulce cadena de tu amor.

Y a Pedro, que quiere defenderte y llega hasta cortarle una oreja a Malco, lo corriges amorosamente; de este modo quieres reparar las obras buenas que no son hechas con santa prudencia y por quienes a causa de su excesivo celo caen en la culpa.

Pacientísimo Jesús mío, estas cuerdas y estas cadenas parecen añadirle algo aún más hermoso a tu divina persona. Tu frente se llena de majestad como nunca, tanto que atrae la atención de tus mismos enemigos; tus ojos resplandecen de más luz; tu divino rostro manifiesta una paz y una dulzura suprema, capaz de enamorar a tus mismos verdugos; con el tono de tu voz suave y penetrante, aunque sólo con pocas palabras, los haces temblar, tanto que si tienen la osadía de ofenderte es porque tú mismo se los permites.

¡Oh Amor encadenado y atado!, ¿es que vas a permitir que estando tú atado por mí para darme pruebas aún más grandes de tu amor, yo, que soy tu pequeño hijo, me voy a quedar sin cadenas? ¡No, no! Átame con tus mismas santísimas manos, con tus mismas sogas y tus mismas cadenas. Por eso, te suplico que mientras beso tu frente divina, ates todos mis pensamientos, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón, mis afectos y todo mi ser, y también que juntamente ates a todas las criaturas, para que sintiendo las dulzuras de tus amorosas cadenas, jamás vuelvan a tener la osadía de ofenderte.

¡Oh, dulce Bien mío!, ya es la una de la madrugada y mi mente está cargada de sueño; voy a poner todo lo que está de mi parte para mantenerme despierto, pero si el sueño me sorprende, me quedo en ti para seguirte en todo lo que haces, es más, tú mismo lo harás por mí; así que, ¡oh Jesús mío!, pongo mis pensamientos en ti para defenderte de tus enemigos, mi respiración para hacerte compañía, los latidos de mi corazón para que en todo momento te digan que te amo y para amarte por quienes no te aman, las gotas de mi sangre para repararte y restituirte todo el honor y la estima que te quitarán con los insultos, los salivazos y las bofetadas que recibirás.

¡Ah, Jesús mío!, dame un beso, abrázame y bendíceme, y si tú quieres que duerma, haz que duerma en tu Corazón adorable, para que tus latidos acelerados por el amor y por el sufrimiento me despierten frecuentemente y así no se interrumpa jamás nuestra compañía; de modo que quedamos en este acuerdo, oh Jesús.

Reflexiones y prácticas.

Jesús se entregó con prontitud en manos de sus enemigos viendo en ellos la Voluntad de su Padre.

Cuando las criaturas nos engañan o nos traicionan, ¿las llegamos a perdonar prontamente como lo hizo Jesús? ¿Recibimos de las manos de Dios todo el mal que nos viene por medio de las criaturas? ¿Estamos dispuestos a hacer todo lo que Jesús nos pida? Cuando cargamos nuestras cruces, cuando nos maltratan, ¿podemos decir que nuestra paciencia es como la de Jesús?

« Encadenado Jesús mío, que tus cadenas encadenen mi corazón, para que lo tengan quieto, de modo que pueda estar dispuesto a sufrir todo lo que tú quieras ».

 

 

De la 1 a las   2 de la mañana

Jesús, atado,   es hecho caer
en el Torrente Cedrón

 

Amado Bien mío, mi pobre mente te sigue entre la vela y el sueño. ¿Cómo podría abandonarme del todo al sueño viendo que todos te dejan solo y huyen de ti? Hasta los mismos apóstoles, el ferviente Pedro que acababa de decirte que quería dar su vida por ti, tu discípulo predilecto que con tanto amor lo hiciste reposar sobre tu Corazón; ¡ah, todos te han dejado abandonado a merced de tus crueles enemigos!

¡Jesús mío, te encuentras solo! Tus purísimos ojos buscan a tu alrededor para ver si al menos te está siguiendo alguno de aquellos a quienes hiciste tanto bien, para demostrarte su amor y para defenderte… Y cuando descubres que ni uno solo te ha sido fiel, sientes que se te rompe el Corazón y te pones a llorar amargamente, pues el dolor que te causa el abandono de tus más fieles amigos es mucho mayor del que tus mismos enemigos te procuran. No llores, oh Jesús mío, o más bien, haz que yo llore contigo. Pero parece que mi amable Jesús me dice:

« ¡Ah, hijo mío!, lloremos juntos la suerte de tantas almas consagradas a mí, que por pequeñas pruebas o por incidentes de la vida ya no se preocupan de mí y me dejan solo; por tantas otras almas tímidas y cobardes, que por falta de valor y de confianza me abandonan; por tantos sacerdotes que al no sentir su propio gusto en las cosas santas, en la administración de los sacramentos, no se ocupan de mí; por otros que predican, que celebran o que confiesan por sus propios intereses y su propia gloria, y que mientras parece que están cerca de mí, siempre me dejan solo. ¡Ah, hijo mío!, ¡qué duro es para mí este abandono! No solamente me lloran los ojos, sino que me sangra el Corazón. ¡Ah!, te suplico que repares mi amargo dolor, prometiéndome que nunca me vas a dejar solo ».

Sí, ¡oh Jesús mío!, te lo prometo con la ayuda de la gracia y en la firmeza de tu Divina Voluntad.

Pero mientras lloras por el abandono de los tuyos, ¡oh Jesús!, tus enemigos no te evitan ningún ultraje que puedan hacerte. Estando así, fuertemente atado, tanto que por ti mismo no puedes dar ni un paso, te pisotean y te arrastran por aquellos caminos llenos de piedras y espinas, al grado que cualquier movimiento que te obligan a hacer, hace que te tropieces con las piedras y que te hieras con las espinas.

¡Ah, Jesús mío!, me doy cuenta que por donde te van arrastrando vas dejando las huellas de tu preciosísima sangre y de tus cabellos dorados que te arrancan de la cabeza. Vida mía y Todo mío, déjame recogerlos, para con ellos poder atar todos los pasos de las criaturas que ni siquiera de noche dejan de herirte, es más se aprovechan de la noche para herirte aún más: unos con sus reuniones, otros con sus placeres, con teatros y diversiones, y otros sirviéndose de la noche hasta para llevar a cabo robos sacrílegos. Jesús mío, me uno a ti para reparar todas estas ofensas.

Pero ya estamos en el Torrente Cedrón y los perversos judíos te empujan en él y al empujarte hacen que te golpees en una piedra que ahí se encuentra, pero con tanta fuerza, que empiezas a derramar de tu boca tu preciosísima sangre, dejando marcada aquella piedra. Y después, jalándote, te arrastran por debajo de aquellas aguas llenas de podredumbre, nauseabundas y frías. En este estado representas a lo vivo el estado deplorable de las criaturas cuando caen en el pecado. ¡Oh, cómo quedan cubiertas por dentro y por fuera con un manto de inmundicia que da asco al cielo y a cualquiera que pudiera verlas, de modo que atraen sobre ellas los rayos de la divina justicia!

¡Oh Vida de mi vida!, ¿puede haber un amor más grande? Para quitarnos este manto de inmundicia tú permites que tus enemigos te hagan caer en este torrente, y para reparar por los sacrilegios y las frialdades de las almas que te reciben sacrílegamente obligándote a entrar en sus corazones, haciéndote sentir, más que en el torrente, toda la nausea de sus almas, permites por eso que esas aguas penetren hasta en tus entrañas, al grado que tus enemigos, temiendo que vayas a ahogarte y queriendo reservarte aún mayores tormentos, te sacan de ahí, pero les causas tanta repugnancia a ellos mismos que les da asco tocarte.

Mansísimo Jesús mío, ya estás fuera del torrente. Mi corazón no resiste al verte tan bañado por estas aguas tan repugnantes. Estás temblando de pies a cabeza por el frío y mirando a tu alrededor, haciendo con los ojos lo que no haces con la voz, buscas al menos a uno sólo que te seque, que te limpie y que te caliente, pero en vano, no hallas a nadie que se mueva a compasión por ti. Tus enemigos se burlan y se ríen de ti, los tuyos te han abandonado, y tu dulce Madre se encuentra lejos de ti porque así lo ha dispuesto el Padre.

Aquí me tienes a mí, ¡oh Jesús!; ven a mis brazos pues quiero llorar hasta poderte bañar para lavarte, limpiarte y reordenarte con mis propias manos todos tus cabellos desordenados. Amor mío, quiero encerrarte en mi corazón, para calentarte con el calor de mis afectos; quiero perfumarte con mis insistentes anhelos; quiero reparar todas estas ofensas y ofrecer toda mi vida junto a la tuya para salvar a todas las almas; quiero ofrecerte mi corazón para que encuentres en él donde descansar, para poder darte algún consuelo por las penas que has sufrido hasta este momento; y después proseguiremos nuevamente el camino de tu pasión.

Reflexiones y prácticas.

En esta hora Jesús se puso a merced de sus enemigos, los cuales llegaron a tener la osadía de arrojarlo al Torrente Cedrón, pero Jesús los miraba a todos con amor, soportando todo por amor a ellos. Y nosotros, ¿nos ponemos a merced de la Voluntad de Dios?

Cuando nos sentimos débiles o tenemos la desgracia de caer en el pecado, ¿nos levantamos rápidamente para arrojarnos en los brazos de Jesús? Jesús, atormentado, fue arrojado en el Torrente Cedrón sintiendo que se ahogaba, con mucho asco y ganas de vomitar; y nosotros, ¿aborrecemos hasta la más mínima mancha y sombra de pecado? ¿Estamos dispuestos a darle un lugar a Jesús en nuestros corazones para hacer que ya no sienta las ganas de vomitar a causa de los pecados de tantas almas y para compensarlo por todas las veces que fuimos nosotros mismos la causa?

« Atormentado Jesús mío, no tengas ninguna clase de miramientos conmigo y haz que yo pueda ser objeto de tus divinas y amorosas miradas ».

 

De las 2 a las   3 de la mañana

Jesús es   presentado a Anás.

 

¡Oh Jesús, quédate siempre conmigo! Madre dulcísima, sigamos juntos a Jesús.

Jesús mío, centinela divino, tú que en mi corazón velas y que no quieres seguir estando solo sin mí, me despiertas y haces que me encuentre junto contigo en la casa de Anás.

Es precisamente ese momento en el que Anás te interroga acerca de tu doctrina y de tus discípulos, y tú, ¡oh Jesús!, para defender la gloria del Padre, abres tu sacratísima boca y con voz sonora y llena de dignidad, respondes:

« Yo he hablado en público y todos los que están aquí me han escuchado ».

Al oír estas palabras tuyas llenas de dignidad, todos tiemblan; pero es tanta la perfidia, que un siervo, queriendo honrar a Anás, se acerca a ti y con mano de hierro te da una bofetada tan fuerte, que hace que te tambalees, mientras que tu rostro santísimo se pone pálido.

Ahora comprendo por qué me has despertado, dulce Vida mía. Tenías razón: ¿Quién iba a sostenerte en este momento en que estás por caer?

Tus enemigos se ríen a carcajadas satánicamente, silban y aplauden un acto tan injusto, mientras que tú, tambaleándote, no tienes a nadie en quien apoyarte.

Jesús mío, te abrazo; más aún, quiero hacer un muro con mi ser, te ofrezco mi mejilla generosamente, dispuesta a soportar cualquier pena por amor a ti. Te compadezco por este ultraje y unido a ti te reparo por la timidez de tantas almas que se desaniman fácilmente; por quienes a causa del miedo no dicen la verdad; por las faltas hacia el respeto que se le debe a los sacerdotes; y por todas las faltas que se hacen con las murmuraciones.

Pero veo afligido Jesús mío que Anás te envía a Caifás. Tus enemigos te empujan por las escaleras para que te caigas, y tú, Amor mío, en esta dolorosa caída reparas por todos aquellos que de noche caen en la culpa aprovechando la obscuridad, y también llamas a los herejes y a los infieles a la luz de la fe. Yo también quiero seguirte en tus reparaciones y mientras llegas a donde está Caifás te mando mis suspiros para defenderte de tus enemigos. Y tú, sigue haciéndome de centinela mientras duerma y despiértame cuando tengas necesidad de mí. Por eso, dame un beso y bendíceme. Adiós, beso tu Corazón y en él continúo mi sueño.

Reflexiones y prácticas.

Cuando Jesús estuvo ante Anás, éste le preguntó acerca de su doctrina y de sus discípulos; Jesús, para glorificar a su Padre, responde lo referente a su doctrina, pero no dice nada de sus discípulos para no faltar a la caridad.

Y nosotros, cuando se trata de glorificar a Dios, ¿lo hacemos con intrepidez y valor o más bien nos dejamos vencer por el respeto humano? Debemos decir siempre la verdad aunque sea delante de personas importantes. Cuando hablamos, ¿buscamos siempre hacerlo para gloria de Dios? ¿Soportamos todo con paciencia, así como Jesús, para exaltar la gloria de Dios? ¿Evitamos siempre el hablar mal del prójimo y lo disculpamos si escuchamos que alguien lo hace?

Jesús vigila nuestro corazón y nosotros, ¿vigilamos siempre su Corazón para que no haya ofensa que reciba que no sea reparada por nosotros? ¿Estamos siempre vigilando sobre nosotros mismos, para que cada pensamiento, mirada, palabra y afecto, cada latido de nuestro corazón y cada uno de nuestros deseos sean todos y cada uno, centinelas que se encuentren alrededor de Jesús para que vigilen su Corazón y le ofrezcan una reparación por cada ofensa? Y para lograr esto, ¿le pedimos a Jesús que vigile cada uno de nuestros actos y que nos ayude él mismo a vigilar nuestro corazón?

Cuando Jesús nos llama, ¿nos encontramos listos para responder a su llamada? La llamada de Dios puede hacerse sentir de diferentes maneras: con inspiraciones, con la lectura de buenos libros, con el ejemplo; puede también hacerse sentir sensiblemente con los atractivos de la gracia e incluso bajo cualquier circunstancia.

« Dulce Jesús mío, que tu voz haga eco siempre en mi corazón y que todo lo que me rodea por dentro y por fuera sea tu voz que continuamente me llame a amarte siempre, y que la armonía de tu divina voz me impida escuchar cualquier otra voz humana que me disipe ».

 

De   las 3 a las 4 de la mañana

Jesús en la casa de Caifás.

Afligido y abandonado Bien mío, mientras mi débil naturaleza duerme en tu Corazón adolorido, mi sueño se interrumpe frecuentemente por los latidos de amor y de dolor de tu divino Corazón, entre la vela y el sueño siento los golpes que te dan; y despertándome, digo: ¡Pobre Jesús mío, abandonado por todos, sin nadie que te defienda! Pero desde adentro de tu Corazón yo te ofrezco mi vida para que te sirva de apoyo cuando te hagan tropezar. Y así me vuelvo a dormir.

Pero otra sacudida de amor de tu Corazón divino me despierta y me siento aturdido por los insultos que recibes, por los murmullos, los gritos y el correr de la gente.

Amor mío, ¿cómo es que todos están contra ti? ¿Qué es lo que has hecho que como lobos feroces te quieren despedazar? Siento que la sangre se me hiela al oír todos los preparativos que están haciendo tus enemigos; me siento triste y estoy temblando mientras pienso qué puedo hacer para defenderte.

Pero mi afligido Jesús, teniéndome en su Corazón, me estrecha aún más fuerte y me dice:
« Hijo mío, no he hecho nada malo y al mismo tiempo he hecho todo. Mi delito es el amor; el amor que contiene todos los sacrificios, el amor que tiene un precio inconmensurable. No obstante, estamos todavía al inicio; tú sigue quedándote dentro de mi Corazón, observa todo, ámame, calla y aprende. Haz que tu sangre helada corra entre mis venas para darle un descanso a mi sangre que está totalmente ardiendo en llamas. Haz que tu temblor corra por mis miembros, para que fundido en mí puedas mantenerte firme, calentarte, puedas sentir parte de mis penas, y a la vez adquirir fuerza al verme sufrir tanto. Este será el modo en que podrás defenderme como a mí más me gusta: séme fiel y pon atención ».

Dulce Amor mío, el ruido que hacen tus enemigos es tal y tanto que ya no me deja dormir; los golpes se hacen cada vez más violentos; oigo el ruido que hacen las cadenas con las que te han encadenado tan estrechamente que estás sangrando por las muñecas, dejando por aquellas calles las huellas de tu sangre. Recuerda que mi sangre fluye en la tuya y que conforme la vas derramando, mi sangre besa la tuya, la adora y la repara; haz que mi sangre sea luz para quienes te ofenden de noche y un imán que atraiga a todos los corazones hacia ti.

Amor mío y todo mío, mientras te arrastran y el aire parece ensordecer por los gritos y los silbidos llegas ante Caifás. Tú te muestras lleno de mansedumbre, de modestia y humildad; tu dulzura y tu paciencia es tanta, que tus mismos enemigos quedan aterrorizados, y Caifás, furioso, quisiera devorarte. ¡Ah, qué bien se distingue a la inocencia del pecado!

Amor mío, tú te encuentras ante Caifás cómo si fueras el hombre más culpable a punto de ser condenado. Y Caifás les pregunta a los testigos cuáles son tus delitos. ¡Ah, hubiera sido mejor que preguntara cuál es tu amor! Hay quien te acusa de una cosa y quien de otra, diciendo insensateces y contradiciéndose entre ellos mismos; y mientras todos te acusan, los soldados que están a tu lado te jalan de los cabellos y descargan sobre tu rostro santísimo horribles bofetadas que retumban por toda la sala, te hacen muecas con los labios, te golpean…, y tú callas, sufres, y si los miras, la luz de tus ojos penetra dentro de sus corazones y no pudiendo sostener tu mirada, se alejan de ti; pero otros intervienen para hacerte sufrir más.

Las negaciones de Pedro

Pero en medio de tantas acusaciones y ultrajes, veo que pones atención con tus oídos y que tu Corazón late con violencia como si estuviera por estallar a causa del dolor. Dime, afligido Bien mío, y ahora, ¿qué sucede? Pues me doy cuenta de que en todo lo que te están haciendo tus enemigos, es tan grande tu amor, que tú con ansia lo esperas y todo lo ofreces por nuestra salvación. Y tu Corazón, con toda calma, repara las calumnias, los odios, los falsos testimonios, el mal que se le hace con premeditación a quien es inocente, y reparas también por quienes te ofenden instigados por sus superiores y por todas las ofensas de los eclesiásticos. Pero ahora, mientras unido a ti sigo tus mismas reparaciones, siento en ti un cambio, un dolor nuevo que jamás había sentido hasta ahora. Dime, dime, ¿qué pasa? ¡Particípame todo, oh Jesús mío!

« Hijo mío, ¿quieres saber qué es lo que me pasa? Oigo la voz de Pedro que dice que no me conoce, y luego ha llegado a jurarlo y hasta por tercera vez ha maldecido y perjurado que no me conoce… ¡Oh, Pedro!, ¿cómo no me conoces? ¿No recuerdas de cuántos bienes te he colmado? ¡Oh, si los demás me hacen morir de penas, tú me haces morir de dolor! ¡Cuánto mal has hecho siguiéndome desde lejos y exponiéndote después a la ocasión! ».

Negado Bien mío, cómo se reconocen inmediatamente las ofensas de las almas a las que más quieres. ¡Oh Jesús!, quiero hacer fluir los latidos de mi corazón en los tuyos para mitigar el dolor tan terrible y atroz que sufres, y mi latido en el tuyo te jura fidelidad, amor, y mil y mil veces repite y jura que te conozco… Pero tu corazón todavía no se calma y buscas con la mirada a Pedro, y al ver él tu mirada llena de amor, rebosante de lágrimas por su negación, Pedro se enternece y llora y se retira de allí; y tú, habiéndolo ya puesto a salvo, te calmas y reparas las ofensas de los Papas y de los jefes de la Iglesia, sobre todo de quienes se exponen a las ocasiones.

Pero tus enemigos siguen acusándote, y Caifás viendo que no respondes a sus acusaciones, te dice:
« Te conjuro por el Dios vivo: dime, ¿eres tú verdaderamente el Hijo de Dios? ».

Y tú, Amor mío, teniendo siempre en tus labios la palabra de la verdad, con majestad suprema y con voz sonora y suave a la vez, ante la cual todos quedan impresionados y hasta los mismos demonios se hunden todavía más en el abismo, respondes:
« Tú lo has dicho, yo soy el verdadero Hijo de Dios y un día descenderé sobre las nubes del cielo para juzgar a todas las naciones ».

Al escuchar tus palabras creadoras, todos se quedan callados en un profundo silencio, sintiendo un escalofrío por el susto… Pero Caifás, después de algunos instantes de espanto, recobrándose, furioso más que una bestia feroz, proclama en voz alta:
« ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? ¡Ha dicho una grande blasfemia! ¿Qué esperamos para condenarlo? ¡Es reo de muerte! ».

Y para darle mayor fuerza a sus palabras se rasga las vestiduras, pero con tanta rabia y furor, que todos, como si fueran uno sólo, se lanzan contra ti. Bien mío, hay quien te da puñetazos en la cabeza, quien te jala de los cabellos, te abofetean y te escupen en la cara, te pisotean…; son tantos y tales los tormentos que te hacen sufrir, que la tierra tiembla y los cielos se estremecen.

Amor mío y Vida mía, mientras te están atormentando yo siento que se me rompe el corazón por el dolor. ¡Ah!, permíteme que salga de tu Corazón adolorido y que yo afronte en tu lugar todos estos ultrajes. ¡Ah!, si me fuera posible, quisiera liberarte de tus enemigos; pero tú no quieres, porque todo esto lo requiere la salvación de todos y yo me veo obligado a resignarme.

Pero déjame limpiarte, dulce Amor mío, déjame arreglarte los cabellos, quitarte los salivazos, limpiarte y secarte la sangre para encerrarme en tu Corazón, pues veo que Caifás ya está cansado y quiere retirarse entregándote en manos de los soldados.

Por lo tanto, te bendigo y tú también bendíceme a mí. Y dándome el beso de tu amor, me encierro en el horno ardiente de tu Corazón Divino para conciliar el sueño, poniendo mi boca sobre tu Corazón, para que en cada uno de mis respiros te dé un beso; y conforme a la diversidad de tus latidos, más o menos penantes, podré darme cuenta si tú estás sufriendo o descansando. Por eso, protegiéndote con mis brazos para defenderte, te abrazo y me estrecho fuertemente a tu Corazón y así me duermo.

Reflexiones y prácticas.

Jesús, al ser presentado ante Caifás, es acusado injustamente y sometido a torturas inauditas, y cuando se le interroga dice siempre la verdad.

Y nosotros, cuando nuestro Señor permite que nos calumnien y que nos acusen injustamente, ¿buscamos únicamente a Dios que conoce nuestra inocencia o más bien mendigamos la estima y el honor de las criaturas? ¿Se encuentra siempre sobre nuestros labios la verdad? ¿Somos enemigos de toda clase de mañas y mentiras? ¿Soportamos pacientemente los desprecios y las confusiones que nos causan las criaturas? ¿Estamos dispuestos a dar la vida por su salvación?

« ¡Oh Dulce Jesús mío!, ¡qué diferencia tan grande hay entre tú y yo! ¡Ah!, haz que de mis labios salga siempre la verdad para que pueda herir el corazón de quien me escucha y conducir a todos hacia ti ».

 

De   las 4 a las 5 de la mañana

Jesús entre los soldados.

Vida mía, dulcísimo Jesús, mientras duermo abrazado a tu Corazón, siento frecuentemente las punzadas de las espinas que hieren tu Sacratísimo Corazón; y queriéndome despertar, para que haya al menos uno que se dé cuenta de todas tus penas y que te compadezca, me estrecho aún más fuertemente a tu Corazón, y sintiendo más a lo vivo tus punzadas, me despierto; pero, ¿qué veo?, ¿qué siento? Quisiera esconderte dentro de mi corazón para ponerme yo en tu lugar y recibir sobre mí penas tan dolorosas, insultos y humillaciones tan increíbles. ¡Sólo tu amor podía soportar tantos ultrajes! Pacientísimo Jesús mío, ¿qué podías esperar de gente tan inhumana?

Se divierten contigo y te cubren el rostro de salivazos. La luz de tus bellísimos ojos queda eclipsada por los salivazos, y llorando a cataratas por nuestra salvación, se te limpian los ojos de aquellos salivazos; pero aquellos malvados, no soportando su corazón el ver la luz de tus ojos, vuelven otra vez a cubrirlos de salivazos… Otros, volviéndose más atrevidos en el mal, te abren tu dulcísima boca y te la llenan de repugnantes salivazos, tanto que hasta ellos mismos sienten la nausea; y puesto que esos salivazos, escurriendo en parte, muestran un poco la majestad de tu rostro santísimo y de tu sobrehumana dulzura, se estremecen y se avergüenzan de sí mismos… Y para sentirse más libres te vendan los ojos con un trapo repugnante, para así poder desenfrenarse del todo sobre tu adorable persona; de manera que te golpean sin piedad, te arrastran, te pisotean, vuelven a descargar puñetazos y bofetadas sobre tu rostro y por toda la cabeza, arañándote y jalándote de los cabellos, empujándote de un lado para otro…

Jesús, Amor mío, mi corazón no resiste al verte en medio de tantos tormentos. Tú quieres que ponga atención a todo, pero yo siento que quisiera cubrirme los ojos para no ver escenas tan dolorosas que hacen arrancar el corazón del pecho; pero me siento obligado por tu amor a seguir viendo lo que te sucede.

Y veo que no abres la boca, no dices una sola palabra para defenderte, estás en las manos de estos soldados como si fueras un trapo con el que pueden hacer todo lo que quieren; y al verlos arrojarse sobre ti, temo que mueras bajo sus pies.

Bien mío y todo mío, es tanto el dolor que siento por tus penas, que quisiera gritar tan fuerte que mis gritos llegaran hasta el cielo, para llamar al Padre y al Espíritu Santo y a todos los ángeles; y aquí, de un extremo a otro de la tierra, llamaré primero a nuestra dulce Madre y luego a todas las almas que te aman, para que haciendo un cerco a tu alrededor, impidamos que puedan pasar estos insolentes soldados para insultarte y atormentarte; y junto contigo reparemos todos los pecados nocturnos de toda clase, especialmente los que cometen los sectarios sobre tu persona sacramental durante las horas de la noche y todas las ofensas de las almas que no se mantienen fieles en la noche de la prueba.

Pero veo, ¡oh insultado Bien mío!, que los soldados, cansados y borrachos, quieren descansar, y mi pobre corazón, oprimido y lacerado por tantas penas tuyas, no quiere quedarse solo contigo, siente necesidad de otra compañía: « ¡Ah, dulce Madre mía!, sé tú mi inseparable compañía. Me estrecho fuertemente a tu mano materna y te la beso, y tú, fortaléceme con tu bendición, y abrazándonos a Jesús apoyemos nuestra cabeza sobre su Corazón tan adolorido para consolarlo ».

¡Oh Jesús!, te beso y te bendigo junto con tu Madre Santísima y unido a ella dormiremos el sueño del amor sobre tu adorable Corazón.

Reflexiones y prácticas.

Jesús en esta hora se encuentra en medio de los soldados con ánimo imperturbable y con una constancia de hierro. Como el Dios que es, sufre toda clase de abusos de parte de los soldados y él, en cambio, los mira con tanto amor, que parece como que los invita a que lo hagan sufrir aún más.

Y nosotros, cuando sufrimos constantemente, ¿somos constantes o más bien nos lamentamos, nos fastidiamos, perdemos la paz, esa paz del corazón que se necesita para que Jesús pueda hallar en nosotros su feliz morada?

La firmeza es esa virtud que nos da a conocer si es Dios quien verdaderamente reina en nosotros; si la nuestra es verdadera virtud, nos mantendremos firmes durante la prueba y no periódicamente, sino constantemente: solamente la cruz nos puede proporcionar esta firmeza. Conforme crece nuestra firmeza en el bien, en el sufrir, en el obrar, va creciendo también en nosotros el lugar en donde Jesús podrá hacer crecer sus gracias. Así que si somos inconstantes no habrá lugar en nosotros en donde Jesús pueda extender sus gracias; si en cambio nos mantenemos firmes y constantes, hallando Jesús un gran espacio en nosotros, hallará dónde apoyarse y sostenerse, y dónde multiplicar sus gracias.

Si queremos que nuestro amado Jesús descanse en nosotros, circundémoslo con esa misma firmeza con la que él mismo hizo todo por la salvación de nuestras almas. Estando así defendido, podrá permanecer en nuestro corazón en un dulce reposo.

Jesús miraba con amor a quienes lo maltrataban; y nosotros, ¿miramos con ese mismo amor a quienes nos ofenden? ¿El amor que les mostramos es tanto que llega a ser una potente voz para sus corazones y que hace que se conviertan y que vuelvan a Jesús?

« Jesús mío, Amor sin límites, dame tu amor y haz que cada pena que yo sufra sea una llamada a las almas para que vuelvan a ti ».

 

De   las 5 a las 6 de la mañana

Jesús en la prisión.

Prisionero Jesús mío, me despierto y no te encuentro; mi corazón late fuertemente y delira de amor. Dime, ¿dónde estás? Ángel mío, llévame a casa de Caifás. Busco por todos lados y por más que doy vueltas no te encuentro. Amor mío, date prisa, mueve con tus manos las cadenas con las que tienes atado mi corazón al tuyo para atraerme a ti y poder emprender el vuelo para ir a arrojarme a tus brazos. Herido por mi voz y queriendo mi compañía, siento que me atraes y me doy cuenta de que te han puesto en la prisión… Mi corazón, mientras por una parte exulta de alegría por haberte encontrado, por otra parte se siente herido por el dolor de ver hasta qué estado te han reducido.

Te veo con las manos atadas por atrás en una columna; los pies inmovilizados y atados; tu santísimo rostro todo golpeado, hinchado y ensangrentado por las terribles bofetadas que has recibido; tus ojos santísimos amoratados, con la mirada cansada y apagada por la vela; tus cabellos todos desordenados; tu santísima persona toda golpeada…; y a todo esto hay que añadir que no puedes hacer nada para ayudarte y limpiarte porque estás atado. Y yo, ¡oh Jesús mío!, llorando y abrazándome a tus pies, digo: ¡Ay, a qué estado te han reducido, oh Jesús mío!

Y Jesús, mirándome, me responde:

« Ven, hijo mío, y pon atención a todo lo que ves que yo hago, para que tú también lo hagas junto conmigo y así yo pueda continuar mi vida en ti ».

Y con grande asombro, me doy cuenta de que en vez de ocuparte de tus penas, con un amor indescriptible, piensas en darle gloria a tu Padre, para darle satisfacción por todo lo que nosotros estamos obligados a hacer, y llamas a todas las almas para tomar sobre ti todos sus males y darles en cambio todos tus bienes. Y puesto que hemos llegado al alba del nuevo día, puedo oír tu dulcísima voz que dice:

« Padre Santo, te doy gracias por todo lo que he sufrido y por todo lo que todavía tengo que sufrir; y como el alba que se asoma llama al día y el día hace que el sol surja en el horizonte, quiero que del mismo modo el alba de la gracia se asome en todos los corazones, para que al amanecer el día en ellos, yo, Sol Divino, pueda surgir en todos los corazones y reinar en ellos. Mira a estas almas, oh Padre; yo quiero responderte por todos, por sus pensamientos, sus palabras, sus obras y sus pasos, a costa de mi sangre y de mi muerte ».

Jesús mío, Amor sin límites, me uno a ti y también yo te doy gracias por todo lo que me has hecho sufrir y por lo que todavía tengo que sufrir, y te suplico que hagas nacer en todos los corazones el alba de la gracia, para que tú, Sol Divino, puedas surgir en todos los corazones y reinar en ellos.

Pero veo que tú, dulce Jesús mío, reparas también todos los primeros pensamientos, afectos y palabras que desde el inicio del día no han sido ofrecidos a ti para honrarte, y reúnes en ti, como si fueran uno sólo, los pensamientos, los afectos y las palabras de todas las criaturas, para darle al Padre la reparación y la gloria que se le debe.

Jesús mío, Divino Maestro, ya que disponemos de una hora libre en esta prisión y estamos a solas, no solamente quiero hacer lo que tú haces, sino también quiero limpiarte, reordenarte los cabellos y fundirme totalmente en ti… Así que me acerco a tu santísima cabeza, y reordenándote los cabellos, quiero hacer una reparación por tantas mentes trastornadas y llenas de tierra, que no tienen ni siquiera un pensamiento para ti, y fundiéndome en tu mente, quiero reunir en ti todos los pensamientos de todas las criaturas y fundirlos en tus pensamientos, para poder hallar suficiente reparación por todos los malos pensamientos y por tantas luces e inspiraciones sofocadas. Quiero hacer de todos los pensamientos uno sólo con los tuyos, para ofrecerte verdadera reparación y gloria perfecta.

Afligido Jesús mío, beso tus ojos llenos de lágrimas y de tristeza, y teniendo atadas las manos a la columna no puedes secártelos ni limpiarte los salivazos que te cubren el rostro; además, siendo insoportable la postura en la que te han dejado, no puedes cerrar los ojos para descansar al menos por un poco. ¡Amor mío, cómo quisiera hacerte con mis brazos un lecho para que pudieras reposar! Quiero secarte los ojos y pedirte perdón, ofreciéndote una reparación por todas las veces que no hemos tenido la intención de agradarte y de mirarte para ver qué es lo que querías de nosotros, qué es lo que debíamos hacer y a dónde querías que fuéramos; y en tus ojos quiero fundir los míos y los de todas las criaturas, para poder reparar con tus mismos ojos todo el mal que hemos hecho con la vista.

Piadoso Jesús mío, beso tus oídos santísimos para repararte los insultos que has recibido durante toda la noche, y más aún por el eco que resuena en tus oídos de todas las ofensas de las criaturas. Te pido perdón y te reparo por todas las veces que nos has llamado y que nosotros nos hemos hecho los sordos fingiendo que no te escuchábamos, mientras que tú, cansado, nos has llamado repetidamente, pero en vano. Quiero fundir en tus oídos los míos y los de todas las criaturas para darte continua y completa reparación.

Enamorado Jesús mío, beso tu rostro santísimo, lívido totalmente a causa de los golpes. Te pido perdón y te reparo por cuantas veces nos has llamado a ser víctimas de reparación y nosotros, uniéndonos a tus enemigos, te hemos dado bofetadas y te hemos escupido. Jesús mío, quiero fundir mi rostro en el tuyo, para restituirte tu hermosura original y ofrecerte una reparación completa por todos los desprecios que le han hecho a tu santísima Majestad.

Amargado Bien mío, beso tu dulcísima boca, colmada de dolor por los puñetazos recibidos, y ardiente de amor. Quiero fundir en tu lengua la mía y la de todas las criaturas, para reparar con tu misma lengua todos los pecados y las malas conversaciones que se tienen. Quiero, sediento Jesús mío, hacer de todas las voces una sola con la tuya, para hacer que, cuando estén a punto de ofenderte, tu voz, circulando por las voces de las criaturas, sofoque esas voces de pecado y las transforme en voces de alabanzas y de amor.

Encadenado Jesús mío, beso tu cuello oprimido por pesadas cadenas y cuerdas, las cuales, pasando por el pecho hasta por detrás de los hombros y llegándote hasta los brazos te tienen fuertemente atado a la columna. Tus manos ya están hinchadas y moradas por lo fuerte que te han atado, tanto que de ellas te está saliendo sangre. ¡Ah, Jesús!, déjame que te desate, y si te gusta estar atado, quiero atarte con las cadenas del amor que, siendo dulces, te procurarán alivio en vez de hacerte sufrir. Y mientras te desato, quiero fundirme en tu cuello, en tu pecho, en tus hombros, en tus manos y en tus pies, para poder reparar junto contigo por todos los apegos de las criaturas y para darles a todos las cadenas de tu amor; para reparar por todas las frialdades y llenar los pechos de todas las criaturas con tu fuego, pues veo que el que tú tienes, es tanto, que no puedes contenerlo; para reparar por todos los placeres ilícitos y el amor a las comodidades y darles a todos el espíritu de sacrificio y el amor al sufrimiento… Quiero fundirme en tus manos para reparar por todas las malas obras y el bien hecho malamente y con espíritu de presunción, y darles a todos el perfume de tus obras; fundiéndome en tus pies, encierro todos los pasos de las criaturas para reparar por ellos y darles a todos tus pasos para hacer que caminen santamente.

Y ahora, dulce Vida mía, permíteme que fundiéndome en tu Corazón, encierre todos los afectos, los latidos y los deseos de todas las criaturas para repararlos contigo y darles a todos tus afectos, los latidos de tu Corazón y tus deseos, para que nadie vuelva a ofenderte.

Pero siento en mis oídos el ruido de unas llaves, son tus enemigos que vienen a sacarte de la cárcel. Jesús, yo tiemblo, me siento horrorizada ya que estarás de nuevo en manos de tus enemigos. ¿Qué va a ser de ti? Me parece oír también el ruido de las llaves que abren los Sagrarios. ¡Cuántas manos profanadoras los abren y tal vez para hacerte descender en corazones sacrílegos! ¡En cuántas manos indignas te ves forzado a estar! Prisionero Jesús mío, quiero encontrarme en todas tus prisiones de amor, para poder estar ahí cuando tus ministros te sacan y hacerte compañía y repararte por todas las ofensas que puedas recibir.

Veo que tus enemigos están llegando. Y tú, saludas al sol que amanece en el último día de tu vida; y ellos, al desatarte, viéndote lleno de majestad y sintiendo tu mirada llena de amor, en pago te cubren el rostro de bofetadas tan fuertes que de inmediato se enrojece con tu preciosísima sangre.

Amor mío, antes de que salgas de la prisión, en mi dolor, te suplico que me bendigas para poder tener la fuerza de seguirte en todo lo que falta de tu pasión.

Reflexiones y prácticas.

Jesús en la prisión, atado e inmovilizado a una columna, se encuentra cubierto de salivazos y de fango, y él busca nuestras almas para que le hagamos compañía. Y nosotros, ¿nos ponemos felices de poder estar a solas con Jesús o preferimos la compañía de las criaturas? ¿Es sólo Jesús nuestro único respiro, el único latido de nuestro corazón?

Nuestro amado Jesús, para hacernos semejantes a él, ata nuestras almas con arideces, con opresiones, con sufrimientos y con tantas otras clases de mortificaciones; y nosotros, ¿nos ponemos felices cuando Jesús nos ata dentro de la prisión en la que su amor nos pone, es decir: oscuridades, opresiones, etc.?

Jesús está en la prisión, ¿sentimos en nosotros la fuerza y la prontitud para encerrarnos en Jesús por amor a él?

Jesús, afligido, anhelaba nuestras almas para ser desatado y para poder apoyarse en nosotros a causa de la posición tan dolorosa en la que se hallaba; y nosotros, ¿anhelamos que sólo Jesús venga a hacernos compañía, a desencadenarnos de toda pasión y a encadenarnos con cadenas más fuertes a su Corazón? ¿Ponemos nuestras penas alrededor de Jesús para rechazar los salivazos y el fango que los pecadores le arrojan?

Jesús en la prisión hace oración, y nuestra oración junto a él, ¿es constante?

« Encadenado Jesús mío, tú te hiciste prisionero por amor a mí; yo te pido que encierres en ti mi mente, mi lengua, mi corazón y todo mi ser, para que yo ya no tenga libertad alguna y tú puedas tener el dominio absoluto sobre mí ».

 

De   las 6 a las 7 de la mañana

Jesús de nuevo ante Caifás y después es conducido a   Pilato.

Adolorido Jesús mío, ya estás fuera de la prisión; estás tan agotado que a cada paso que das parece que te vas a caer. Quiero ponerme a tu lado para sostenerte cuando vea que estés a punto de caer.

Pero veo que los soldados te presentan ante Caifás, y tú, ¡oh Jesús mío!, apareces de nuevo en medio a ellos cual sol radiante y aunque estás tan desfigurado, tu luz se difunde por doquier. Caifás se regocija al verte tan malamente reducido, y al ver el reflejo de tu luz se ciega aún más y lleno de cólera te pregunta de nuevo:

« ¿Así que tú eres verdaderamente el Hijo de Dios? ».

Y tú, Amor mío, con majestad suprema, con tu voz llena de gracia y tu habitual acento dulce y conmovedor, capaz de cautivar los corazones de todos, respondes:

« Sí, yo soy el verdadero Hijo de Dios ».

Y ellos, a pesar de que sienten en sí mismos toda la fuerza de tu palabra, sofocando todo y sin querer saber más, a una sola voz, gritan todos:

« ¡Es reo de muerte, es reo de muerte! ».

Caifás confirma la sentencia de muerte y te envía a Pilato, y tú, condenado Jesús mío, aceptas esta sentencia con tanto amor y resignación, que parece que se la arrebatas al inicuo pontífice, y de este modo reparas todos los pecados hechos deliberadamente y con toda malicia, y por todos aquellos que en vez de afligirse por el mal, se alegran y gozan del pecado, y esto los lleva a la ceguera y a sofocar en ellos toda luz y gracia.

Vida mía, tus reparaciones y tus oraciones hacen eco en mi corazón y yo reparo y ruego unido a ti.

Dulce Amor mío, veo que los soldados, habiendo perdido la poca estima que les quedaba de ti, al verte condenado a muerte, te agarran y te ponen más cuerdas y más cadenas, te sujetan tan fuertemente que casi le impiden todo movimiento a tu divina persona, y empujándote y arrastrándote te sacan del palacio de Caifás. Te espera la multitud del pueblo, mas nadie para defenderte; y tú, Divino Sol mío, sales en medio de ellos queriendo envolverlos a todos con tu luz.

Al dar los primeros pasos, queriendo encerrar en los tuyos todos los pasos de las criaturas, suplicas y reparas por quienes usan sus primeros pasos para obrar con malos fines: unos para vengarse, otros para matar, para traicionar, para robar y para tantas otras cosas. ¡Oh, cómo te hieren el Corazón con todas estas ofensas! Y para impedir tanto mal, oras, reparas y te ofreces todo tú mismo.

Pero mientras te sigo, veo que tú, Sol mío, Jesús, apenas empiezas a bajar las escaleras del palacio de Caifás, te encuentras con María Santísima, nuestra hermosa y dulce Madre. Tu mirada se encuentra con la suya, se hieren el uno al otro y, aunque al verse hallan alivio, nacen de ahí nuevos dolores: en ti, al ver a tu dulce Madre traspasada, pálida y de luto; y en tu querida Madre, al verte a ti, Sol Divino, eclipsado, cubierto de ultrajes, llorando y en un mar de sangre. Pero no pueden disfrutar por mucho ese intercambio de miradas y sin embargo, sólo con el dolor de no poderse decir ni siquiera una sola palabra, sus Corazones se dicen todo, y fundidos el uno en el otro dejan de mirarse porque los soldados te empujan; y así, pisoteado y arrastrado, te hacen llegar a Pilato.

Jesús mío, me uno a mi traspasada Madre para seguirte y para fundirme junto con ella en ti y tú dirigiéndome una mirada de amor, me bendices.

Reflexiones y prácticas.

Jesús sale a la luz del día y es llevado ante Caifás y con ánimo firme confirma que él es el Hijo de Dios.

Y nosotros, ¿dejamos que Jesús nos guíe cuando salimos a algún lado? ¿Nuestro modo de comportarnos es un ejemplo para los demás? ¿Nuestros pasos, como si fueran imanes, son una llamada a las almas para que se acerquen a Jesús? Toda la vida de Jesús es una continua llamada para cada alma. Si nosotros nos uniformamos a su Voluntad, es decir, si nuestros pies cuando caminan son una llamada para las almas, si los latidos de nuestro corazón haciendo eco a los latidos del Corazón Divino se armonizan el uno al otro y piden almas, y lo mismo de todo el resto, conforme sigamos obrando de este modo estaremos formando en nosotros la misma humanidad santísima de Cristo. Así que, cada llamada más que hagamos será una semejanza más que recibiremos de Jesús mismo.

¿Nuestra vida es siempre la misma o empeora conforme van cambiando las circunstancias?

« Jesús mío, Santidad sin igual, sé tú mi guía, haz que también en mi modo de comportarme externamente yo dé a conocer toda tu vida divina ».

 

De   las 7 a las 8 de la mañana

Jesús ante Pilato y Pilato lo manda a Herodes.

Encadenado Bien mío, tus enemigos unidos a los sacerdotes, te presentan ante Pilato y fingiendo santidad y escrupulosidad, ya que están por celebrar la Pascua, permanecen fuera en el atrio. Y tú, Amor mío, viendo el fondo de su malicia, reparas por todas las hipocresías de quienes son religiosos. También yo reparo contigo.

Pero mientras tú te ocupas de hacerles bien, ellos por el contrario dan inicio a sus acusaciones ante Pilato, vomitando todo el veneno que tienen contra ti. Pero Pilato, mostrándose insatisfecho por las acusaciones que te hacen y para poder condenarte con motivo, te llama aparte y a solas te examina y te pregunta:

« ¿Eres tú el Rey de los Judíos? ».

Y tú, Jesús mío, verdadero Rey mío, respondes:

« Mi Reino no es de este mundo, de lo contrario, miles de legiones de ángeles me defenderían ».

Y Pilato, conmovido por la suavidad y la dignidad de tus palabras, sorprendido, te dice:

« ¿Cómo, tú eres Rey? ».

Y tú:

« Yo lo soy, como tú dices, y he venido al mundo para enseñar la verdad ».

Y Pilato, sin querer saber más y convencido de tu inocencia, sale a la terraza y dice:

« Yo no encuentro culpa alguna en este hombre ».

Los judíos, enfurecidos, te acusan de tantas otras cosas y tú callas, no te defiendes, y reparas las debilidades y las injusticias de los jueces cuando se hallan ante los poderosos de la tierra, y ruegas por los oprimidos y los abandonados.

Entonces, viendo Pilato la rabia de tus enemigos, para desentenderse, te envía a Herodes.

Divino Rey mío, quiero repetir tus oraciones, tus reparaciones y quiero acompañarte hasta donde se encuentra Herodes. Tus enemigos enfurecidos quisieran devorarte vivo, y en medio de insultos, de burlas y risas te hacen llegar ante Herodes.

Herodes se llena de orgullo y te hace muchas preguntas, pero tú no respondes y ni siquiera lo miras. Y Herodes irritado por no poder satisfacer su curiosidad y sintiéndose humillado por tu prolongado silencio, declara públicamente que tú eres un loco sin juicio, y ordena que como tal seas tratado, y para burlarse de ti, manda que te pongan una vestidura blanca y te entrega a los soldados para que te maltraten del peor modo posible.

Inocente Jesús mío, nadie puede hallar culpa alguna en ti, solamente los Judíos, porque su afectada religiosidad no merece que resplandezca en sus mentes la luz de la verdad.

Jesús mío, Sabiduría infinita, ¡cuánto te cuesta haber sido declarado loco! Los soldados abusando de ti, te arrojan al suelo, te pisotean, te escupen, se burlan de ti, te dan bastonazos y recibes tantos golpes que te sientes morir. Son tantas y tales las penas, los oprobios y las humillaciones que recibes, que los ángeles lloran y con sus alas se cubren el rostro para no seguir viendo.

Yo también, mi loco Jesús, quiero decirte loco, pero loco de amor. Y es tan grande tu locura de amor, que en vez de ofenderte, oras y reparas por las ambiciones de los reyes que desean poseer más reinos para ruina de los pueblos; por las destrucciones que provocan, por toda la sangre que se derrama por su causa, por sus caprichos, por todos sus pecados de curiosidad y por todos los pecados que se cometen en las cortes y en la milicia.

¡Oh Jesús mío, qué impresión causa el verte orar y reparar en medio de tantos ultrajes! Tus palabras hacen eco en mi corazón y voy siguiendo lo que tú haces. Y ahora deja que me ponga a tu lado, que tome parte en tus penas y que te consuele con mi amor; y alejando de ti a tus enemigos, te tomo entre mis brazos para darte fuerzas y besarte la frente.

Dulce Amor mío, veo que no te dejan en paz y Herodes te envía de nuevo a Pilato. Si la venida ha sido dolorosa, el regreso es aún más trágico, pues los judíos se encuentran más enfurecidos que antes y están resueltos a hacerte morir a cualquier precio.

Por eso, antes de que salgas del palacio de Herodes quiero besarte en señal de mi amor en medio de tantas penas; y tú fortifícame con tu beso y con tu bendición y así te seguiré ante Pilato.

Reflexiones y prácticas.

Cuando Jesús es presentado a Pilato, aún hallándose en medio a tantos insultos y desprecios, es siempre dulce, no desdeña a nadie y quiere que en todos resplandezca la luz de la verdad. Y nosotros, ¿sentimos que nos comportamos del mismo modo con todos? ¿Tratamos de vencer nuestras malas inclinaciones cuando alguien no nos simpatiza? Cuando tratamos con los demás, ¿hacemos lo posible por dar a conocer a Jesús y hacer que resplandezca en ellos la luz de la verdad?

« ¡Oh Jesús, dulce vida mía!, pon sobre mis labios tu palabra y haz que yo siempre hable con tu misma boca ».

Cuando Jesús se hallaba ante Herodes, estaba en silencio y vestido como si fuera un loco, sufriendo penas inauditas. Y nosotros, cuando recibimos alguna calumnia o burla, algún insulto o desprecio, ¿nos ponemos a pensar que Jesús quiere hacernos semejantes a él? Cuando sufrimos, cuando nos hacen algo y en todo lo que siente nuestro corazón, ¿nos damos cuenta de que es Jesús que tocándonos nos hace sufrir y que nos está transformando en sí mismo dándonos su semejanza? Y cuando el sufrimiento vuelve a nosotros, ¿pensamos que Jesús al vernos, todavía no está contento con nosotros y por eso nos abraza para poder asemejarnos totalmente a sí mismo? Siguiendo el ejemplo de Jesús ¿podemos decir que poseemos el dominio sobre nosotros mismos? ¿Que en las contrariedades en vez de responder preferimos callar? ¿Nos dejamos vencer alguna vez por la curiosidad?

En cada pena que podamos sufrir, es necesario que pongamos la intención de que ésta es una vida que le damos a Jesús para pedir almas; y poniendo a las almas en la Voluntad de Dios, nuestro dolor crea como un cerco en el que encerramos a Dios y a las almas para unirlas todas a Jesús.

« Amor mío y Todo mío, toma tú mismo posesión de mi corazón y tenlo siempre entre tus manos, para que en toda circunstancia pueda copiar en mí tu gran paciencia ».

 

De   las 8 a las 9 de la mañana

Jesús de nuevo ante Pilato, es pospuesto a Barrabás.
La Flagelación de Jesús.

Atormentado Jesús mío, mi pobre corazón te sigue entre ansias y penas, y al verte vestido como un loco, sabiendo quién eres tú, sabiduría infinita que a todos les das el juicio, siento que estoy por delirar y digo: ¡Cómo! ¿Jesús loco? ¿Jesús malhechor? ¡Y ahora serás pospuesto al criminal más grande, a Barrabás!

Jesús mío, santidad sin igual, ya estás otra vez ante Pilato, quien al verte tan mal reducido y vestido de loco y viendo que tampoco Herodes te ha condenado, se indigna todavía más en contra los judíos, queda convencido de tu inocencia y confirma el no querer condenarte; sin embargo, deseando darle alguna satisfacción a los judíos, y como para aplacar el odio, la furia, la rabia y la sed ardiente que tienen de tu sangre, junto con Barrabás te presenta al pueblo, pero los judíos gritan:

« ¡No queremos libre a Jesús, sino a Barrabás! ».

Entonces, Pilato, ya no sabiendo qué hacer para calmarlos, te condena a la flagelación.

Jesús mío, se me hace pedazos el
corazón al ver que mientras los judíos se ocupan de ti para hacerte morir, tú, concentrado en ti mismo, piensas en darles a todos la vida, y poniendo atención, oigo que dices:

« Padre Santo, mira a tu Hijo vestido de loco. Esto te repara por la locura de tantas criaturas que han caído en el pecado; esta vestidura blanca sea en tu presencia como la disculpa por tantas almas que se visten con la lúgubre vestidura de la culpa. ¡Oh Padre, mira su odio, la furia, la rabia que tienen contra de mí y que casi les hace perder la luz de la razón…!, ¡mira la sed que tienen de mi sangre! Por eso, yo quiero reparar por todos los odios, las venganzas, las iras, los homicidios y pedir para todos la luz de la razón ».

« Padre mío, mírame de nuevo, ¿puede haber insulto mayor? Me han pospuesto al criminal más grande; quiero por eso repararte por todas las posposiciones que se hacen. ¡Ah, todo el mundo está lleno de posposiciones! Hay quien nos pospone a un vil interés, otro al honor, otros a la vanidad, a los placeres, a los apegos, a las dignidades, a comilonas y embriagueces y hasta al mismo pecado; y por unanimidad todas las criaturas nos posponen hasta por cualquier tontería. Y yo estoy dispuesto a aceptar ser pospuesto a Barrabás, para reparar por las posposiciones que hacen las criaturas ».

Jesús mío, siento que me muero por el dolor y la confusión al ver tu gran amor aun en medio de tantas penas, al ver el heroísmo de tus virtudes en medio de tantos sufrimientos e insultos. Tus palabras y tus reparaciones repercuten en mi corazón como si cada una de ellas fuera una herida, y en mi dolor repito tus mismas oraciones y tus mismas reparaciones; ni siquiera por un instante puedo separarme de ti, porque de lo contrario se me escaparían muchas cosas de todo lo que tú haces.

Pero ahora, ¿qué es lo que veo? Los soldados te conducen hacia una columna para flagelarte. Amor mío, te sigo y con tu mirada de amor, mírame y dame fuerzas para poder asistir a la dolorosa carnicería que harán contigo.

La Flagelación de Jesús

Purísimo Jesús mío, ya estás junto a la columna. Los soldados te desatan despiadadamente para poder atarte a la columna; pero no es suficiente: te despojan de tus vestiduras para así poder hacer cruel carnicería de tu santísimo cuerpo. Amor mío y Vida mía, me siento desfallecer por el dolor al verte desnudo. Tú tiemblas de pies a cabeza y tu santísimo rostro se tiñe de virginal pudor, y es tan grande tu confusión y tu agotamiento, que no pudiendo seguir estando de pie estás a punto de desplomarte a los pies de la columna. Pero los soldados te sostienen y no dejan que te caigas, mas no por ayudarte, sino para poder atarte.

Toman las cuerdas y te amarran los brazos, pero con tanta fuerza, que enseguida se hinchan y de la punta de tus dedos empieza a salir sangre. Después, te atan en torno a la columna, pasan sogas y cadenas alrededor de tu divina persona hasta los pies, y te amarran tan estrechamente que no puedes hacer ni siquiera un movimiento, para así poder desenfrenarse libremente sobre ti.

Desnudado Jesús mío, deja que me desahogue, de lo contrario no podré seguir viéndote sufrir tanto: ¡Cómo! Tú que vistes a todas las cosas creadas: al sol de luz, al cielo de estrellas, a las plantas de hojas, a los pájaros de plumas; tú, ¿desnudo? ¡Qué osadía tan grande! Pero mi amantísimo Jesús, con la luz que irradia de sus ojos, me dice:

« Calla, hijo mío, era necesario que yo fuera desnudado para reparar por tantos que se despojan de todo pudor, candor e inocencia; que se desnudan de todo bien y virtud, de mi gracia, y que se visten de toda brutalidad, viviendo a la manera de las bestias. En mi virginal confusión quise reparar por tantas deshonestidades, deleites y placeres bestiales. Por eso sigue con atención todo lo que hago, ora y repara junto conmigo, y cálmate ».

Flagelado Jesús mío, tu amor pasa de un exceso a otro. Los verdugos toman las cuerdas y comienzan a azotarte sin piedad, tanto que todo tu santísimo cuerpo, se pone lívido; y es tanta la crueldad y el furor con que te golpean, que ya están cansados… Pero otros dos los sustituyen; agarran unas varas espinosas y te azotan tanto, que de inmediato empieza a salir sangre a torrentes de tu santísimo cuerpo y lo siguen golpeando por todos la dos, abriendo surcos y convirtiéndolo totalmente en una llaga… Pero aún no basta, otros dos continúan y con cadenas de hierro puntiagudas prosiguen la dolorosa carnicería. Bajo los primeros golpes, esas carnes golpeadas y llagadas se abren y se desgarran aún más y a pedazos van cayendo por tierra; los huesos quedan al descubierto y tu sangre diluvia y forma un lago alrededor de la columna…

Jesús, desnudado Amor mío, mientras te encuentras bajo esta tempestad de golpes, me abrazo a tus pies para poder tomar parte en tus penas y quedar cubierto totalmente con tu preciosísima sangre. Cada herida que recibes es una herida para mi corazón, a mayor razón que poniendo atención en mis oídos, percibo tus gemidos, pero éstos no son escuchados, porque la tempestad de los golpes ensordece el aire a tu alrededor; y en esos gemidos dices:

« Todo aquél que me ama venga a aprender el heroísmo del verdadero amor; venga a apagar en mi sangre la sed de sus pasiones, la sed de tantas ambiciones, de tantas vanidades y placeres, de tanta sensualidad. En mi sangre hallarán el remedio para todos sus males ».

Y tus gemidos siguen diciendo:

« ¡Mírame, oh Padre, bajo esta tempestad de golpes todo llagado!, pero no basta, quiero formar en mi cuerpo tantas llagas, que en el cielo de mi humanidad sean suficientes moradas para todas las almas, de modo que forme en mí mismo su salvación, para hacer que luego pasen al cielo de mi Divinidad. Padre mío, cada golpe de flagelo repare ante ti, uno por uno, cada clase de pecado, y que al golpearme a mí sea una excusa para quienes los cometen; que estos golpes hieran los corazones de las criaturas y les hablen de mi amor, hasta que las obliguen a rendirse a mí ».

Y mientras dices esto, es tan grande tu amor, que parece que incitas a los verdugos a que te azoten todavía más. Destrozado Jesús mío, tu amor me aplasta y me hace enloquecer. Aunque tu amor todavía no está cansado, los verdugos ya no tienen fuerzas y no pueden proseguir tan dolorosa carnicería. Te cortan las cuerdas y tú, casi muerto, caes en tu propia sangre, y al ver los pedazos de tus carnes por tierra sientes que te mueres por el dolor, viendo en esas carnes separadas de ti a las almas condenadas, y es tan intenso tu dolor que estás agonizando en tu propia sangre.

Jesús mío, déjame que te tome entre mis brazos para confortarte un poco con mi amor. Te beso, y con mi beso encierro a todas las almas en ti, así ninguna se perderá, y mientras tanto bendíceme tú.

Reflexiones y prácticas.

Jesús es despojado de sus vestiduras y flagelado cruelmente; y nosotros, ¿nos hemos despojado ya de todo? Jesús está atado a la columna, y nosotros, ¿dejamos que el amor nos ate? Jesús está atado a la columna mientras que nosotros con nuestros pecados y apegos, muchas veces a las cosas más indiferentes o hasta buenas en sí mismas, agregamos más cuerdas, no estando satisfechos con las que los judíos lo han atado.

Jesús, en tanto, con su mirada piadosa nos llama para que lo desatemos. ¿No vemos también en su mirada como un reproche hacia nosotros, habiendo contribuido también nosotros a atarlo? Para poder darle alivio a Jesús debemos quitarnos primero de encima las cadenas que nos atan, para así poderles quitar sus cadenas a las demás criaturas; estas pequeñas cadenas nuestras muchas veces no son más que pequeños apegos a nuestra voluntad, a nuestro amor propio un poco resentido y a nuestras pequeñas vanidades, las cuales, entretejiéndose unas con otras, atan dolorosamente a Jesús.

Algunas veces, Jesús, colmado de amor por nuestra pobre alma quiere él mismo quitarnos estas cadenas para que no lo volvamos a atar. ¡Ah, y cuando nos lamentamos porque no queremos que Jesús nos ate, lo obligamos, casi contristado, a retirarse de nosotros!

Jesús despedazado, mientras está sufriendo, repara todos los pecados contra la modestia, y nosotros, ¿somos puros de mente en nuestras miradas, palabras y afectos, de modo que no le damos más golpes a su inocente cuerpo? ¿Estamos siempre atados a Jesús de tal manera que nos encontramos listos para defenderlo cuando las criaturas lo golpean con sus ofensas?

« Encadenado Jesús mío, que tus cadenas sean también las mías de modo que yo pueda sentirte siempre en mí y tú siempre puedas sentirme en ti ».

 

De   las 9 a las 10 de la mañana

La Coronación de espinas de Jesús.
« Ecce Homo! »
[1].

Jesús es condenado a Muerte

¡Jesús mío, Amor infinito, más te miro y más comprendo cuánto sufres! Te encuentras de tal forma lacerado que no queda parte sana en ti. Los verdugos, volviéndose todavía más feroces, al ver que tú, en medio de tantas penas, los miras con tanto amor que tu mirada llena de amor forma un dulce encanto, casi como si hablara rogando y suplicando más y más penas, aunque son inhumanos, de todos modos se sienten forzados por tu amor a ponerte de pie; pero tú, no pudiendo mantenerte parado, caes de nuevo en tu sangre, y ellos, irritados, a patadas y a empujones te hacen llegar al sitio en donde te coronarán de espinas.

Amor mío, si tú no me sostienes con tu mirada de amor, yo no podré seguir viéndote sufrir; siento ya un escalofrío que me llega hasta los huesos, mi corazón salta, me siento morir… ¡Jesús, Jesús, ayúdame!

Y mi amable Jesús me dice:

« Ánimo, hijo mío, no vayas a perderte nada de lo que he sufrido; pon atención a mis enseñanzas. Yo debo rehacer al hombre en todo; la culpa le ha quitado su corona y lo ha coronado de oprobios y de confusión, de modo que no puede comparecer ante mi majestad. La culpa lo ha deshonrado, haciéndole perder cualquier derecho a los honores y a la gloria, es por eso que quiero ser coronado de espinas, para volver a ponerle al hombre sobre la frente su corona, y para devolverle todos los derechos a toda clase de honor y gloria. Y mis espinas serán ante mi Padre reparaciones y voces de disculpa por tantos pecados de pensamiento, especialmente de soberbia, y serán también voces de luz para cada mente creada con las que les suplicaré que no me ofendan. Por eso, únete a mí, ora y repara junto conmigo ».

Coronado Jesús mío, tus crueles enemigos hacen que te sientes, te echan encima un trapo viejo de púrpura, toman la corona de espinas, y con furia infernal te la ponen sobre tu adorable cabeza; y con un palo, a base de golpes, hacen que las espinas penetren sobre tu frente y parte de ellas se te clavan hasta en los ojos, en los oídos, en el cráneo y hasta por detrás de la nuca.

Amor mío, ¡qué penas tan desgarradoras e indescriptibles! ¡Cuántas muertes tan crueles sufres! Tu sangre corre sobre tu rostro, de manera que ya no se ve más que sangre; pero bajo esas espinas y esa sangre se puede ver todavía tu rostro santísimo, radiante de dulzura, de paz y de amor. Y los verdugos, queriendo concluir la tragedia, te vendan los ojos, te ponen en la mano una caña como si fuera un cetro y dan inicio a sus burlas. Te saludan cual Rey de los judíos, te golpean la corona, te dan bofetadas y dicen:

« Adivina, ¿quién te ha golpeado? ».

Y tú callas y respondes reparando las ambiciones de quienes aspiran a los reinos, a las dignidades, a los honores, y por quienes ocupando estos puestos, no comportándose debidamente, forman la ruina de los pueblos y de las almas confiadas a ellos y que, por sus malos ejemplos, incitan al mal y a que las almas se pierdan.

Y con esa caña que tienes en la mano, tú reparas por tantas obras buenas, vacías de espíritu interior o incluso hechas con malas intenciones. Con los insultos y esa venda, reparas por quienes ponen en ridículo las cosas más santas, desacreditándolas y profanándolas; reparas también por quienes se vendan la vista de la inteligencia para no ver la luz de la verdad.

Y con la venda ruegas por nosotros para que nos quitemos las vendas de las pasiones, de las riquezas y de los placeres.

Jesús, Rey mío, tus enemigos te siguen insultando; tu sangre chorrea tanto de tu santísima cabeza que llegándote hasta la boca te impide hacerme oír claramente tu dulcísima voz, por lo que no puedo hacer lo que tú estás haciendo; por eso me arrojo a tus brazos y quiero sostener tu cabeza traspasada y adolorida y poner la mía debajo de tus espinas, para sentir sus punzadas…

Pero mientras estoy diciendo esto, Jesús me llama con su mirada de amor y yo corro, me abrazo a su Corazón y trato de sostener su cabeza. ¡Oh, qué gusto da estar con Jesús, aún en medio de mil tormentos!

Y él me dice:

« Hijo mío, estas espinas proclaman que quiero ser constituido Rey de cada corazón; a mí me corresponde todo dominio; y tú, toma estas espinas y atraviesa con ellas tu corazón y haz que salga de él todo lo que a mí no me pertenece; deja dentro de tu corazón una espina, como señal de que yo soy tu Rey y para impedir que ninguna otra cosa entre en ti; luego recorre todos los corazones de las criaturas y traspasándolos con mis espinas haz que salgan de ellos todos los humos de soberbia, la podredumbre que tienen, y constitúyeme Rey de todos ».

Amor mío, el corazón se me oprime cuando te dejo. Por eso te suplico: que ensordezcas mis oídos con tus espinas, para que ya no pueda oír alguna otra voz que no sea la tuya; que cubras con tus espinas mis ojos, para tener ojos solamente para mirarte a ti; que me llenes con tus espinas la boca, para que mi lengua permanezca muda a todo lo que pueda ofenderte y se encuentre libre para alabarte y bendecirte en todo. ¡Oh Jesús, Rey mío!, rodéame de espinas y que estas espinas me cuiden, me defiendan y me tengan abismado totalmente en ti.

Y ahora quiero limpiarte la sangre y besarte, pues veo que tus enemigos te conducen ante Pilato, quien te condenará a muerte. Amor mío, ayúdame a seguir tu doloroso camino y bendíceme.

Jesús de nuevo ante Pilato

Coronado Jesús mío, mi pobre corazón, herido por tu amor y traspasado por tus penas, no puede vivir sin ti y por eso te busco y te encuentro nuevamente ante Pilato.

Pero, ¡qué espectáculo tan conmovedor! ¡Los cielos quedan horrorizados y el infierno tiembla de espanto y de rabia! Vida de mi corazón, yo no puedo seguir viéndote sin que me sienta morir. Mas la fuerza de tu amor me obliga a mirarte, para hacer que comprenda bien tus penas; así que, entre lágrimas y suspiros, te contemplo.

Jesús mío, te encuentras desnudo y en vez de llevar ropa, estás vestido de sangre; todo tu cuerpo está destrozado, tus huesos han quedado al descubierto, tu rostro santísimo está irreconocible, las espinas clavadas en tu cabeza te llegan hasta los ojos; y por todo tu rostro, yo ya no veo más que sangre que corriendo por el suelo forma un arroyo bajo tus pies.

¡Oh Jesús mío, ya no te reconozco! ¡A qué estado te han reducido! ¡Has llegado a los excesos más profundos de las humillaciones y de los dolores! ¡Ah, no puedo soportar seguir viéndote en ese estado tan doloroso! ¡Me siento morir! Quisiera arrebatarte de la presencia de Pilato, para encerrarte en mi corazón y darte descanso; quisiera sanar tus llagas con mi amor; quisiera inundar el mundo entero con tu sangre para encerrar en ella a todas las almas y conducirlas a ti como conquista de tus penas.

Y tú, paciente Jesús mío, a duras penas, parece que me miras a través de las espinas y me dices:

« Hijo mío, ven a mis brazos atados, apoya tu cabeza sobre mi Corazón y sentirás dolores todavía más intensos y amargos, porque todo lo que ves por fuera de mi humanidad, no es sino lo que rebosa de todo lo que estoy sufriendo en mi interior. Pon atención a los latidos de mi Corazón y sentirás que reparo las injusticias de los que mandan, la opresión de los pobres, de los inocentes pospuestos a los malhechores, la soberbia de quienes para conservar sus dignidades, cargos o riquezas, no titubean en transgredir cualquier ley y hacerle mal al prójimo, cerrando los ojos a la luz de la verdad. Con estas espinas quiero hacer pedazos el espíritu de soberbia de sus señorías y, con los agujeros que hacen en mi cabeza, quiero abrirme camino en sus mentes, para reordenar en ellas todas las cosas a la luz de la verdad. Y estando así humillado ante este juez injusto, quiero hacerles comprender a todos que solamente la virtud es la que constituye al hombre rey de sí mismo, y les enseño a los que mandan que sólo la virtud, unida al recto saber, es la única digna y capaz de regir y gobernar a los demás, mientras que todas las demás dignidades, sin la virtud, son cosas peligrosas y deplorables ».

« Hijo mío, haz eco a mis reparaciones y sigue poniendo atención a todas mis penas ».

Amor mío, veo que Pilato, viéndote reducido a tal extremo se estremece, y sumamente impresionado exclama:

« ¿Cómo puede ser posible tanta crueldad en el corazón del hombre? ¡Ah, no era esta mi intención al condenarlo a la flagelación! ».

Y queriendo liberarte de las manos de tus enemigos, para poder hallar razones más convincentes, casi arrepentido y apartando la mirada de ti, no pudiendo seguir soportando el verte en ese estado tan doloroso, vuelve a preguntarte:

« Pero dime, ¿qué has hecho? Tu gente te ha entregado en mis manos. Dime, ¿tú eres Rey? ¿Cuál es tu Reino? ».

A la tempestad de preguntas que te hace Pilato, tú, ¡oh Jesús mío!, no respondes, y metido en ti mismo piensas en salvar mi pobre alma a costa de tantas penas.

Y Pilato, viendo que no le respondes, añade:

« ¿No te das cuenta de que está en mi poder ponerte en libertad o condenarte? ».

Pero tú, Amor mío, queriendo hacer que resplandezca en Pilato la luz de la verdad, respondes:

« No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo alto; pero quienes me han entregado en tus manos han cometido un pecado aún más grave que el tuyo ».

« Ecce Homo ». Jesús es condenado a muerte.

Entonces, Pilato, casi movido por la dulzura de tu voz, indeciso y con el corazón en tempestad, creyendo que el corazón de los judíos era más piadoso, se decide a mostrarte a ellos desde la terraza, esperando que se muevan a compasión al verte tan destrozado, para así poder ponerte en libertad.

Adolorido Jesús mío, mi corazón desfallece al verte seguir a Pilato. Caminas fatigosamente, encorvado bajo esa horrible corona de espinas, la sangre señala tus pasos y apenas sales, escuchas a la multitud alborotada que aguarda con ansiedad tu condena. Y Pilato, imponiendo silencio para obtener la atención de todos y así poder ser escuchado, con visible repugnancia, toma los dos extremos de la púrpura que te cubre el pecho y los hombros, y la levanta para hacer que todos puedan ver en qué estado has quedado reducido, y dice en voz alta:

« ¡Ecce Homo! ¡Mírenlo, ya no tiene aspecto de hombre! ¡Observen sus llagas: ya no se le reconoce! Si ha hecho mal, ya ha sufrido bastante, mejor dicho, demasiado; yo ya estoy arrepentido de haberlo hecho sufrir tanto; por eso, pongámoslo en libertad ».

Jesús, Amor mío, déjame que te sostenga, pues veo que vacilas al no poder mantenerte de pie bajo el peso de tantas penas. ¡Ah, en este momento solemne se va a decidir tu suerte! Inmediatamente después de las palabras dichas por Pilato, se hace un profundo silencio en el cielo, en la tierra y en el infierno; y luego, como a una sola voz, oigo el grito de todos:

« ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! ¡Lo queremos muerto a cualquier costo! ».

Vida mía, Jesús, veo que estás temblando. El grito de muerte, penetra hasta lo más profundo de tu Corazón, y en estas voces percibes la voz de tu amado Padre que dice:

« ¡Hijo mío, te quiero muerto y muerto crucificado! ».

¡Ah!, oyes también a tu querida Madre, que, aunque llena de dolor y desolada, hace eco, a tu amado Padre:

« ¡Hijo, te quiero muerto! ».

Los ángeles y los santos, como también el infierno, gritan todos a una voz:

« ¡Crucifícalo, Crucifícalo! ».

De manera que no hay quien te quiera vivo. Y, ¡ay de mí! Lleno de vergüenza, de dolor y de asombro, también yo me veo forzado por una fuerza suprema a gritar:

« ¡Crucifícalo! ».

Jesús mío, perdóname si yo también, miserable alma pecadora, te quiero muerto, pero te suplico que me hagas morir junto contigo.

Y entre tanto tú, destrozado Jesús mío, movido por mi dolor, parece que me dices:

« Hijo mío, estréchate a mi Corazón y toma parte en mis penas y en mis reparaciones. El momento es solemne: se debe decidir entre mi muerte y la muerte de todas las criaturas. En este momento dos corrientes desembocan en mi Corazón: en una están todas las almas que si me quieren muerto, es porque quieren hallar en mí la vida y aceptando yo la muerte por ellas, son absueltas de la condenación eterna y las puertas del cielo se abren para recibirlas; en la otra corriente están las almas que me quieren muerto por odio y para confirmar su condena, por lo que mi Corazón queda destrozado y siente la muerte de cada una de ellas y hasta las mismas penas del infierno ».

« Mi Corazón no soporta estos dolores tan amargos; siento la muerte en cada latido, en cada respiro, y me repito una y otra vez: ¿Por qué tanta sangre será derramada en vano? ¿Por qué mis penas serán inútiles para tantos? ».

« ¡Ah, hijo mío, sostenme que ya no puedo más! Toma parte en mis penas y que tu vida sea una continua ofrenda para salvar almas y para mitigar mis penas tan desgarradoras ».

Corazón mío, Jesús, tus penas son mías, por lo que quiero hacer eco a tus reparaciones.

Pero Pilato queda atónito y se apresura a decir:

« ¡Cómo! ¿Debo crucificar a su Rey? ¡Yo no encuentro culpa alguna en él para condenarlo! ».

Y los judíos gritan, ensordeciendo el aire:

« ¡No tenemos más rey que el César! ¡Quita, quita! ¡Crucifícalo, crucifícalo! ».

Y Pilato, ya no sabiendo qué hacer, por temor a ser destituido, hace que le traigan un recipiente con agua y lavándose las manos, dice:

« Soy inocente de la sangre de este justo ».

Y te condena a muerte. Pero los judíos gritan:

« ¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos! ».

Y al verte condenado, se ponen de fiesta, aplauden, silban y gritan. Y mientras, tú, oh Jesús, reparas por quienes hallándose en el poder, por vano temor o por no perder su puesto, pisotean las leyes más sagradas, no teniendo cuidado alguno de la ruina de pueblos enteros, favoreciendo a los malvados y condenando a los inocentes. Reparas también, por quienes después de la culpa, incitan la cólera de Dios a castigarlos.

Pero mientras reparas esto, el Corazón te sangra por el dolor de ver a tu pueblo escogido fulminado por la maldición del cielo, que ellos mismos, con plena voluntad, han pedido sellándola con tu sangre. ¡Ah, el Corazón se te deshace! Déjame que lo sostenga entre mis manos haciendo mías tus reparaciones y tus penas. Pero el amor te empuja hasta el más alto grado y ya con impaciencia buscas la cruz.

Reflexiones y prácticas.

Jesús, coronado de espinas, es tratado cual rey de burla y debe soportar insultos y penas inauditas; repara de manera especial los pecados de soberbia; y nosotros, ¿evitamos todo sentimiento de orgullo? ¿Atribuimos a Dios todo el bien que hacemos? ¿Nos sentimos inferiores a los demás? ¿Está siempre vacía nuestra mente de cualquier otro pensamiento para poder darle lugar a la gracia?

Muchas veces no le damos lugar a la gracia por tener nuestra mente llena de otros pensamientos; así que no estando nuestra mente llena de Dios, somos nosotros mismos la causa de que el demonio nos moleste, y casi que somos nosotros mismos quienes fomentamos las tentaciones. En cambio, cuando nuestra mente está llena de Dios, si el demonio quiere acercarse a nosotros, no encontrando lugar en dónde sugerirnos sus tentaciones, se aleja lleno de confusión, porque los pensamientos santos tienen tanta fuerza contra el demonio, que mientras él hace como que quiere acercarse al alma, dichos pensamientos son como espadas que lo hieren y lo alejan.

Por eso en vano nos lamentamos cuando el enemigo nos está molestando; es nuestra poca vigilancia la que incita al enemigo a atacarnos, pues está siempre espiando nuestra mente para poder encontrar pequeños vacíos y poder lanzar su ataque. Y entonces, en vez de darle alivio a Jesús con nuestros santos pensamientos y así quitarle las espinas de la cabeza, con suma ingratitud se las enterramos aún más haciéndole sentir dolores más amargos; y así la gracia queda frustrada y no puede desarrollar en nuestras mentes su trabajo dándonos santas inspiraciones.

Muchas veces es peor todavía: mientras sentimos el peso de las tentaciones, en vez de ofrecérselas a Jesús para consumarlas en el fuego de su amor, nos ponemos a pensar, nos entristecemos, hacemos cálculos sobre las mismas tentaciones, por lo que no solamente nuestra mente está ocupada en estos malos pensamientos, sino que también todo nuestro ser queda envuelto en ellos y entonces sí que casi se necesitaría un milagro de Jesús para desatarnos. Y Jesús, a través de esas espinas parece que nos mira y nos dice:

« ¡Ah, hijo mío, eres tú mismo quien no quiere mantenerse unido a mí!, si tú te hubieras acercado de inmediato a mí, yo mismo te habría ayudado a liberarte de las molestias que el enemigo te ha puesto en la mente y no me habrías hecho anhelar tanto tu regreso a mí. Estuve buscando ayuda de tu parte para que me quitaras estas espinas tan dolorosas, pero he esperado en vano, porque tú te hallabas ocupado con el trabajo que el enemigo te había procurado. ¡Oh, cuánto menos serías tentado si te arrojaras de inmediato a mis brazos! El enemigo, teniendo miedo, no de ti sino de mí, te dejaría ».

« Jesús mío, que tus espinas sellen mis pensamientos en tu mente y le impidan al enemigo cualquier clase de tentación ».

Cuando Jesús se hace sentir en nuestra mente o en nuestro corazón, ¿correspondemos a sus inspiraciones o nos olvidamos de ellas? Jesús es tratado cual rey de burla y nosotros, ¿respetamos todas las cosas santas? ¿Hacemos uso de todo el respeto debido hacia ellas como si estuviéramos tocando a Jesús mismo?

« Coronado Jesús mío, hazme sentir tus espinas para que al sentir sus punzadas pueda comprender cuánto sufres y así te constituya Rey de todo mi ser ».

Jesús fue presentado para ser condenado a muerte por ese pueblo que él tanto había amado y beneficiado.

Nuestro amante Jesús, para darnos la vida, acepta morir por nosotros. ¿Estamos dispuestos a aceptar cualquier pena para que Jesús ya no sea ofendido y no sufra? Nuestros sufrimientos debemos aceptarlos para no hacer sufrir a Jesús; y puesto que su humanidad sufrió infinitamente, siendo que nosotros debemos continuar su vida sobre la tierra, debemos corresponder con nuestras penas a las penas de la humanidad de nuestro amado Jesús.

¿De qué manera compadecemos las penas que Jesús sufre al ver tantas almas arrancadas de su Corazón? ¿Hacemos nuestras sus penas para darle alivio en todo lo que sufre?

Los judíos lo quieren muerto para hacer que él muera como un infame y su nombre sea cancelado de la faz de la tierra. Y nosotros, ¿hacemos lo posible porque Jesús viva sobre la tierra? Con nuestros actos, con nuestros ejemplos, con nuestros pasos debemos dejar una huella divina en el mundo para hacer que Jesús sea conocido por todos y que su vida tenga un eco divino en nosotros que se oiga de un extremo al otro de la tierra. ¿Estamos dispuestos a dar nuestra vida para hacer que Jesús encuentre un alivio en nosotros por todas las ofensas que recibe, o más bien imitamos a los judíos, un pueblo tan favorecido por él, casi igual que nuestra pobre alma tan amada por Jesús, y gritamos como ellos « Crucifícalo »?

« Condenado Jesús mío, que tu condena sea también la mía que acepto por amor a ti; y para consolarte me fundiré continuamente en ti, para llevarte a todos los corazones de las criaturas, hacer que todos te conozcan y darles a todos tu vida ».

 

De   las 10 a las 11 de la mañana

Jesús abraza la Cruz. « El Vía Crucis » hasta el   Calvario, donde Jesús es despojado de sus vestiduras.

Jesús mío, Amor insaciable, veo que no te das tregua; siento tus delirios de amor y tus dolores; tu Corazón late fuertemente y en cada uno de sus latidos siento explosiones, torturas y violencias de amor; y tú, no pudiendo contener el fuego que te devora, te afanas, gimes, suspiras y oigo que en cada gemido dices: « ¡Cruz! »; cada gota de tu sangre repite: « ¡Cruz! ». Todas tus penas, en las que te encuentras nadando como en un mar interminable, se repiten unas a otras: « ¡Cruz! ». Y exclamas:

« ¡Oh cruz amada y suspirada, sólo tú salvarás a mis hijos; en ti yo concentro todo mi amor! ».

Segunda coronación de espinas

Entre tanto, tus enemigos hacen que entres de nuevo en el pretorio y te quitan el manto de púrpura, queriendo ponerte otra vez tus vestiduras. Pero, ¡ay, cuánto dolor! ¡Más dulce me sería morir que verte sufrir tanto! El manto se te atora en la corona de espinas y no pueden sacártelo por la cabeza, así que, con una crueldad jamás vista, te arrancan al mismo tiempo la púrpura y la corona de espinas, y por el modo tan brutal en que lo hacen, se rompen muchas espinas quedando clavadas en tu cabeza; tu sangre diluvia y es tan intenso el dolor, que gimes; pero tus enemigos sin preocuparse para nada de tantas torturas, te ponen tus vestiduras y otra vez vuelven a ponerte la corona de espinas, apretándola fuertemente sobre tu cabeza y las espinas se te clavan en los ojos, en los oídos, etc., de manera que no hay parte de tu santísima cabeza en la que no sientas sus punzadas. Es tan intenso el dolor, que vacilas estando bajo esas manos tan crueles, tiemblas de pies a cabeza, estás a punto de morir en medio de penas tan agudas y, con tus ojos apagados y llenos de sangre, me miras para pedirme ayuda en medio de tanto dolor.

¡Jesús mío, Rey de los dolores, déjame sostenerte y estrecharte a mi corazón! Quisiera hacer mío el fuego que te devora para hacer cenizas a tus enemigos y ponerte a salvo, pero tú no quieres porque tus ansias de cruz se hacen cada vez más intensas y quieres inmolarte sobre ella lo más pronto posible, incluso por manos de tus enemigos. Pero mientras te estrecho a mi corazón, tú, estrechándome al tuyo, me dices:

« Hijo mío, déjame desahogar mi amor, y repara conmigo por quienes haciendo el bien me deshonran. Estos judíos me vuelven a poner mis vestiduras para desacreditarme aún más ante el pueblo y para convencerlo de que soy un malhechor. Aparentemente el acto de vestirme era bueno, pero en sí mismo llevaba mucha malicia. ¡Ah, cuántos hacen obras buenas, administran sacramentos o los frecuentan, pero con fines humanos e incluso hasta malos!; pero el bien mal hecho conduce a la dureza y yo quiero ser coronado por segunda vez con dolores más atroces que la primera, para romper esta dureza y así, con mis espinas, atraer a las criaturas hacia mí ».

« Ah, hijo mío, esta segunda coronación me es todavía más dolorosa; siento que mi cabeza está como nadando entre espinas y cada movimiento que hago o cada golpe que me dan, me hace sufrir cruelmente la muerte una y otra vez. De este modo reparo por la malicia con la que se me ofende, reparo por quienes, hallándose en cualquier estado de ánimo, en lugar de ocuparse de su propia santificación, se disipan y rechazan mi gracia procurándome una vez más espinas aún más dolorosas, mientras yo me veo obligado a llorar con lágrimas de sangre y a suspirar por su salvación ».

« ¡Ah, yo hago de todo por amar a las criaturas y ellas hacen de todo por ofenderme! Al menos tú no me dejes solo en mis penas y en mis reparaciones ».

Jesús toma la cruz

Destrozado Bien mío, contigo reparo, contigo sufro; mas veo que tus enemigos te empujan por la escalera; la multitud te espera con ansia y furor; hacen que encuentres ya preparada la cruz que con tantos suspiros buscas, la miras con amor, y con paso decidido te acercas a ella para abrazarla. Pero antes la besas y sientes como un escalofrío de alegría por toda tu santísima humanidad, y con un gozo supremo, vuelves a mirarla y mides su longitud y su anchura; en ella estableces ya una porción para todas las criaturas y les das la dote suficiente para vincularlas a la Divinidad con el vínculo nupcial y para hacerlas herederas del Reino de los Cielos. Y luego, no pudiendo contener tu amor por las criaturas, vuelves a besar la cruz y le dices:

« ¡Cruz adorada, finalmente te abrazo! Tú eras el suspiro de mi Corazón, el martirio de mi amor; pero tú, oh cruz, has tardado tanto, mientras que mis pasos siempre hacia ti se dirigían. Cruz santa, tú eras la meta de mis deseos, la finalidad de mi existencia sobre la tierra. En ti yo concentro todo mi ser, en ti pongo a todos mis hijos, tú serás su vida, su luz, su defensa, tú serás quien me los cuide y les des fuerza, tú los sostendrás en todo y me los conducirás gloriosos al cielo. ¡Oh cruz, cátedra de sabiduría, sólo tú enseñarás la verdadera santidad, tú formarás los héroes, los atletas, los mártires, los santos! Cruz hermosa, tú eres mi trono, y teniendo yo que abandonar la tierra, te quedarás tú en mi lugar; a ti te doy como dote a todas las almas. ¡Cuídamelas, sálvamelas, a ti te las confío! ».

Y diciendo esto, lleno de ansiedad haces que te la pongan sobre los hombros. ¡Ah, Jesús mío!, la cruz para tu amor es demasiado ligera, pero al peso de la cruz se une el de nuestras enormes e inmensas culpas que se extienden tanto cuanto el cielo; y tú, triturado Bien mío, sientes que el peso de tantas culpas te aplasta. Tu alma se horroriza ante su vista y sientes la pena propia de cada culpa; tu santidad queda sacudida ante tanta monstruosidad. Por eso, sosteniendo la cruz sobre tus hombros, vacilas, respiras afanosamente y de tu santísima humanidad empieza a brotar un sudor mortal.

¡Ah, Amor mío, no me animo a dejarte solo!; quiero dividir contigo el peso de la cruz, y para darte alivio por el peso de tantas culpas, me estrecho a tus pies. Quiero darte a nombre de todas las criaturas amor por quien no te ama; alabanzas por quien te desprecia; bendiciones, gratitud y obediencia por todos. Es mi intención solemne ofrecerte todo mi ser en reparación por cualquier ofensa que recibas, hacer el acto opuesto a las ofensas que las criaturas te hagan y consolarte con mis besos y mis continuos actos de amor. Pero veo que yo soy demasiado miserable y tengo necesidad de ti para poder darte verdadera reparación; por eso, me uno a tu santísima humanidad y junto contigo uno mis pensamientos a los tuyos para reparar los malos pensamientos míos y de todos; uno mis ojos a los tuyos para reparar las malas miradas; uno mi boca a la tuya para reparar por las blasfemias y las malas conversaciones; uno mi corazón al tuyo, para reparar las malas inclinaciones, los malos deseos y los malos afectos; en una palabra, quiero reparar por todo lo que repara tu santísima humanidad, uniéndome a la inmensidad de tu amor por todos y al inmenso bien que les haces a todos. Pero no me contento todavía; quiero unirme a tu Divinidad, para hacer que mi vida se pierda en ella y así pueda darte todo.

Jesús se encamina hacia el Calvario

Pacientísimo Jesús mío, veo que ya das los primeros pasos bajo el peso enorme de la cruz. Uno mis pasos a los tuyos y cuando tú, por la debilidad, desangrado y vacilante, estés por caer, a tu lado estaré yo para sostenerte y pondré mis hombros bajo la cruz para compartir contigo su peso. No me desdeñes, acéptame cual fiel compañero tuyo.

¡Oh Jesús!, me miras y veo que reparas por quienes no llevan con resignación su propia cruz, sino que reniegan, se irritan, se suicidan o cometen homicidios; y tú pides para todos resignación y amor a la propia cruz.

Jesús cae por primera vez

Pero es tanto tu dolor, que sientes que el peso de la cruz te aplasta. Apenas has dado los primeros pasos y ya caes bajo su peso y al caer te golpeas en las piedras, las espinas se clavan todavía más en tu cabeza, mientras que todas tus heridas se te vuelven a abrir y empiezan a sangrar de nuevo; y no teniendo fuerzas para levantarte, tus enemigos, irritados, a puntapiés y a empujones tratan de ponerte de pie.

Caído Amor mío, déjame ayudarte a ponerte de pie, déjame que te bese, que te limpie la sangre y que repare junto contigo por quienes pecan por ignorancia, por fragilidad y por debilidad, y te suplico que ayudes a estas almas.

Jesús se encuentra con su Madre Santísima

Vida mía, Jesús, tus enemigos, haciéndote sufrir penas inauditas, han logrado ponerte de pie y mientras vacilante caminas, siento tus afanosos respiros; tu Corazón late con más fuerza y nuevas penas lo traspasan cruelmente; sacudes la cabeza para liberar tus ojos de la sangre que los cubre y buscas con ansiedad… ¡Ah, Jesús mío, ahora comprendo todo! Es tu Madre, que cual paloma herida te está buscando. Quiere decirte su última palabra y recibir tu última mirada; tú sientes sus penas, su Corazón lacerado en el tuyo, enternecido y herido por el amor mutuo. La encuentras abriéndose paso a través del gentío queriendo a toda costa verte, abrazarte y decirte por última vez: « Adiós ». Pero tú quedas aún más adolorido al ver su palidez mortal y todas tus penas reproducidas en ella por la fuerza del amor. Si ella sigue con vida es solamente por un milagro de tu omnipotencia divina. Diriges tus pasos hacia ella, pero a duras penas pueden cruzarse la mirada.

¡Oh dolor del Corazón de ambos! Los soldados se han dado cuenta y a golpes y empujones impiden que Madre e Hijo se despidan por última vez.

Jesús cae por segunda vez

Es tan grande la angustia de ambos, que tu Madre queda petrificada por el dolor y está a punto de desvanecerse; el fiel Juan y las piadosas mujeres la sostienen, mientras que tú vuelves a caer bajo la cruz. Y entonces, tu dolorosa Madre, lo que no puede hacer con el cuerpo al verse imposibilitada, lo hace con el alma. Entra dentro de ti, hace suya la Voluntad Divina del Padre y asociándose a todas tus penas, hace su oficio de Madre: te besa, te repara, te cura y derrama sobre todas tus llagas el bálsamo de su doloroso amor.

Penante Jesús mío, yo también me uno a tu dolorosa Madre; hago mías todas tus penas y en cada gota de tu sangre, en cada llaga, quiero serte madre y junto contigo y con tu Madre quiero reparar por todos los encuentros peligrosos y por quienes se exponen a las ocasiones de pecado o que forzados a exponerse por necesidad quedan atrapados por el pecado.

Y tú, mientras tanto, gimes caído bajo la cruz. Los soldados temen que vayas a morir bajo el peso de tantos tormentos y por la pérdida de tanta sangre; es por eso que a fuerza de latigazos y puntapiés tratan de ponerte de pie a duras penas. De este modo reparas las repetidas caídas en el pecado, los pecados graves cometidos por toda clase de personas y ruegas por los pecadores obstinados, llorando con lágrimas de sangre por su conversión.

La profundísima llaga del hombro de Jesús

Quebrantado Amor mío, mientras te sigo en tus reparaciones, veo que ya no puedes sostenerte de pie bajo el peso enorme de la cruz. Tiemblas de pies a cabeza; las espinas penetran cada vez más en tú santísima cabeza por los continuos golpes que recibes; la cruz, por su peso tan grave, va penetrando en tu hombro formando una llaga tan profunda que te descubre los huesos; y a cada paso que das me parece que mueres, por lo que te ves imposibilitado a seguir adelante. Pero tu Amor, que todo lo puede, te da fuerzas, y al sentir que la cruz va penetrando en tu hombro, reparas por los pecados ocultos, que por no ser reparados acrecientan la crudeza de tus dolores. Jesús mío, deja que ponga mi hombro bajo la cruz para darte alivio y para que repare contigo por todos los pecados ocultos.

El Cirineo es obligado a cargar la cruz de Jesús

Tus enemigos, entonces, por temor a que mueras bajo la cruz, obligan al Cirineo a ayudarte a llevar la cruz y él te ayuda, pero de mala gana y a regañadientes, no por amor, sino por la fuerza. Entonces, en tu Corazón hacen eco todos los lamentos de quienes sufren las faltas de resignación, las rebeliones, los enojos y los desprecios en el sufrir. Pero quedas mucho más adolorido al ver que las almas consagradas a ti, cuando las llamas para que te acompañen y te ayuden en tu dolor, huyen de ti; y si tú con el dolor las quieres estrechar a ti, ¡ah!, ellas se zafan de tus brazos para ir en busca de placeres, dejándote así sufriendo solo.

Jesús mío, mientras reparo contigo, te ruego que me estreches entre tus brazos tan fuertemente, que no llegue a haber ninguna pena que tú sufras en la que yo no tome parte, para transformarme en ellas y para compensarte por el abandono de todas las criaturas.

La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Quebrantado Jesús mío, a duras penas caminas encorvado totalmente. Pero te detienes y buscas con la mirada. Corazón mío, ¿qué pasa, qué quieres? ¡Ah!, es la Verónica, que valientemente, sin ningún temor, enjuga con un paño tu rostro cubierto totalmente de sangre, y tú se lo dejas impreso en señal de gratitud.

Generoso Jesús mío, también yo quiero enjugarte, y no con un paño, sino que quiero ofrecerte todo mi ser para darte alivio; quiero entrar en tu interior, ¡oh Jesús!, y darte latidos por latidos, respiros por respiros, afectos por afectos, deseos por deseos; quiero arrojarme en tu santísima inteligencia y haciendo correr todos esos latidos, respiros, afectos y deseos en la inmensidad de tu Voluntad, quiero multiplicarlos al infinito. Quiero, ¡oh Jesús mío!, formar olas de latidos, para hacer que ningún latido malo repercuta en tu Corazón y así poder dar alivio a todas tus íntimas amarguras; quiero formar olas de afectos y de deseos, para alejar de ti todos los malos afectos y los malos deseos que pudieran entristecer en lo más mínimo tu Corazón; y también, quiero formar olas de respiros y de pensamientos que pongan en fuga cualquier respiro y pensamiento que pudiera desagradarte en lo más mínimo. Pondré mucha atención, ¡oh Jesús!, para hacer que ya nada te aflija o añada otras amarguras a tus penas íntimas.

¡Oh Jesús mío!, ¡ah!, haz que todo mi interior nade en la inmensidad del tuyo, así podré hallar amor suficiente y voluntad capaz de hacer que no entre en tu interior un amor malo ni una voluntad que pueda desagradarte.

Mientras tanto, tus enemigos, viendo mal este acto de la Verónica, te fustigan, te empujan y hacen que prosigas tu camino.

Jesús consuela a las mujeres piadosas

Otros pocos pasos y te vuelves a detener. Tu amor, bajo el peso de tantas penas, no se detiene y viendo a las mujeres piadosas que lloran a causa de tus penas, te olvidas de ti mismo y las consuelas, diciéndoles:

« ¡Hijas, no lloréis por mis penas, sino por vuestros pecados y por los de vuestros hijos! ».

¡Qué sublime enseñanza! ¡Qué dulce es tu palabra! ¡Oh Jesús!, reparo junto contigo todas las faltas de caridad y te pido que me concedas la gracia de olvidarme de mí mismo, para que no me acuerde sino de ti solamente.

Jesús cae por tercera vez

Pero tus enemigos, al oírte hablar se ponen furiosos y te jalan de las cuerdas y te empujan con tanta rabia, que te hacen caer y cayendo te golpeas en las piedras; el peso de la cruz te tortura y tú te sientes morir. Déjame que te sostenga y que proteja con mis manos tu santísimo rostro. Veo que tocas la tierra y estás agonizando en tu propia sangre; pero tus enemigos te quieren poner de pie jalándote de las cuerdas, levantándote por los cabellos, dándote de puntapiés…, pero todo es en vano. ¡Te estás muriendo, oh Jesús mío! ¡Qué pena! ¡Se me rompe el corazón por el dolor! Casi arrastrándote, te llevan al monte Calvario; y mientras te arrastran, siento que reparas por todas las ofensas de las almas consagradas a ti, que te dan tanto peso, que por más que te esfuerzas para levantarte, te resulta imposible… Y así, arrastrado y pisoteado, llegas al Calvario dejando por donde pasas las rojas huellas de tú preciosísima sangre.

Jesús es despojado de sus vestiduras

Y aquí te esperan nuevos dolores. Te vuelven a desvestir arrancándote de nuevo tus vestiduras junto con la corona de espinas. ¡Ah!, tú gimes al sentir que te arrancan de la cabeza las espinas; y al arrancarte tus ropas, te arrancan también tus carnes laceradas que se encuentran pegadas a ellas. Tus llagas se vuelven a abrir, la sangre diluvia corriendo hasta el suelo y es tan grande tu dolor, que casi muerto, caes. Pero nadie se mueve a compasión por ti, mi Bien. Al contrario, con rabia bestial te ponen de nuevo la corona de espinas a fuerza de golpes; y es tan insoportable tanto dolor por las laceraciones y por los cabellos que pegados a tu sangre coagulada te han arrancado, que solamente los ángeles podrían decir todo lo que sufres, mientras que ellos horrorizados y llorando retiran sus miradas celestiales.

Desnudado Jesús mío, déjame que te estreche a mi corazón para calentarte, porque veo que tiemblas y que un sudor mortal friísimo invade toda tu santísima humanidad. ¡Cuánto quisiera darte mi vida y mi sangre para sustituir la tuya que has perdido para darme vida!

Y mientras tanto, Jesús, mirándome con sus ojos llorosos y moribundos, parece que me dice:

« ¡Hijo mío, cuánto me cuestan las almas! Este es el lugar en donde espero a todos para salvarlos y donde quiero reparar los pecados de quienes llegan a degradarse hasta por debajo de las bestias y que se obstinan tanto en ofenderme, que llegan a no saber vivir sin estar pecando. Su razón queda ciega y pecan frenéticamente; por eso me vuelven a poner la corona de espinas por tercera vez. Y al ser desnudado reparo por quienes se visten lujosamente y con indecencia, por los pecados contra la modestia y por quienes están tan atados a las riquezas, a los honores y a los placeres, que de todo eso se hacen un dios para sus corazones. ¡Ah, sí!, cada una de estas ofensas es una muerte que siento, y si no muero, es porque la Voluntad de mi Eterno Padre aún no ha decretado el momento de mi muerte ».

Desnudado Bien mío, mientras reparo contigo, te suplico que con tus santísimas manos me despojes de todo y que no permitas que ningún afecto malo entre en mi corazón; vigílamelo, rodéalo con tus penas y llénalo con tu amor. Haz que mi vida no sea más que la repetición de tu vida y confirma este despojo con tu bendición.

¡Oh Jesús!, bendíceme de corazón y dame la fuerza para asistir a tu dolorosa crucifixión, para quedar crucificado junto contigo.

Reflexiones y prácticas.

El amor de Jesús por la cruz, las ansias de su amor que quiere morir sobre la cruz para salvar a todas las almas, son inmensas. Y nosotros, ¿amamos el sufrimiento como Jesús? ¿Podemos decir que los latidos de nuestro corazón hacen eco a los suyos y que también nosotros pedimos nuestra cruz?

Cuando sufrimos, ¿lo hacemos con la intención de acompañar a Jesús para quitarle el peso a su cruz? ¿Cómo lo acompañamos? Y cuando lo insultan, ¿estamos siempre dispuestos a ofrecerle nuestras pequeñas penas para aliviar las suyas?

Cuando hacemos algo, cuando oramos y cuando bajo el peso de nuestros sufrimientos íntimos sentimos lo crudo de nuestro sufrir, ¿le ofrecemos nuestras penas a Jesús, cual paño que enjugue su sudor y lo reanime, haciendo nuestra la crudeza de sus sufrimientos?

¡Oh Jesús mío!, llámame siempre a que esté cerca de ti y haz que tú siempre estés cerca de mí, para que siempre te conforte con mis penas.

 

De   las 11 a las 12 de la mañana

La Crucifixión de Jesús.

Jesús, Madre mía, vengan a escribir junto conmigo, préstenme sus manos santísimas para que escriba únicamente lo que a ustedes más les agrade y lo que ustedes quieran.

Jesús, Amor mío, te encuentras despojado de tus vestiduras; tu cuerpo santísimo está tan destrozado, que pareces un cordero desollado. Veo que tiemblas de los pies a la cabeza y no pudiendo mantenerte en pie, mientras tus enemigos te están preparando la cruz, tú caes por tierra sobre ese monte. Bien mío y Todo mío, siento que se me rompe el corazón por el dolor al ver cómo tu sangre diluvia por todo tu santísimo cuerpo y cómo estás cubierto de llagas de la cabeza a los pies.

Jesús es coronado de espinas por tercera vez

Tus enemigos, cansados, pero no satisfechos, al despojarte de tus vestiduras te han arrancado la corona de espinas de tu santísima cabeza con indecible dolor, y luego te la han vuelto a clavar causándote dolores inauditos traspasando con nuevas heridas tu santísima cabeza. ¡Ah!, tú reparas la perfidia y la obstinación del pecado especialmente de soberbia. Jesús, me doy cuenta que si el amor no te hiciera querer llegar hasta lo más alto, tú ya hubieras muerto por la atrocidad del dolor que sufriste en esta tercera coronación de espinas. Mas veo que ya no puedes soportar el dolor y con tus ojos cubiertos de sangre buscas para ver si al menos hay uno que se acerque a ti para sostenerte en tanto dolor y confusión.

Dulce Bien mío, Vida mía, aquí no estás solo como en la noche de tu pasión en el huerto; se encuentra aquí tu Madre Santísima, que con el Corazón deshecho sufre tantas muertes por cuantas son tus penas. ¡Oh Jesús!, también está aquí la amante Magdalena, que parece enloquecida por motivo de tus penas y el fiel Juan que parece que se ha quedado mudo por la fuerza del dolor de tu pasión. Este es el monte de los amantes, no podías estar aquí solo. Pero dime, Amor mío, ¿quién quisieras tú que te sostuviera en tanto dolor? ¡Ah!, permíteme que sea yo quien te sostenga. Soy yo quien tiene más necesidad que todos. Tu querida Madre y los demás me ceden el puesto y yo, ¡oh Jesús!, me acerco a ti, te abrazo y te pido que apoyes tu cabeza sobre mi hombro y que me hagas sentir tus espinas. Quiero poner mi cabeza junto a la tuya, no solamente para sentir tus espinas, sino también para lavar con tu preciosísima sangre todos mis pensamientos, para que puedan estar todos en acto de repararte cualquier ofensa de pensamiento que cometan las criaturas. ¡Oh Amor mío!, estréchate a mí que quiero besar una por una todas las gotas de sangre que diluvian sobre tu rostro santísimo; y mientras una por una las adoro, te suplico que cada gota de tu sangre sea luz para cada mente creada, para hacer que ni una de ellas te ofenda con malos pensamientos.

Pero mientras te tengo abrazado y apoyado a mí, te miro, oh Jesús, y veo que estás viendo la cruz que tus enemigos te están preparando, y oyes los golpes que le dan para hacer los agujeros en los que te clavarán. ¡Oh Jesús!, siento que tu Corazón late violentamente y casi con gozo, anhelando ardientemente ese lecho, para ti el más deseado, aunque con dolor indescriptible, por medio del cual sellarás en ti la salvación de nuestras almas; y te oigo decir:

« Amor mío, cruz amada, mi precioso lecho: tú has sido durante toda mi vida mi martirio y ahora eres mi descanso; ¡oh cruz, recíbeme pronto en tus brazos! Estoy esperando con impaciencia. Cruz santa, en ti le daré cumplimiento a todo. ¡De prisa, de prisa, haz que se cumplan mis ardientes deseos que hacen que me consuma por darles vida a las almas, vida que llevará tu sello, oh cruz! ¡Ah, no tardes más, que con ansia espero extenderme sobre ti, para abrirles el cielo a todos mis hijos y cerrar el infierno! ¡Oh cruz, es cierto que tú eres mi batalla, pero también eres mi victoria y mi triunfo completo, y en ti les concederé a mis hijos abundantes herencias, victorias, triunfos y coronas! ».

Pero, ¿quién podría decir todo lo que Jesús le dice a la cruz?
Y mientras Jesús se desahoga con la cruz, sus enemigos le mandan que se extienda sobre ella y él obedece inmediatamente, para reparar por nuestras desobediencias.

Amor mío, antes de que te extiendas sobre la cruz, déjame que te estreche más fuerte a mi corazón y que te dé, y tú también a mí, un beso. Mira Jesús, yo no quiero dejarte; quiero extenderme yo también sobre la cruz para quedar clavado junto contigo. El verdadero amor no puede soportar ninguna clase de separación. Tú perdonarás la audacia de mi amor y me concederás quedarme crucificado contigo.

Mira, tierno Amor mío, no solamente soy yo quien te lo pide, sino también tu dolorosa Madre, la inseparable Magdalena, tu predilecto Juan; todos te dicen que les sería más fácil soportar el quedar crucificados contigo, que solamente asistir y verte crucificado a ti solo. Por eso, unido a ti, me ofrezco al Eterno Padre, unificado a tu Voluntad, a tu mismo amor, a tus reparaciones, a tu Corazón y a todas tus penas.

¡Ah!, parece que mi adolorido Jesús me dice:

« Hijo mío, has previsto mi amor; esta es mi Voluntad: ¡Que todos los que me aman queden crucificados conmigo! ¡Ah, sí, ven tú también a extenderte junto conmigo sobre la cruz; te haré vida de mi vida y serás para mí el predilecto de mi Corazón! ».

La crucifixión

Dulce Bien mío, ya te extiendes sobre la cruz, miras a los verdugos, quienes tienen en sus manos los clavos y el martillo que usarán para clavarte, pero los miras con tanto amor y dulzura, que como que los invitas dulcemente a que te crucifiquen de inmediato. Y ellos, aunque con gran repugnancia, te sujetan con ferocidad inhumana la mano derecha, ponen el clavo y a golpes de martillo hacen que salga por el otro lado de la cruz; pero es tanto y tan tremendo el dolor que sufres, ¡oh Jesús mío!, que estás temblando: la luz de tus ojos se eclipsa, tu rostro santísimo se pone lívido y pálido…

Diestra bendita, te beso, te compadezco, te adoro y te doy gracias por mí y por todos. Por cuantos fueron los golpes que recibiste, tantas almas te pido que liberes en este momento de la condena del infierno; por cuantas gotas de sangre derramaste, tantas almas te ruego que laves en tu preciosísima sangre; y por el dolor atroz que sufriste, sobre todo cuando te clavaron sobre la cruz estirándote los nervios de los brazos, te ruego que les abras a todos el cielo y que bendigas a todos; que tu bendición llame a la conversión a todos los pecadores y a la luz de la fe a los herejes e infieles.

¡Oh Jesús mío, dulce Vida mía!, habiéndote crucificado ya la mano derecha, tus enemigos, con inaudita crueldad, toman la mano izquierda y te la jalan tanto, para hacer que llegue al agujero que ya habían empezado, que sientes que se te dislocan las articulaciones de los brazos y de los hombros, y por la violencia del dolor tus piernas convulsionan y se contraen.

Mano izquierda de mi Jesús, te beso, te compadezco, te adoro y te doy gracias; te ruego que por esos golpes y por los dolores que sufriste cuando te la atravesaron con el clavo, me concedas en este momento que tantas almas puedan emprender el vuelo del purgatorio al cielo; y por la sangre que derramaste te suplico que extingas las llamas que atormentan a estas almas y que sea para todas refrigerio y baño saludable que las purifique de toda mancha disponiéndolas a la visión beatífica.

Amor mío y Todo mío, por el agudo dolor que sufriste cuando te clavaron la mano izquierda, te ruego que les cierres el infierno a todas las almas y que contengas los rayos de la divina justicia, que por desgracia está tan irritada a causa de nuestras culpas. ¡Ah, Jesús!, haz que este clavo sea en tu mano izquierda la llave que le cierre para siempre la puerta a la divina justicia, para hacer que ya no lluevan sus flagelos sobre la tierra y que al mismo tiempo abra los tesoros de tu divina misericordia en favor de todos. Por eso te suplico que nos estreches entre tus brazos.

Parece que ya has quedado inmóvil para todo, quedando nosotros libres para poder hacerte todo lo que queramos. Por eso pongo en tus manos el mundo entero y a todas las generaciones humanas, y te ruego Amor mío, con la voz de tu misma sangre, que no le niegues a nadie el perdón y, por los méritos de tu preciosísima sangre, te pido la salvación y la gracia divina para todos, sin excluir a nadie, ¡oh Jesús mío! Amor mío, Jesús, tus enemigos no están satisfechos todavía; con ferocidad diabólica cogen tus santísimos pies, siempre incansables en busca de almas y, así como estaban, contraídos por la fuerza del dolor de las manos, tiran de ellos tan fuertemente que quedan descoyuntadas las rodillas, las costillas y todos los huesos de tu pecho. Mi corazón no puede resistir, oh Bien mío, al ver que por la vehemencia del dolor, tus hermosos ojos eclipsados y cubiertos de sangre se ponen en blanco, tus labios lívidos e hinchados por los golpes se tuercen, tus mejillas se hunden, tus dientes tiemblan terriblemente, el pecho te sofoca, y tu Corazón, por la tensión tan grande con la que han sido estirados tus manos y tus pies, sufre violentas convulsiones… ¡Amor mío, con cuántas ganas me pondría yo en tu lugar para evitarte tanto dolor! Quiero extenderme sobre todos tus miembros, para darte por todos alivio, para darte un beso, un consuelo, una reparación por todo.

Jesús mío, veo que te colocan un pie sobre el otro y te los atraviesan con un clavo, por añadidura sin punta. ¡Ah!, permíteme que mientras el clavo te atraviesa los pies, te ponga en el pie derecho a todos los sacerdotes para que sean luz de los pueblos, especialmente a quienes no conducen una vida buena y santa; y en tu pie izquierdo déjame poner a todos los pueblos, para que reciban la luz de parte de los sacerdotes, los respeten y les sean obedientes; y que así como te atraviesa los dos pies, traspase a los sacerdotes y a los pueblos, para que unos y otros no puedan separarse de ti.

¡Oh Jesús!, beso tus pies santísimos, los compadezco, los adoro y les doy gracias por los dolores tan atroces que sufriste cuando fuiste estirado, descoyuntándose todos tus huesos; y por la sangre que derramaste, te suplico que encierres a todas las almas en tus llagas. No desdeñes a nadie, ¡oh Jesús! Que tus clavos crucifiquen nuestras potencias para que no se separen de ti; nuestro corazón, para que quede siempre y solamente fijo en ti; que todos nuestros sentimientos queden clavados con tus clavos para que no tomen gusto alguno que no provenga de ti.

¡Oh crucificado Jesús mío!, te veo todo ensangrentado como nadando en un mar de sangre, y estas gotas de sangre no hablan más que de almas; es más, en cada una de estas gotas de sangre veo presentes a las almas de todos los siglos; así que a todos nos contenías en ti, ¡oh Jesús! Por eso, por la potencia de esta sangre te pido que jamás vuelva a huir nadie de ti.

¡Oh Jesús mío!, terminando los verdugos de clavarte los pies, yo me acerco a tu Corazón; me doy cuenta de que ya no puedes más, pero tu amor grita más fuerte:

« ¡Quiero más penas! ».

Jesús mío, abrazo tu Corazón, te beso, te compadezco, te adoro y te doy gracias por mí y por todos. ¡Oh Jesús!, quiero apoyar mi cabeza sobre tu Corazón para sentir lo que sufres en tu crucifixión. ¡Ah!, siento que cada golpe de martillo repercute en tu Corazón, que es el centro de todo: por él empiezan todos tus dolores y en él terminan. ¡Ah!, si no fuera porque esperas la lanza que debe traspasarte el Corazón, ya las llamas de tu amor y tu sangre que hierve en torno a él se hubieran hecho camino y ellas mismas te lo habrían traspasado. Esta sangre y estas llamas llaman a las almas amantes para que hagan su feliz morada en tu Corazón; y yo, ¡oh Jesús!, por amor a este Corazón y por tu sacratísima sangre, te pido, te suplico por la santidad de las almas que te aman. ¡Oh Jesús, no las dejes salir jamás de tu Corazón! Y con tu gracia, multiplica las vocaciones de almas víctimas que continúen tu vida sobre la tierra. Tú quisieras darles un lugar especial en tu Corazón a estas almas amantes: haz que jamás vayan a perderlo.

¡Oh Jesús!, que las llamas de tu Corazón me abrasen y me consuman, que tu sangre me embellezca, que tu amor me tenga siempre clavado al amor con el dolor y la reparación.

¡Oh Jesús mío!, los verdugos, después de haberte clavado las manos y los pies en la cruz, la voltean para remachar los clavos y te obligan a que toques con tu divino rostro la tierra ensangrentada con tu propia sangre y con tu boca divina le das un beso. Con este beso, ¡oh Amor mío!, quieres besar a todas las almas y vincularlas a tu amor, sellando su salvación. ¡Oh Jesús!, déjame tomar tu lugar, y mientras los verdugos remachan los clavos, haz que estos golpes me hieran también a mí y que me crucifiquen totalmente a tu Amor.

Jesús mío, pongo mi cabeza en la tuya y mientras las espinas se van hundiendo cada vez más en tu cabeza, quiero ofrecerte, dulce Bien mío, todos mis pensamientos, para que como besos llenos de amor te consuelen y mitiguen el dolor que te causan las espinas.

¡Oh Jesús!, pongo mis ojos en los tuyos y veo que tus enemigos todavía no están satisfechos de tantos insultos y burlas, y yo quiero consolar tus miradas divinas con mis miradas de amor.

Pongo mi boca en la tuya, ¡oh Jesús! Tu lengua ya casi está pegada al paladar por la amargura de la hiel y por la sed abrasadora; y para aplacar tu sed, ¡oh Jesús mío!, quisieras que todos los corazones de las criaturas estuvieran rebosantes de amor; y no teniéndolos te consumes cada vez más por ellos. Dulce Amor mío, quiero ofrecerte ríos de amor, para mitigar de algún modo la amargura de tu sed ardiente.

¡Oh Jesús mío!, pongo mis manos en las tuyas; veo que en cada movimiento que haces, las llagas de tus manos se van abriendo cada vez más y más, y el dolor se hace más intenso y amargo. Amado Bien mío, quiero ofrecerte todas las obras santas de las criaturas para confortar y endulzar de algún modo la amargura de tus llagas.

¡Oh Jesús!, pongo mis pies en los tuyos. ¡Cuánto sufres! Todos los movimientos de tu sacratísimo cuerpo parecen repercutir en los pies y nadie está cerca de ti para socorrerte y mitigar de algún modo la acerbidad de tus dolores. ¡Oh Jesús mío!, quisiera girar por todas las generaciones pasadas, presentes y futuras, tomar todos los pasos de las criaturas y ponerlos en los tuyos para sostenerte y darte alivio, antes bien oh Jesús mío, quiero poner todos los pasos del Eterno en los tuyos para así poder darle un verdadero alivio a tu divina persona.

¡Oh Jesús mío!, pongo mi corazón en el tuyo. ¡Pobre Corazón, cómo está destrozado! Si mueves los pies, sientes como que te arrancan los nervios de la punta de tu Corazón; si mueves las manos, los nervios de los dos lados de tu Corazón quedan peor que si te los jalaran con clavos; oh Jesús, si mueves la cabeza, la boca del Corazón te sangra y vuelves a sentir toda la crucifixión. ¡Oh Jesús mío!, ¿cómo podré confortar tanto dolor? Me difundiré en ti, pondré mi corazón en el tuyo, mis deseos en los tuyos que son ardientísimos, para destruir los malos deseos de las criaturas; difundiré mi amor en el tuyo, para que con tu fuego se enciendan todos los corazones de las criaturas y se destruyan los amores profanos; me difundiré en tu Santísima Voluntad para poder aniquilar todo acto maligno; y es así que tu Corazón queda confortado y yo te prometo, ¡oh Jesús!, que de ahora en adelante me quedaré siempre clavado a tu Corazón con los clavos de tus deseos, de tu amor y de tu Voluntad.

¡Oh Jesús mío!, crucificado tú, crucificado yo en ti. No permitas que me desclave en lo más mínimo de ti, sino que quede siempre clavado, para poder amarte y repararte por todos, y mitigar así [el dolor] que te causan las criaturas con las ofensas.

Jesús es levantado sobre la cruz

Jesús mío, veo que tus enemigos levantan el pesado leño de la cruz y lo dejan caer en el hoyo que han hecho; y tú, dulce Amor mío, quedas suspendido entre el cielo y la tierra. Y, ¡oh!, en este solemne momento te diriges al Padre y con voz débil y apagada le dices:

« Padre Santo, aquí estoy, cargado de todos los pecados del mundo; no hay culpa que no recaiga sobre mí. Por eso, ya no descargues sobre los hombres los flagelos de tu divina justicia, sino sobre mí, tu Hijo. ¡Oh Padre!, permíteme vincular a esta cruz a todas las almas y que implore perdón para todas ellas con las voces de mi sangre y de mis llagas. ¡Oh Padre!, ¿no ves a qué estado me he reducido? Por esta cruz y en virtud de estos dolores, concédeles a todos verdadera conversión, paz, perdón y santidad ».

Oración para desarmar a la Divina Justicia

¡Oh Jesús![1], mientras traspasado te encuentras sobre la cruz, tu alma ya no se halla sobre la tierra, sino en el cielo, con tu Divino Padre, para defender y sostener la causa de nuestras almas.

Crucificado Amor mío, yo también quiero seguirte ante el trono del Eterno y junto contigo quiero desarmar a la divina justicia. Hago mía tu santísima humanidad, unida a tu Voluntad y junto contigo quiero hacer lo que tú haces. Es más, permíteme Vida mía, que mis pensamientos corran en los tuyos, mis latidos en tu Corazón y todo mi ser en ti, para que no vaya a dejar de hacer nada y repita todo lo que tú haces, acto por acto, palabra por palabra.

Pero veo, crucificado Bien mío, que tú, viendo a tu Divino Padre sumamente indignado contra las criaturas, te postras ante él y las escondes a todas dentro de tu santísima humanidad, poniéndonos al seguro, para que el Padre, mirándonos a todos en ti, por amor a ti, no nos arroje de sí mismo. Y si nos mira indignado, es porque tantas almas han desfigurado la bella imagen que él creó y no tienen otro pensamiento que el de ofenderlo; y su inteligencia que debería ocuparse en comprenderlo, la han convertido en una guarida en donde anidan todas sus culpas. Y tú, oh Jesús mío, para aplacarlo, atraes la atención de tu Divino Padre para que mire tu santísima cabeza coronada de espinas en medio de los más atroces dolores, las cuales tienen en tu mente como clavadas a todas las inteligencias de las criaturas, por las que una por una expías para satisfacer a la divina justicia. ¡Oh, cómo todas estas espinas son como voces piadosas que, ante la Majestad Divina, excusan todos los malos pensamientos de las criaturas!

Jesús mío, mis pensamientos son uno sólo con los tuyos; por eso, junto contigo, ruego, imploro, reparo y excuso ante la Majestad Divina por todo el mal que hacen todas las criaturas con la inteligencia. Permíteme que tome tus espinas y tu misma inteligencia y que vaya recorriendo contigo las inteligencias de todas las criaturas uniendo tu inteligencia a las suyas, y que con la santidad de tu inteligencia les devuelva su inteligencia original, tal como fue creada por ti; que con la santidad de tus pensamientos reordene todos los pensamientos de todas las criaturas y te devuelva el dominio y el gobierno sobre todos. ¡Ah, sí, oh Jesús mío, sé únicamente tú quién domine cada pensamiento, cada afecto y a todos los pueblos! Rige únicamente tú todas las cosas, solamente así la faz de la tierra, que causa horror y espanto, se renovará.

Crucificado Jesús mío, me doy cuenta de que ves que tu Divino Padre sigue indignado, que mira a las pobres criaturas y las ve a todas enfangadas de culpas y cubiertas con las más repugnantes asquerosidades, tanto que hasta le da asco a todo el cielo. ¡Oh, cómo queda horrorizada la pureza de la mirada divina, tanto que casi ya no puede reconocer a la pobre criatura como obra de sus santísimas manos! Es más, parece como si fueran monstruos los que ocupan la tierra, los cuales atraen la indignación de la mirada del Padre. Pero tú, ¡oh Jesús mío!, para aplacarlo, tratas de endulzar su mirada cambiando sus ojos por los tuyos, haciéndoselos ver cubiertos de sangre y de lágrimas; y lloras ante su Majestad Divina para moverlo a compasión por la desventura de tantas pobres criaturas; y oigo tu voz que dice:

« Padre mío, es cierto que la ingrata criatura se va enlodando cada vez más con sus culpas, hasta ya no merecer tu mirada paterna; pero mírame, ¡oh Padre!, yo quiero llorar tanto ante ti que llegue a formar un baño de lágrimas y de sangre para lavar todas las inmundicias con las que se han cubierto las criaturas. Padre mío, ¿quieres acaso rechazarme? No, no puedes; soy tu Hijo y al mismo tiempo soy también la cabeza de todas las criaturas y ellas son mis miembros; ¡salvémoslas, Padre mío, salvémoslas! ».

Jesús mío, Amor sin fin, quisiera tener tus ojos para llorar ante la Majestad Suprema por la perdición de tantas pobres criaturas y por estos tiempos tan tristes. Permíteme que tome tus lágrimas y tus mismas miradas, que son una sola cosa con las mías y que vaya en busca de todas las criaturas. Y para moverlas a compasión por sus propias almas y por tu amor, les haré ver que tú lloras por causa de ellas y que mientras ellas se enfangan tú les tienes ya preparadas tus lágrimas y tu sangre para lavarlas y así, al verte llorar, se rendirán a ti. ¡Ah!, con estas lágrimas tuyas, déjame lavar todas las inmundicias de las criaturas; déjame hacer que estas lágrimas entren dentro de sus corazones y ablanden a tantas almas endurecidas en la culpa, que obtenga victoria sobre la obstinación de todos los corazones y que haga penetrar en ellos tus miradas, haciéndoles levantar su mirada al cielo para que te amen y no las dejen seguir vagando sobre la tierra para ofenderte. De este modo, tu Divino Padre ya no desdeñará mirar a la pobre humanidad.

Crucificado Bien mío, veo que el Padre está tan indignado que todavía no se aplaca, porque su paternal bondad, movida por tanto amor hacia la pobre criatura, ha llenado cielos y tierra de tantas pruebas de amor y de beneficios hacia ella, que muy bien se puede decir que a cada paso y en cada acto debería sentir fluir en sí misma el amor y las gracias de ese Corazón paterno, y en cambio, la criatura siempre ingrata, despreciando este amor, no quiere reconocerlo, sino que hace frente a tanto amor, llenando cielos y tierra de insultos, de desprecios y ultrajes, llegando al grado de pisotearlo bajo sus inmundos pies, y hasta queriendo destruirlo idolatrándose a sí misma. ¡Ah, todas estas ofensas se elevan hasta el cielo y llegan ante la Majestad Divina, que se indigna sumamente al ver la villanía de la criatura que llega a insultarla y a ofenderla de mil modos!

Pero tú, ¡oh Jesús mío!, siempre atento para defendernos con la fuerza arrebatadora de tu amor, obligas al Padre a que mire tu santísimo rostro, cubierto de todos estos insultos y desprecios y le dices:

« Padre mío, no desdeñes a la pobre criatura; si los desdeñas a ellos es a mí a quien desdeñas. ¡Ah, aplácate! Todas estas ofensas las tengo sobre mi rostro que te responde por todos. Padre mío, detén tu furor contra la pobre humanidad; están ciegos y no saben lo que hacen. Por eso, obsérvame bien y mira cómo he quedado reducido. Si no te mueves a compasión por la mísera humanidad, que te enternezca al menos mi rostro cubierto de salivazos y sangre, amoratado e hinchado por tantas bofetadas y golpes recibidos. ¡Piedad, Padre mío! Yo era el más bello de los hijos de los hombres, y ahora estoy tan desfigurado que ya no me reconozco, me he convertido en el último de todos los hombres. Por eso, ¡a cualquier precio quiero salvar a la criatura! ».

Jesús mío, pero, ¿es posible que nos ames tanto? Tu amor tritura mi pobre corazón y queriendo seguirte en todo, déjame hacer mío tu rostro santísimo para tenerlo en mi poder de modo que pueda mostrárselo continuamente al Padre, así, desfigurado, para hacer que se mueva a compasión por la pobre humanidad que se encuentra tan oprimida bajo el látigo de la divina justicia y que yace como moribunda.

Permíteme ir a mostrarles a las criaturas tu rostro tan desfigurado por causa suya, para hacer que se muevan a compasión por sus propias almas y por tu amor; que la luz que emana de tu rostro y la fuerza arrebatadora de tu amor, les haga comprender quién eres tú y quienes son ellas que se atreven a ofenderte, para que sus almas, que viven muertas a la gracia a causa de tantos pecados, resurjan, y así todas se postren ante ti, adorándote y glorificándote.

Jesús mío, Crucificado adorable, la criatura continúa sin cesar irritando a la divina justicia y de su lengua resuena el eco de tantas horribles blasfemias, imprecaciones y maldiciones, malas conversaciones, tramas para prepararse a destrozarse, del peor modo posible, entre ellos mismos y llevar a cabo matanzas terribles. ¡Ah!, todos estos ecos ensordecen la tierra y elevándose hasta el cielo ensordecen los oídos divinos. El Padre, cansado de oír estos ecos llenos de veneno que recibe de parte de las criaturas, quisiera deshacerse de ellas, apartándolas de sí mismo, porque todas estas voces llenas de veneno imprecan y piden venganza y justicia contra sí mismas. ¡Ah, cómo la divina justicia se siente obligada a descargar sus flagelos! ¡Cómo tantas blasfemias encienden su ira contra la criatura! Pero tú, ¡oh Jesús mío!, amándonos con tu amor supremo, haces frente a todas estas voces mortales con tu voz omnipotente y creadora, haciendo resonar el eco de tu dulcísima voz en los oídos de tu Padre, para reparar por todas las molestias que le causan las criaturas con el eco de tus bendiciones y alabanzas; y gritas:

« ¡Misericordia! ¡Gracias! ¡Amor para la pobre criatura! ».

Y para aplacarlo todavía más, le muestras tu santísima boca, diciéndole:

« ¡Padre mío, vuelve a mirarme; no escuches las voces de las criaturas, sino la mía; soy yo quién te da Satisfacción por todos! Por eso, te ruego que mires a las criaturas, pero que las mires en mí; si las miras fuera de mí, ¿qué sería de ellas? Son débiles, ignorantes, capaces sólo de hacer el mal, llenas de toda clase de miserias. ¡Piedad, Padre mío! ¡Ten piedad de las pobres criaturas! Yo te respondo por ellas con mi lengua amargada por la hiel, reseca por la sed, abrasada y consumada por el amor ».

Amargado Jesús mío, mi voz en la tuya quiere hacer frente a todas estas ofensas. Déjame que tome tu lengua, tus labios y que haga un recorrido sobre todas las criaturas tocando sus lenguas con la tuya, para que cuando estén por ofenderte, al sentir ellos la amargura de tu lengua, no vuelvan a blasfemar, si no por amor, al menos por la amargura que sientan. Déjame que toque sus labios con los tuyos, y con tu voz omnipotente haz que el fuego de la culpa que está sobre los labios de todos penetre hasta su pecho, y así pueda detener en ellos la corriente de todas las malas palabras transformando sus voces humanas en voces de bendición y alabanzas.

Crucificado Bien mío, ante tanto amor y dolor tuyo, la criatura todavía no se rinde; al contrario, despreciándote sigue añadiendo culpas a más culpas, cometiendo enormes sacrilegios, homicidios, suicidios, duelos, fraudes, engaños, crueldades y traiciones. ¡Ah!, todas estas malas obras, hacen que los brazos del Padre se vuelvan más pesados, quien no pudiendo ya sostener su peso, está a punto de dejarlos caer derramando sobre la tierra cólera y destrucción. Y tú, ¡oh Jesús mío!, para liberar a la criatura de la cólera divina, temiendo verla destruida, tiendes tus brazos al Padre para que no deje caer los suyos y destruya a las criaturas, y ayudándolo con los tuyos a sostener el peso de tantas culpas, lo desarmas y le impides a la justicia que actúe. Y para moverlo a compasión por la mísera humanidad y enternecerlo, con tu voz más conmovedora, le dices:

« Padre mío, mira mis manos destrozadas y estos clavos que me las traspasan y que me tienen clavado junto a todas las obras malas. ¡Ah!, en estas manos siento todos los terribles dolores que me causan todas estas obras malas. ¿No estás contento, oh Padre mío, con mis dolores? ¿Acaso no son capaces de satisfacerte? ¡Ah!, estos brazos míos descoyuntados, serán para siempre cadenas que tendrán a la pobre criatura abrazada a mí, para que no huya de mí, a no ser que alguna quisiera apartarse por la fuerza; y también, estos brazos míos serán las cadenas amorosas que te atarán, Padre mío, para impedirte que destruyas a la pobre criatura; más aún, te atraeré siempre hacia ella para que las llenes de tus gracias y de tu misericordia ».

Jesús mío, tu amor es un dulce encanto para mí y me impulsa a que yo también haga todo lo que haces tú. Por eso, dame tus brazos, que junto contigo quiero impedir que intervenga la divina justicia contra la pobre humanidad, a costa de cualquier sacrificio. Con la sangre que abundantemente sale de tus manos quiero extinguir el fuego de la culpa que enciende su ira y aplacar su furor; y para hacer que el Padre tenga piedad de las pobres criaturas, permíteme que ponga en tus brazos a tantos miembros destrozados, los gemidos de tantos heridos, los corazones adoloridos y oprimidos. Déjame que haga un recorrido por todas las criaturas y que las abrace a todas entre tus brazos, para que todas regresen a tu Corazón. Permíteme que con la potencia de tus manos creadoras detenga la corriente de tantas obras llenas de maldad e impida a todos hacer el mal.

Amable Jesús mío crucificado, la criatura todavía no está satisfecha de ofenderte tanto, quiere beber hasta el fondo las heces de la culpa y corre como enloquecida por el camino del mal. Se precipita de culpa en culpa, desobedece tus leyes y, desconociéndote, se rebela contra ti y casi, sólo para hacerte sufrir, quiere irse al infierno. ¡Oh, cómo se indigna la Majestad Suprema! Y tú, ¡oh Jesús mío!, triunfando sobre todo, incluso sobre la obstinación de las criaturas, para aplacar a tu Divino Padre, le muestras toda tu santísima humanidad lacerada, destrozada horriblemente, y tus santísimos pies traspasados en los que están encerrados todos los pasos de las criaturas, los cuales te causan dolores mortales, tanto que se contorsionan por la atrocidad de los dolores. Y oigo tu voz, más que nunca conmovedora, como si estuvieras por expirar, que a fuerza de amor y de dolor quiere vencer a la criatura y triunfar sobre el Corazón de tu Padre:

« Padre mío, mírame, obsérvame bien de la cabeza a los pies: ¡No se encuentra ya alguna parte sana en mí, no tengo en dónde hacerme abrir nuevas llagas y procurarme más sufrimientos! Si no te aplacas ante este espectáculo de amor y de dolor, ¿quién va a poder aplacarte? ».

« Hijos míos, si ustedes no se rinden a tanto amor, ¿qué esperanza quedará para que se conviertan? Mis llagas y mi sangre serán siempre súplicas, las cuales harán que desciendan del cielo a la tierra gracias de arrepentimiento, de perdón y de compasión hacia la pobre humanidad ».

Jesús mío, me doy cuenta que te haces violencia para aplacar al Padre y vencer a la pobre criatura; por eso, permíteme que tome tus santísimos pies y que vaya en busca de todas las criaturas y ate sus pasos a tus pies, para que si quieren caminar por el camino del mal, al sentir las cadenas con las que los has atado a ti, no puedan ni dar un paso. ¡Ah!, con tus pies haz que retrocedan del camino del mal y ponlas en el sendero del bien, haciéndolas más dóciles a tus leyes; y con tus clavos cierra el infierno, para que nadie más caiga en él. Jesús mío, Amante Crucificado, veo que ya no puedes más. La tensión terrible que sufres sobre la cruz, el continuo rechinar de tus huesos que a cada pequeño movimiento se dislocan cada vez más, tus carnes que se siguen abriendo más y más, las repetidas ofensas que recibes, que cada una te procura una pasión y muerte aún más dolorosa, la sed ardiente que te consume, las penas interiores que te sofocan de tanta amargura, de tanto dolor y amor, y la ingratitud humana, que aún en medio de tantos martirios, te hace frente y penetra como una ola impetuosa dentro de tu Corazón traspasado, ¡ay!, te aniquilan de tal manera, que tu santísima humanidad, no pudiendo resistir el peso de tantos martirios, está a punto de sucumbir y delirando por tanto amor y tantos sufrimientos suplica ayuda y piedad.

Crucificado Jesús mío, ¿será posible que tú que lo riges todo y a todo le das vida tengas que pedir ayuda? ¡Ah!, quiero penetrar en cada gota de tu sangre y derramar la mía para endulzar cada una de tus llagas santísimas, para mitigar el dolor que te causa cada espina y hacer menos dolorosas sus punzadas; y para darle alivio a la intensidad de las amarguras de cada pena interior de tu Corazón, quiero darte vida por vida y, si me fuera posible, quisiera desclavarte de la cruz para ponerme yo en tu lugar. Pero me doy cuenta de que soy nada y nada puedo, de que soy demasiado insignificante, por eso, date totalmente a mí y yo tomaré tu vida y en ti te daré a ti mismo; sólo así mis ansias quedarán satisfechas.

Destrozado Jesús mío, tu santísima humanidad se acaba y no por ti, sino por darle totalmente cumplimiento a nuestra redención. Necesitas ayuda divina y por eso te arrojas en los brazos del Padre y le pides ayuda y piedad. ¡Oh, cómo se enternece el Padre al mirar cómo han destrozado terriblemente tu santísima humanidad, la tremenda obra que ha hecho el pecado en tus sagrados miembros! Y para contentar tus ansias de amor, te estrecha a su Corazón paterno y te da los auxilios necesarios para que le des cumplimiento a nuestra redención; y mientras te estrecha, sientes en tu Corazón que se repiten con más fuerza los martillazos de los clavos, los golpes de los flagelos, las heridas de tus llagas y las punzadas de las espinas. ¡Oh, cómo se conmueve el Padre! ¡Cómo se indigna al ver que todas estas penas llegan hasta tu Corazón por obra de las almas consagradas a ti!

Y en su dolor, te dice:

« Pero, ¿es posible, Hijo mío, que ni siquiera la parte escogida por ti esté toda contigo? Antes al contrario, parece que estas almas piden refugio en tu Corazón sólo para amargarte y darte una muerte más dolorosa, y lo que es peor, todos estos dolores que recibes de parte de ellos van escondidos y cubiertos de hipocresías. ¡Ah, Hijo mío, no puedo seguir conteniendo mi indignación por la ingratitud de estas almas, las cuales me causan más dolor que todas las demás criaturas juntas! ».

Pero tú, ¡oh Jesús mío!, triunfando sobre todo, defiendes a estas almas y con el amor inmenso de tu Corazón haces una reparación por las oleadas de amarguras y las heridas mortales que estas almas te procuran; y para aplacar a tu Padre, le dices:

« Padre mío, mira mi Corazón. Que todos estos dolores te satisfagan y cuanto más amargos, tanto más potentes sean sobre tu Corazón de Padre, para obtener gracias, luz y perdón para todos ellos. Padre mío, no los rechaces: ellos serán los que me defenderán y continuarán mi vida sobre la tierra ».

« ¡Oh amorosísimo Padre mío!, considera que si bien mi humanidad ha llegado ahora al colmo de sus padecimientos, también mi Corazón está por estallar a causa de tantas amarguras y de todas las penas íntimas y de los inauditos tormentos que he sufrido a lo largo de 34 años a partir del primer instante de mi encarnación. Tú conoces bien, oh Padre, la intensidad de estas amarguras interiores, que hubieran sido capaces de hacerme morir a cada momento de puro dolor si nuestra omnipotencia no me hubiera sostenido para poder prolongar mis sufrimientos hasta llegar a esta extrema agonía. ¡Ah!, si no te bastan todas las penas de mi santísima humanidad que te he ofrecido hasta ahora para aplacar tu justicia sobre todos los hombres y para atraer en cambio tu misericordia triunfadora sobre ellos, ahora, especialmente por los extravíos de las almas consagradas a nosotros, yo te presento mi Corazón destrozado, oprimido y quebrantado, pisado en el lagar de cada instante de mi vida mortal ».

« ¡Ah, mírame Padre mío!, este es el Corazón que te ha amado con amor infinito, que siempre ha estado ardiendo de amor por todos mis hermanos, hijos tuyos en mí; este es el Corazón con el que con tanta generosidad he anhelado padecer, para darte la satisfacción completa por todos los pecados de los hombres. ¡Ah, te lo suplico, ten piedad de sus desolaciones, de su continuo penar, de sus tedios, de sus angustias, de sus tristezas ante la muerte! ».

« ¿Acaso ha habido, ¡oh Padre mío!, un solo latido de mi Corazón que no haya buscado tu gloria y la salvación de mis hermanos aun a costa de penas y hasta de mi sangre? ¿No han salido de mi Corazón siempre oprimido ardientes súplicas, gemidos, suspiros y clamores válidos, con los que durante 34 años he llorado y gritado pidiendo misericordia en tu presencia? ».

« Tú me has escuchado, ¡oh Padre mío!, una infinidad de veces y por una infinidad de almas, y te lo agradezco infinitamente; pero ahora, ¡oh Padre!, mira cómo mi Corazón no puede calmarse en medio de tantas penas ni por una sola alma que se le vaya a escapar a su amor, porque nosotros amamos a una sola alma cuanto a todas las almas juntas. ¿Y se dirá que tendré que dar mi último suspiro sobre este doloroso patíbulo viendo perecer miserablemente incluso a almas consagradas a nosotros? Yo me estoy muriendo en un mar de angustias por la iniquidad y la perdición eterna del pérfido Judas, que se comportó tan dura e ingratamente conmigo, que rechazó todos mis más delicados y amorosos detalles, y que además le llegué a hacer tanto bien que hasta lo hice sacerdote y obispo como a los demás apóstoles. ¡Ah Padre mío, que ya termine este abismo de penas! ¡Cuántas almas escogidas por nosotros para esta doble vocación sagrada veo que quieren imitar a Judas, quién más y quién menos! ».

« ¡Ayúdame Padre mío, ayúdame! ¡Yo no puedo soportar todas estas penas! ¡Mira si en mi Corazón puedes hallar alguna fibra que no esté más atormentada que todas las llagas que tengo en mi cuerpo! ¡Mira si toda mi sangre no está brotando, más que de mis llagas, de mi Corazón, que se deshace de amor y de dolor! ¡Piedad, Padre mío, piedad, no para mí que quiero sufrir hasta el infinito por las pobres almas, sino de todas ellas y especialmente de las que han sido llamadas a desposarse con mi amor y a mi santo servicio! ¡Oh Padre!, escucha cómo mi Corazón, próximo a la muerte, acelera sus latidos de fuego y grita: ¡Padre mío, por mis innumerables penas te pido gracias eficaces de arrepentimiento y de verdadera conversión para todas estas infelices almas! ¡Que ninguna de estas almas se nos pierda! ».

« ¡Tengo sed, Padre mío, tengo sed de todas las almas y especialmente de éstas! ¡Tengo sed de sufrir más y más por cada una de estas almas! Siempre he hecho tu Voluntad, Padre mío; que ahora esta Voluntad mía, que es también la tuya, se cumpla perfectamente por amor a mí, tu amadísimo Hijo, en quien has hallado todas tus complacencias ».

¡Oh Jesús mío, ya no resisto más! ¡Me uno a tus súplicas, a tus sufrimientos, a tu amor penante! Dame tu Corazón para que pueda sentir tu misma sed de almas consagradas a ti y para que con los latidos de mi corazón te devuelva el amor y los afectos que ellas te deben. Permíteme que haga un recorrido por todas estas almas y que ponga tu Corazón en ellas, para que cuando apenas los toque puedan calentarse las que están frías, sacudirse las que están tibias, encaminarse de nuevo las que están extraviadas, de modo que puedan volver a recibir todas aquellas gracias que han rechazado. Tu Corazón está sofocado de dolor y de amargura al constatar que por su falta de correspondencia no se han llegado a realizar los planes que habías hecho para ellas, y por lo tanto, que tantas almas que por medio de ellas debían obtener vida y salvación han sufrido las tristes consecuencias. Pero yo les mostraré tu Corazón tan amargado, por su causa; desde tu Corazón las heriré con tus flechas de fuego, presentándoles todas tus súplicas y todos tus sufrimientos por ellas, de modo que no será posible que no se rindan a ti; así regresarán contritas a ti, se verán restablecidos tus amorosos designios sobre ellas y ya no estarán en ti y cerca de ti para ofenderte, sino para repararte, consolarte y defenderte.

Vida mía, crucificado Jesús mío, veo que sigues agonizando en la cruz sin que tu amor quede todavía satisfecho para darle cumplimiento a todo. ¡Yo también agonizo contigo! Quiero llamar a todos los ángeles y a los santos: ¡Vengan, vengan todos al monte Calvario a contemplar los excesos y las locuras de amor de un Dios! Besemos sus llagas ensangrentadas, adorémoslas; sostengamos esos miembros lacerados; démosle gracias a Jesús por haberle dado cumplimiento a nuestra redención.

Démosle también una mirada a nuestra Madre Santísima traspasada por tantas penas y muertes que siente en su Corazón Inmaculado, tantas cuantas ve que su HijoDios está sufriendo; hasta sus mismos vestidos están cubiertos de sangre, como también por todo el monte Calvario se puede ver la sangre de Jesús. Así que, tomemos todos juntos esta sangre y pidámosle a nuestra dolorosa Madre que se una a nosotros; dividámonos por todo el mundo y ayudemos a todos; socorramos a quienes están en peligro para que no perezcan, a los que han caído para que se levanten de nuevo, a los que están a punto de caer para que no caigan. Démosles esta sangre a tantas pobres almas que están ciegas, para que resplandezca en ellas la luz de la verdad; vayamos a donde se encuentran quienes están combatiendo, seamos para ellos vigilantes centinelas, y si están por caer alcanzados por las balas, recibámoslos en nuestros brazos para confortarlos y si se ven abandonados por todos o están impacientes por su triste suerte, démosles esta sangre, para que se resignen y se mitigue la atrocidad de sus dolores. Y si vemos almas que están a punto de caer en el infierno, démosles esta sangre divina que contiene el precio de su redención, para arrebatárselas a Satanás.

Y mientras tendré a Jesús abrazado a mi corazón para defenderlo y reparar por todo, abrazaré a todos a su Corazón, para que todos puedan obtener gracias eficaces de conversión, fortaleza y salvación.

¡Oh Jesús!, tu sangre diluvia de tus manos y de tus pies. Los ángeles haciéndote corona admiran los portentos de tu inmenso amor. Veo a tu Madre al pie de la Cruz traspasada por el dolor, a tu amada Magdalena y al predilecto Juan, y todos como petrificados en un éxtasis de estupor, de amor y de dolor.

¡Oh Jesús!, me uno a ti y me abrazo a tu cruz y hago mías todas las gotas de tu sangre para depositarlas en mi corazón. Y cuando vea irritada a tu divina justicia contra los pecadores, te mostraré esta sangre para aplacarte. Y cuando vea almas obstinadas en la culpa te mostraré esta sangre y en virtud de ella no rechazarás mi plegaria, porque en mis manos tengo la prenda con la que puedo obtenerlo todo.

Por eso, ¡oh Jesús!, a nombre de todas las generaciones pasadas, presentes y futuras, junto a tu Madre Santísima y a todos los ángeles, me postro ante ti crucificado Bien mío y te digo:

« Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos, porque por tu santa cruz has redimido al mundo ».

Reflexiones y prácticas.

Jesús crucificado obedece a sus verdugos, acepta con amor todos los insultos y las penas que recibe. Por el grande amor que le tenía a nuestra pobre alma, halló en la cruz su lecho para reposar, y nosotros, ¿reposamos en él en todas nuestras penas? ¿Podemos decir que con nuestra paciencia y con nuestro amor le preparamos a Jesús un lecho en nuestro corazón para que repose?

Mientras Jesús está crucificado, no hay parte interna o externa en él que no sienta una pena particular, y nosotros, ¿estamos crucificados totalmente en él, al menos en lo que respecta a nuestros sentidos? Cuando en una vana conversación o alguna otra diversión similar hallamos nuestro propio gusto, es entonces que Jesús queda clavado en la cruz, pero si sacrificamos este gusto, desclavamos a Jesús y quedamos clavados nosotros.

¿Tenemos siempre clavados con los clavos de su Santísima Voluntad nuestra mente, nuestro corazón y todo nuestro ser? Cuando estaban crucificando a Jesús, él miraba con amor a sus verdugos; y nosotros, ¿por amor a Jesús miramos con amor a quien nos ofende?

« Crucificado Jesús mío, que tus clavos traspasen mi corazón, para que no haya ni un solo latido, afecto y deseo que no sienta tus heridas y que la sangre que derrame mi corazón sea el bálsamo que cure todas tus llagas ».

[1] Después de la primera edición de Las Horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo en 1915, Luisa le escribió a San Annibale di Francia que se sentía movida a añadir algunas cosas en esta hora de la crucifixión.

La carta que le escribió decía así: « …En la hora de la crucifixión, casi al final, se dice que Jesús, mientras estaba sobre la cruz, su alma estaba en el cielo con su Divino Padre, y yo lo sigo con el pensamiento hasta el cielo y junto con él trato de desarmar a la divina justicia, tan irritada en estos tiempos; (…) por lo que a mí me parece que Jesús, mi Señor, me mueve a escribir dicho ejercicio… »

Ella misma explica lo añadido: « En esta hora, Jesús sobre la cruz, resume toda su vida, desde el primer instante de su encarnación hasta su último respiro; le da cumplimiento a todo dándole las gracias a su Divino Padre por todo el bien que ha podido hacer por todas las criaturas, como también por todos sus sufrimientos. Lo glorifica, implora, repara; en una palabra, vuelve a hacer todo junto lo que había hecho durante su vida. Ahora bien, el alma, haciendo eco a todo lo que hace Jesús, comienza también ella, desde el primer instante de la encarnación de Jesús, hasta el último momento de su vida, a darle gracias por todo lo que ha hecho; y puesto que la ingratitud de la criatura es tanta y más que nunca se muestra ingrata al recibir los beneficios que Dios le da, el alma trata también de hacer todo en modo completo. Es por esto que en esta hora se repite toda la vida de Jesucristo y se trata de reunir toda clase de reparaciones ».

« Entre tantas almas ¿no podrá haber alguna que quiera mostrar este heroísmo de amor a Jesús? »

Y en otra carta del 7 de octubre de 1915 añade: « La finalidad de esta hora es la de desarmar a la divina justicia. Si en las otras horas se repara, se bendice, se pide perdón, etc., en ésta se le desarma y se le aplaca. Y el alma, elevándose entre el cielo y la tierra, tal como lo hizo Jesús mismo, mira a la divina justicia y trata de aplacarla, y mira a la criatura y trata de conducirla nuevamente a Dios, haciendo exactamente lo que hace Jesús; y es tan grande la complacencia divina, que Jesús espera como con ansia que se haga, porque siente como un alivio al ver que una criatura, elevándose de la tierra, está llena de interés por salvar a sus propios hermanos; de manera que cuando su justicia se enciende, busca un refugio, un lugar donde protegerse en esta alma que quiere hacer suyas sus penas e incluso a las mismas almas y que lo invita y lo fuerza a no destruir a la pobre humanidad… »

 

 

De   las 12 a la 1 de la tarde

La primera hora de Agonía sobre la Cruz.

La primera palabra:
« ¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen! »

Crucificado Bien mío, te veo sobre la cruz como en tu trono triunfal, en acto de conquistar a todos los corazones y de atraerlos tanto hacia ti, que todos puedan sentir tu sobrehumano poder. La naturaleza, horrorizada ante tan gran delito, se postra ante ti y espera silenciosa una palabra tuya para rendirte homenaje y hacer que tu dominio sea reconocido. El sol llorando retira su luz, no pudiendo sostener su mirada ante tanto dolor. El infierno, aterrorizado, espera en silencio. De manera que todo es silencio.

Tu traspasada Madre y los que te han sido fieles, permanecen todos mudos y petrificados a la vista demasiado dolorosa de tu destrozada y descoyuntada humanidad, y silenciosos esperan una palabra tuya. Tu misma humanidad que yace en un mar de dolores entre los atroces espasmos de la agonía, permanece en silencio, tanto que se teme que de un respiro a otro tú mueras. Y, ¿qué más? Los mismos pérfidos judíos, tus despiadados verdugos, que hasta hace poco te ultrajaban, te despreciaban, te llamaban impostor y malhechor, y hasta los mismos ladrones que te blasfemaban, todos callan y enmudecen. El remordimiento los invade y si se esfuerzan para poder insultarte otra vez, se les muere sobre los labios el insulto.

Pero penetrando en tu interior, veo que tu amor crece, te sofoca y no puedes contenerlo; y forzado por tu amor, que te atormenta más que las mismas penas, con voz fuerte y conmovedora, hablas como el Dios que eres, levantas tus ojos moribundos al Cielo y exclamas:

« ¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen! ».

Y de nuevo te encierras en el silencio, sumergido en penas inauditas.

Crucificado Bien mío, pero, ¿es que puede ser posible tanto amor? ¡Ah, después de tantas penas e insultos recibidos, tu primera palabra es el perdón y nos excusas ante tu Padre por tantos pecados! Esta palabra haces que penetre en cada corazón después de la culpa y tú eres el primero en ofrecer el perdón. Pero cuántos la rechazan y no
la aceptan; y tu amor entonces delira, porque tú, en tu delirio, quieres perdonar a todos y darles el beso de la paz.

Y al oír esta palabra tuya, el infierno tiembla y reconoce que tú eres Dios. La naturaleza y todos quedan atónitos y reconocen tu Divinidad, tu amor inextinguible, y silenciosos esperan para ver hasta dónde llega.

Y no solamente tu voz, sino también tu sangre y tus llagas le gritan a cada corazón después del pecado:

« ¡Ven a mis brazos, que te perdono; y la prueba de mi perdón es el precio de mi sangre! ».

¡Oh amable Jesús mío!, repíteles de nuevo esta palabra a todos los pecadores que hay en el mundo; implora misericordia para todos, aplica los infinitos méritos de tu preciosísima sangre para todos; ¡oh buen Jesús!, continúa aplacando la divina justicia en favor de todos y concédele la gracia de perdonar a quien hallándose en la ocasión de tener que perdonar no siente la fuerza para hacerlo.

Jesús mío, Crucificado adorado, en estas tres horas de amarguísima agonía tú quieres darle cumplimiento a todo, y mientras permaneces silencioso sobre la cruz, veo que en tu interior quieres satisfacer en todo al Padre. Le das gracias por todos, por todos satisfaces, por todos pides perdón y para todos pides la gracia de que jamás vuelvan a ofenderte. Jesús mío, Amor interminable, deja que también yo recapitule toda tu Vida contigo, con tu inconsolable Madre, con San Juan y con las piadosas mujeres.

Dulce Jesús mío, te doy gracias por todas las espinas que han traspasado tu adorable cabeza, por cada gota de sangre que has derramado, por los golpes que has recibido en ella y por los cabellos que te han arrancado. Te doy gracias por todo el bien que has hecho e impetrado en favor nuestro, por las luces y las buenas inspiraciones que nos has dado, y por todas las veces que nos has perdonado todos nuestros pecados de malos pensamientos, de soberbia, de orgullo y de estima propia. Te pido perdón a nombre de todos, ¡oh Jesús mío!, por cuantas veces te hemos coronado de espinas, por cuantas gotas de sangre te hemos hecho derramar de tu santísima cabeza y por todas las veces que no hemos correspondido a tus inspiraciones. Por todos estos dolores que has sufrido, te suplico, ¡oh Jesús!, que nos concedas la gracia de jamás volver a cometer pecado alguno de pensamiento. Quiero además ofrecerte todo lo que tú sufriste en tu santísima cabeza, para darte toda la gloria que las criaturas te hubieran dado si hubieran hecho buen uso de su propia inteligencia.

Adoro, ¡oh Jesús mío!, tus sacratísimos ojos y te doy gracias por todas las lágrimas y la sangre que han derramado, por las crueles punzadas de las espinas, por los insultos, las burlas y los desprecios que has soportado durante toda tu pasión. Te pido perdón por todos aquellos que se sirven de la vista para ofenderte y ultrajarte, suplicándote que por los dolores padecidos en tus santísimos ojos, nos concedas la gracia de que nadie más vuelva a ofenderte con alguna mala mirada. Así mismo, quiero ofrecerte todo lo que tú mismo padeciste en tus ojos santísimos, para darte toda la gloria que las criaturas te hubieran dado, si sus miradas hubieran estado siempre fijas al cielo, a la Divinidad y a ti, Jesús mío.

Adoro tus santísimos oídos y te doy gracias por todo lo que sufriste mientras aquellos malvados te ensordecían con sus gritos e injurias estando sobre el Calvario. Te pido perdón a nombre de todos por cuantas malas conversaciones se escuchan; y te ruego que todos los oídos de todos los hombres se abran a la verdad eterna, a la voz de la gracia y que nadie más te ofenda con el sentido del oído. También quiero ofrecerte todo lo que sufriste en tus sacratísimos oídos, para darte toda la gloria que las criaturas te hubieran dado si de este órgano hubieran hecho buen uso.

Adoro y beso tu santísimo rostro, ¡oh Jesús mío!, y te doy gracias por todo lo que sufriste a causa de los salivazos, de las bofetadas y de las burlas recibidas, y por todas las veces que te dejaste golpear y pisotear por tus enemigos. A nombre de todos te pido perdón, por cuantas veces se tiene la osadía de ofenderte, suplicándote por todas estas bofetadas y salivazos recibidos, que hagas que tu Divinidad sea reconocida, alabada y glorificada por todos. Es más, ¡oh Jesús mío!, quiero ir yo mismo por todo el mundo, de oriente a occidente, de norte a sur, para unir todas las voces de las criaturas y convertirlas en himnos de alabanza, de amor y de adoración. ¡Oh Jesús!, quiero también traerte todos los corazones de las criaturas, para que puedas darles a todos luz, verdad, amor y compasión por ti. Y mientras perdonas a todos, te ruego que no permitas que nadie vuelva a ofenderte, y si fuera posible, aún a costa de mi sangre. Quiero ofrecerte también todo lo que tú sufriste en tu santísimo rostro, para darte toda la gloria que las criaturas te hubieran dado si ni una de ellas hubiera tenido la osadía de ofenderte.

Adoro tu santísima boca y te doy gracias por tus primeros llantos, por la leche que mamaste, por las palabras que dijiste, por todos los besos que le diste a tu Santísima Madre, por el alimento que tomaste, por la amargura de la hiel, por la sed ardiente que padeciste sobre la cruz y por todas las oraciones que elevaste a tu Padre. Y te pido perdón por todas las murmuraciones, las conversaciones malas y mundanas que se hacen y por todas las blasfemias que dicen las criaturas. Quiero además ofrecerte tus santas conversaciones en reparación de todas las malas conversaciones; la mortificación de tu gusto para reparar las gulas y todas las ofensas que se hacen con el mal uso de la lengua. Y quiero ofrecerte todo lo que sufriste en tu santísima boca, para darte toda la gloria que todas las criaturas te hubieran dado si ninguna hubiera osado ofenderte con el sentido del gusto y el abuso de la lengua.

¡Oh Jesús!, te doy gracias por todo, y a nombre de todos elevo hacia ti un himno de agradecimiento eterno e infinito. Quiero ofrecerte, ¡oh Jesús mío!, todo lo que has sufrido en tu sacratísima persona, para darte toda la gloria que te hubieran dado todas las criaturas si hubieran uniformado toda su vida a la tuya.

Jesús, te doy gracias por todo lo que has sufrido en tus santísimos hombros, por cuantos golpes has recibido, por cuantas llagas te has dejado abrir en todo tu santísimo cuerpo y por cuantas gotas de sangre has derramado. Te pido perdón en nombre de todos por todas las veces que se te ha ofendido con placeres ilícitos y malos por amor a las comodidades. Te ofrezco tu dolorosa flagelación para reparar por todos los pecados cometidos con todos los sentidos, por amor a los propios gustos, a los placeres sensibles, al propio yo, a todas las satisfacciones naturales; y quiero ofrecerte todo lo que has sufrido en tus hombros, para darte toda la gloria que las criaturas te hubieran dado si en todo hubieran tratado de agradarte solamente a ti y de refugiarse a la sombra de tu divina protección.

Jesús mío, beso tu pie izquierdo; te doy gracias por todos los pasos que diste durante tu vida mortal y por todas las veces que cansaste tus pobres miembros por haber ido en busca de almas para conducir a tu Corazón. Por eso, ¡oh Jesús mío!, te ofrezco todas mis acciones, mis pasos y mis movimientos, con la intención de ofrecerte una reparación constante por todo y por todos. Te pido perdón por quienes no obran con recta intención. Uno mis acciones a las tuyas para que se divinicen, y te las ofrezco unidas a todas las obras que hiciste con tu santísima humanidad, para darte toda la gloria que te hubieran dado todas las criaturas si hubieran obrado santamente y con fines rectos.

Te beso, ¡oh Jesús mío!, el pie derecho, y te doy gracias por todo lo que has sufrido y sufres por mí, especialmente en esta hora en la que te encuentras suspendido sobre la cruz. Te doy gracias por el desgarrador trabajo que hacen los clavos en tus llagas, las cuales se abren cada vez más con el peso de tu santísimo cuerpo. Te pido perdón por todas las rebeliones y desobediencias de las criaturas, ofreciéndote todos los dolores de tus santísimos pies en reparación por estas ofensas, para darte toda la gloria que las criaturas te hubieran dado si en todo se hubieran mantenido sujetas a ti.

¡Oh Jesús mío!, beso tu santísima mano izquierda, y te doy gracias por todo lo que has sufrido por mí y por todas las veces que has aplacado a la divina justicia satisfaciendo por todos. Beso tu mano derecha y te doy gracias por todo el bien que has obrado y que obras por todos y te doy gracias especialmente por las obras de la creación, de la redención y de la santificación. A nombre de todos te pido perdón por cuantas veces hemos sido ingratos a tus beneficios y por todas las cosas que hemos hecho sin haber tenido recta intención. En reparación por todas estas ofensas quiero ofrecerte toda la perfección y la santidad de tus obras, para darte toda la gloria que las criaturas te hubieran dado si hubieran correspondido a todos esos beneficios.

¡Oh Jesús mío!, beso tu Sacratísimo Corazón, y te doy gracias por todo lo que has sufrido, deseado y celosamente anhelado, por amor a todos y a cada uno en particular. Te pido perdón por tantos malos deseos; por tantos malos afectos y no buenas tendencias.

Perdón, ¡oh Jesús!, por tantos que posponen tu amor al amor de las criaturas. Y para darte toda la gloria que te han negado, te ofrezco todo lo que ha hecho y sigue haciendo tu adorabilísimo Corazón.

Reflexiones y prácticas.

Jesús queda suspendido sobre la cruz sin tocar la tierra, y nosotros, ¿tratamos de vivir desapegados del mundo, de las criaturas y de todo lo que sabe a tierra? Todo debe concurrir para formar la cruz sobre la que debemos extendernos para quedar suspendidos como Jesús, alejados de todo lo que sabe a tierra, para que las criaturas no se apeguen a nosotros.

Jesús no tiene otro lecho que la cruz, otro refrigerio que sus llagas y los insultos que recibe: ¿Nuestro amor por Jesús llega a ser tanto que hallamos descanso en nuestros sufrimientos? Todo lo que hacemos: oraciones, sufrimientos o cualquier otra cosa, encerrémoslo dentro de sus llagas, bañémoslo con su sangre y así ya no hallaremos consuelo alguno sino en las penas de Jesús. De manera que sus llagas serán nuestras y su sangre estará trabajando continuamente en nosotros para lavarnos y embellecernos: de este modo alcanzaremos cualquier gracia para nosotros y para la salvación de las almas.

Estando la sangre de Jesús en nuestros corazones, si cometemos alguna falta, le pediremos a Jesús que no nos deje estar sucios ante su presencia en nosotros, sino que nos lave y nos tenga siempre junto a él. Si nos sentimos débiles, le pediremos a Jesús que nos haga beber un poco de su sangre, para que nos fortalezca.

Jesús, lleno de dulzura, ora por sus verdugos, es más, los excusa ante su Padre; y nosotros, ¿hacemos nuestra la oración de Jesús para excusar continuamente a todos los pecadores ante el Padre y para pedir misericordia también por quienes nos ofenden?

Mientras oramos, hacemos algo o caminamos, no nos olvidemos de las pobres almas que están por dar su último respiro. Llevémosles, para ayudarlas y confortarlas, las oraciones y los besos de Jesús, para que su preciosísima sangre las purifique y haga que emprendan el vuelo hacia el cielo.

« Jesús mío, quiero obtener la fuerza para poder repetir en mí tu misma vida por medio de tus santas llagas y de tu preciosísima sangre, para poder impetrar para todos, todo el bien que tú mismo hiciste ».

 

 

De   la 1 a las 2 de la tarde

La segunda hora de Agonía en la cruz.

La segunda palabra:
« ¡Hoy estarás conmigo en el Paraíso! »

Crucificado Amor mío, mientras contigo hago oración, la fuerza arrebatadora de tu amor y de tus penas mantiene mi mirada fija en ti; pero siento que se me rompe el corazón por el dolor al verte sufrir tanto. Tú estás delirando de amor y de dolor y las llamas que abrasan tu Corazón se elevan tanto que están a punto de hacerte cenizas; tu amor reprimido es más fuerte que la misma muerte y tú, queriendo darle desahogo a tu amor, mirando al ladrón que se encuentra a tu derecha, se lo robas al infierno; le tocas el corazón con tu gracia y cambia totalmente; te reconoce, confiesa que tú eres Dios, y lleno de contrición dice:

« ¡Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino! ».

Y tú no vacilas en responderle:

« ¡Hoy estarás conmigo en el paraíso! ».

Y se convierte así en el primer triunfo de tu amor. Pero me doy cuenta que tu amor no solamente le roba el corazón a este ladrón, sino también a tantos moribundos. ¡Ah!, tú pones a su disposición tu sangre, tu amor, tus méritos y haces uso de todos tus artificios y estratagemas divinos para tocarles el corazón y cautivarlos a todos para ti. ¡Pero también aquí tu amor se ve obstaculizado! ¡Cuántos rechazos, cuántas desconfianzas, cuántas desesperaciones! ¡Es tan grande tu dolor que de nuevo te reduce al silencio!

¡Oh Jesús mío!, quiero reparar por todos aquellos que se desesperan despreciando tu divina misericordia en el momento de su muerte. Dulce Amor mío, inspírales a todos fe y confianza ilimitada en ti, especialmente a quienes se hallan angustiados en su agonía, y en virtud de esta palabra tuya concédeles luz, fuerza y ayuda para poder morir santamente y volar de la tierra al cielo. En tu santísimo cuerpo, en tu sangre, en tus llagas, contienes a todas las almas, ¡oh Jesús!, así pues, por los méritos de tu preciosísima sangre, no permitas que ni siquiera una sola alma se pierda. Que también hoy tu sangre unida a tu voz les grite a todos:

« ¡Hoy estaréis conmigo en el paraíso! ».

La tercera palabra:
A María Santísima: « Mujer, he ahí a tu hijo ».
A Juan: « He ahí a tu Madre ».

Crucificado Jesús mío, tus penas aumentan cada vez más. ¡Ah, sobre esta cruz tú eres el verdadero Rey de los dolores! No se te escapa ni una sola alma en medio de tantas penas, más aún, a cada una le das tu misma vida. Pero las criaturas se resisten a recibir tu amor, lo desprecian y no lo toman en consideración; y tu amor, no pudiendo desahogarse, se hace cada vez más intenso y te tortura en modo inaudito; y en medio de estas torturas se pone a investigar para ver qué más le puede dar al hombre para vencerlo, y te hace decir:

« ¡Oh alma, mira cuánto te he amado! ¡Si no quieres tener piedad de ti misma, ten piedad al menos de mi amor! ».

Mientras tanto, viendo que ya no tienes nada que darle, habiéndole dado todo, vuelves tu débil mirada hacia tu Madre. También ella está más que moribunda a causa de tus penas y es tan grande el amor que la tortura, que la tiene crucificada junto contigo. Madre e Hijo se comprenden; y tú das un suspiro de satisfacción y te consuelas al ver que todavía puedes darles a las criaturas a tu Madre; y viendo en Juan a todo el género humano, con una voz tan tierna que enternece a todos los corazones, le dices a tu Madre:

« ¡Mujer, he ahí a tu hijo! ».

Y a Juan: « ¡He ahí a tu Madre! ».

Tu voz penetra en su Corazón materno y junto con la voz de tu sangre sigues diciendo:

« Madre mía, a ti te confío todos mis hijos. ¡Así como me amas a mí, ámalos también a ellos! Que todos tus cuidados y ternuras maternas sean para mis hijos. Tú me los salvarás a todos ».

Tu Madre Santísima acepta. Y mientras tanto, son tan intensas tus penas, que de nuevo te reducen al silencio.

¡Oh Jesús mío!, quiero reparar todas las ofensas que se le hacen a la Santísima Virgen, las blasfemias y las ingratitudes de tantos que no quieren reconocer los inmensos beneficios que nos has dado dándonosla por Madre. ¿Cómo podremos agradecerte este beneficio tan grande?

Recurro a tu misma fuente, ¡oh Jesús!, y te ofrezco tu sangre, tus llagas y el amor infinito de tu Corazón. ¡Oh Virgen Santísima, qué conmoción tan grande sientes al oír la voz de tu amado Jesús que te deja como Madre de todos nosotros!

Te doy gracias, Virgen bendita, y para darte gracias como mereces te ofrezco la misma gratitud de tu Jesús. ¡Oh dulce Madre!, protégenos, cuídanos, no dejes que jamás te ofendamos en lo más mínimo, tennos siempre abrazados a Jesús y con tus manos átanos a él, de manera que nunca más podamos volver a huir de él. Quiero reparar con tus mismas intenciones todas las ofensas que le hacen a Jesús y las que te hacen a ti también, ¡oh dulce Madre mía!

¡Oh Jesús mío!, mientras sigues sumergido en tantas penas, tú abogas aún más por la causa de la salvación de las almas. Pero yo no me quedaré indiferente; quiero levantar el vuelo hacia tus llagas como una paloma y besarlas, curarlas y arrojarme dentro de tu sangre, para poder decir contigo: « ¡Almas, almas! ». Quiero sostener tu cabeza traspasada y adolorida, para repararte y pedirte misericordia, amor y perdón para todos.

¡Oh Jesús mío!, reina en mi mente y sánala por medio de las espinas que traspasan tu cabeza y no permitas que penetre ninguna turbación en mí. Frente majestuosa de mi Jesús, te beso: atrae todos mis pensamientos a que te contemplen y te comprendan. Ojos dulcísimos de mi Sumo Bien, mírenme, aunque estén cubiertos de sangre: miren mi miseria, mi debilidad, mi pobre corazón y háganme experimentar los maravillosos efectos de su mirada divina. Oídos de mi Jesús ensordecidos por los insultos y las blasfemias de los impíos, pero también siempre atentos para escucharnos, ¡ah!, escuchen esta oración y no desprecien mis reparaciones. ¡Sí, oh Jesús, escucha el grito de mi corazón, que sólo se calmará cuando me lo hayas colmado de tu amor!

Rostro hermosísimo de mi Jesús, muéstrate, haz que te vea, para que pueda separar mi corazón de todo y de todos; que tu belleza me enamore continuamente y me tenga para siempre arrobado en ti. Boca dulcísima de mi Jesús, háblame, haz que tu voz haga eco siempre en mí y que la potencia de tu palabra destruya en mí todo lo que no es Voluntad de Dios, todo lo que no es amor.

¡Oh Jesús!, extiendo mis brazos para abrazarte y tú extiende los tuyos para abrazarme. ¡Oh mi Bien!, haz que sea tan fuerte este abrazo de amor que ninguna fuerza humana pueda separarnos, y así abrazados, apoyaré mi rostro sobre tu Corazón, y luego, lleno de confianza, te besaré y tú me darás el beso de tu amor. De este modo, harás que respire tu aliento dulcísimo, tu amor, tu Voluntad, tus penas y toda tu vida divina.

Hombros santísimos de mi Jesús, siempre fuertes y constantes en el sufrir por amor a mí, denme fuerza, constancia y heroísmo para sufrir por amor a ti, oh Jesús. No permitas, mi dulce Bien, que yo sea inconstante en el amor, antes bien, dame tu inmutabilidad.

Pecho incendiado de mi Jesús, dame tus llamas, tú ya no puedes contenerlas y mi corazón las busca con ansia a través de esa sangre y de esas llagas. Son las llamas de tu amor lo que más te atormenta, ¡oh Jesús! ¡Oh mi dulce Bien!, dame tus llamas: ¿No te mueve a compasión un alma tan fría y tan pobre en el amor?

Manos santísimas de mi Jesús que han creado el Cielo y la tierra, reducidas ya al grado de no poder moverse más. ¡Oh Jesús mío!, continúa tu creación, la creación del amor. Crea en todo mi ser vida nueva, vida divina; pronuncia tus palabras sobre mi corazón y transfórmalo completamente en el tuyo.

Pies santísimos de mi Jesús, no me dejen nunca solo; háganme correr siempre con ustedes y que no vaya yo a dar ni un solo paso lejos de ustedes. Jesús, con mi amor y con mis reparaciones quiero darte alivio por todos los dolores que sufres en tus santísimos pies.

Crucificado Jesús mío, adoro tu preciosísima sangre y beso una por una tus llagas, queriendo sepultar en ellas todo mi amor, mis adoraciones y mis más fervientes reparaciones. Que tu sangre sea para todas las almas luz en las tinieblas, consuelo en sus penas, fuerza en su debilidad, perdón en la culpa, ayuda en las tentaciones, defensa en los peligros, apoyo a la hora de su muerte y alas que las conduzcan de este mundo al cielo.
¡Oh Jesús!, vengo a ti y hago de tu Corazón mi nido y mi morada. Desde tu Corazón, dulce Amor mío, llamaré a todos para que vengan a ti; y si alguno quisiera acercarse para ofenderte, yo expondré mi pecho y no permitiré que te hiera; es más, lo encerraré en tu Corazón, le hablaré de tu amor y haré que sus ofensas se conviertan en amor.

¡Oh Jesús!, jamás dejes que yo vuelva a salir de tu Corazón; aliméntame con las llamas de tu amor y dame vida con tu vida, para poder amarte como tú mismo anhelas ser amado.

La cuarta palabra:
« Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ».

Penante Jesús mío, mientras estoy abrazado fuertemente a tu Corazón y abandonado del todo en él, contando tus penas, veo que tu santísima humanidad se ve invadida por una terrible convulsión; tus miembros tiemblan como si quisieran separarse unos de otros, y en medio de las contorsiones que sufres por los atroces espasmos de tu agonía, gritas fuertemente:

« ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? ».

Y al oír este grito todos tiemblan, las tinieblas se hacen más densas y tu Madre Santísima, petrificada, se pone pálida y se desmaya. ¡Vida mía y Todo mío! ¡Oh Jesús!, pero, ¿qué es lo que veo? ¡Ah!, tu muerte está cerca y tus mismas penas, siempre fieles a ti, están por abandonarte. Y entre tanto, después de tanto sufrir, con sumo dolor te das cuenta de que no todas las almas están incorporadas a ti, sino por el contrario, ves que muchas se perderán y sientes su dolorosa separación como si ellas mismas se arrancaran de tus miembros. Y tú, debiendo darle satisfacción a la divina justicia también por ellas, sientes la muerte de cada una, sientes las mismas penas que ellas deberán sufrir en el infierno, y les gritas con fuerza a todos esos corazones:

« ¡No me abandonen! Si quieren que yo sufra más todavía, estoy dispuesto, pero no se separen de mi humanidad. ¡Este es el dolor de los dolores, ésta es la muerte de las muertes! ¡Todo lo demás sería nada para mí si no tuviera que sufrir esta separación! ¡Ah, piedad de mi sangre, de mis llagas, de mi muerte! Este grito será continuo en su corazón: ¡Ah, no me abandonen! ».

¡Amor mío, cuánto te compadezco! Te estás sofocando; tu santísima cabeza ha caído ya sobre tu pecho; la vida te está abandonando…

Amor mío, me siento morir; también yo quiero gritar contigo: « ¡Almas, almas! ». No me separaré de tu cruz y de tus llagas para pedirte almas; y si tú quieres, entraré en los corazones de las criaturas, los rodearé con tus penas para que no se me escapen y si me fuera posible quisiera ponerme a la puerta del infierno para hacer que retrocedan las almas que están destinadas a este puesto y conducirlas a tu Corazón.

Pero tú agonizas y callas, y yo lloro porque veo que estás por morir. ¡Oh Jesús mío!, te compadezco, estrecho tu Corazón fuertemente al mío, lo beso y lo miro con toda la ternura de la que ahora soy capaz, y para procurarte un mayor alivio, hago mía la ternura divina y con ella quiero compadecerte, quiero convertir mi corazón en un río de dulzura y derramarlo en el tuyo, para endulzar la amargura que sientes por la perdición de tantas almas.

Verdaderamente es muy doloroso este grito, ¡oh Jesús mío!; más que el abandono del Padre, es la perdición de las almas que se alejan de ti lo que hace que se te escape del Corazón este doloroso lamento.

¡Oh Jesús mío!, aumenta en todos tu gracia para que nadie se pierda; y que mi reparación sea a favor de aquellas almas que deberían perderse, para que no se pierdan. Te ruego además, ¡oh Jesús mío!, por este extremo abandono, que ayudes a tantas almas que te aman y que tú, para hacer que te acompañen en tu abandono, parece que las privas de ti dejándolas en las tinieblas; que sus penas sean, ¡oh Jesús!, como plegarias que llamen a todas las almas a tu lado y que conforten tu dolor.

Reflexiones y prácticas.

Jesús perdona al buen ladrón y con tanto amor, que de inmediato se lo lleva consigo al cielo y nosotros, ¿pedimos siempre por las almas de los moribundos que tienen necesidad de una oración para que se cierre el infierno y se abran las puertas del cielo para ellos?

Las penas de Jesús sobre la cruz crecen, van en aumento, pero él, olvidándose de sí mismo, ruega siempre por nosotros; no se queda con nada para sí mismo, sino que nos lo da todo, incluyendo a su Madre Santísima, como el don más preciado de su Corazón. Y nosotros, ¿le damos todo a Jesús?

En todo lo que hacemos, en nuestras oraciones, en nuestras acciones y en todo, ¿ponemos siempre la intención de absorber nuevo amor en nosotros, para que luego se lo podamos devolver a Jesús? Debemos hacerlo nuestro para darlo, para que todo lo que hagamos lleve el sello de lo que hace Jesús.

Cuando el Señor nos da fervor, luz y amor, ¿nos servimos de ello para el bien de los demás? ¿Tratamos de encerrar a las almas en esta luz y en este fervor para inducir al Corazón de Jesús a amarlas? O bien, llenos de egoísmo, ¿nos quedamos con sus gracias solamente para nosotros?

« ¡Oh Jesús mío!, que cada pequeña chispa de amor que sienta en mi corazón se transforme en un incendio que incendie todos los corazones de las criaturas y los encierre en tu Corazón ».

¿Cómo aprovechamos el gran don que nos dio al darnos a su Madre Santísima? ¿Hacemos nuestro el amor de Jesús, sus ternuras y todo lo que él hacía, para contentar a su Madre? ¿Podemos decir que nuestra divina Madre puede hallar en nosotros la alegría que hallaba en su hijo Jesús? ¿Estamos siempre cerca de ella como hijos fieles, le obedecemos e imitamos sus virtudes? ¿Hacemos todo lo que está de nuestra parte para no huir de sus miradas a fin de que nos tenga siempre abrazados como a Jesús? ¿Le pedimos a nuestra Madre Santísima que nos guíe en todo lo que hacemos, para poder obrar santamente como verdaderos hijos suyos bajo su mirada piadosa?

Y para poder darle la alegría que le daba su Hijo, ¿le pedimos a Jesús que nos dé todo ese amor con el que él mismo amaba a su Madre Santísima, la gloria que le daba continuamente, su ternura y todas sus finezas de amor? Hagamos nuestro todo esto y digámosle a nuestra amadísima Madre Celestial: « Dentro de nosotros tenemos a Jesús, y para hacerte feliz y para que puedas hallar en nosotros lo mismo que hallabas en Jesús, te lo damos todo. Además, ¡oh dulce Madre!, queremos darle a Jesús todas las alegrías que él hallaba en ti, por eso queremos entrar en tu Corazón y tomar tu amor, todas tus alegrías, todas tus ternuras y cuidados maternos, para dárselos a Jesús. Madre Santa, que tus manos sean las cadenas que nos tengan encadenados a ti y a Jesús ».

Jesús no se detiene ante nada: amándonos sumamente, quiere salvarnos a todos y si le fuera posible, quisiera arrancarle todas las almas al infierno a costa de cualquier pena. Pero a pesar de todo se da cuenta de que hay almas que quieren zafarse de sus brazos y no pudiendo contener su dolor, exclama: « Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado? ». ¿Podemos decir que nuestro amor por las almas es semejante al de Jesús? Nuestras oraciones, nuestras penas, nuestros más pequeños actos, ¿están todos unidos a los actos y a las oraciones de Jesús para arrancarle almas al infierno? ¿De qué manera compadecemos a Jesús en este inmenso dolor? Si nuestra vida se pudiera consumar en un holocausto continuo no sería suficiente para compadecer este dolor. Cada pequeño acto, cada pena, cada pensamiento que unimos a Jesús, puede servir para que le arranquemos almas al infierno y así no caigan en él. Unidos a Jesús, tendremos en nuestras manos su mismo poder; si en cambio no hacemos todos nuestros actos unidos a él, no podrán servir ni siquiera para salvar a una sola alma del infierno.

« Amor mío y Todo mío, tenme abrazado fuertemente a tu Corazón, para poder sentir de inmediato cuando un pecador está por darte el dolor de apartarse de ti y así poder hacer mi parte inmediatamente ».

« ¡Oh Jesús mío!, que tu amor tenga atado mi corazón, para que, encendido por tu fuego, pueda sentir el amor con el que tú mismo amas a las almas. Cuando yo sufra algún dolor, alguna pena o amargura, ¡oh Jesús!, haz entonces que tu justicia se desahogue sobre mí y toma de mí la satisfacción que quieres; pero, ¡oh Jesús!, que el pecador se salve y que mis penas sean el vínculo que las tenga atadas a ti y que mi alma tenga el consuelo de ver que tu justicia está satisfecha ».

 

 

De   las 2 a las 3 de la tarde

Tercera hora de agonía en la cruz. La Muerte de   Jesús.

La quinta palabra:
« ¡Tengo Sed! ».

Jesús mío, crucificado y moribundo, abrazado a tu cruz, siento el fuego que devora toda tu divina persona; tu Corazón late con tanta violencia que levantándote las costillas te atormenta de un modo tan desgarrador y horrible, que toda tu santísima humanidad sufre una transformación tal que te deja irreconocible. El amor que arde en tu Corazón te seca y te quema totalmente, y tú, no pudiendo contenerlo, sientes la fuerza de su tormento; no solamente de la sed corporal, por haber derramado toda tu sangre, sino mucho más todavía de la sed ardiente que tienes por la salud de nuestras almas. Y tú quisieras bebernos a todos cual si fuéramos agua, para ponernos a salvo dentro de ti. Por eso, reuniendo tus fuerzas ya demasiado debilitadas, gritas:

« ¡Tengo Sed! ».

¡Ah!, esta palabra se la repites a cada corazón:

« Tengo sed de tu voluntad, de tus afectos, de tus deseos, de tu amor; no podrías darme un agua más fresca que tu alma. ¡Ah, no dejes que me consuma! Tengo sed ardiente y no solamente siento que se me quema la lengua y la garganta, al grado que ya no puedo ni decir una palabra, sino que también siento que mi Corazón se seca junto con todas mis entrañas. ¡Piedad de mi sed, piedad! ».

Y como delirando por la ardiente sed que te devora, te abandonas a la Voluntad del Padre. ¡Ah!, mi corazón ya no puede vivir viendo la impiedad de tus enemigos, que en vez de darte agua, te dan hiel y vinagre y tú no los rehúsas. ¡Ah!, ya entiendo, es la hiel de tantas culpas y el vinagre de las pasiones que no hemos domado, lo que quieren darte y que en vez de satisfacer tu sed hacen que aumente. ¡Oh Jesús mío!, aquí está mi corazón, mis pensamientos, mis afectos, aquí está todo mi ser para que calmes tu sed y para darle alivio a tu boca quemada y amargada. Todo lo que tengo, todo lo que soy, es para ti, ¡oh Jesús mío! Si fueran necesarias mis penas para poder salvar aunque fuera una sola alma, aquí me tienes: estoy dispuesto a sufrirlo todo; me ofrezco totalmente a ti: haz de mí lo que a ti más te agrade.

Quiero reparar el dolor que tú sufres por todas las almas que se pierden y la pena que te dan aquellas que, cuando permites que las tristezas o los abandonos las toquen, ellas, en vez de ofrecerte todo para aplacar la sed devoradora que te consume, se abandonan a sí mismas, haciéndote sufrir aún más.

La sexta palabra:
« ¡Todo está Consumado! ».

Moribundo Bien mío, el mar inacabable de tus penas, el fuego que te consume y más que nada la Voluntad Suprema del Padre, que quiere que tú mueras, no nos dejan esperanza alguna de que tú puedas seguir viviendo. Y yo, ¿cómo voy a poder vivir sin ti? Te faltan las fuerzas, los ojos se te apagan, tu rostro santísimo se transforma y se cubre de una palidez mortal, tu boca entreabierta, tu respiración es afanosa e interrumpida, todo nos dice que ya no hay esperanzas de que tú te puedas reanimar. Al fuego que te abrasa lo substituye un frío mortal y un sudor helado que te baña la frente. Los músculos y los nervios se contraen cada vez más por la atrocidad de los dolores, tus llagas se siguen haciendo más grandes por las heridas que los clavos siguen abriendo, y yo tiemblo y me siento morir.

Te miro, oh Bien mío, y veo que de tus ojos descienden las últimas lágrimas, mensajeras de tu cercana muerte, mientras que fatigosamente haces oír todavía otra palabra:

« ¡Todo está Consumado! ».

¡Oh Jesús mío!, ya has agotado todo y ya no te queda nada más; el amor ha llegado a su término. Y yo, ¿me he consumido totalmente por amor a ti? ¡Cuál no debería ser mi gratitud hacia ti! ¡Oh Jesús mío!, quiero reparar por todos, reparar por las faltas de correspondencia a tu amor y consolarte por todas las afrentas que recibes de parte de las criaturas mientras te estás consumiendo en la cruz.

La séptima palabra:
« ¡Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu! ».

Jesús mío, Crucificado agonizante, ya estás a punto de dar el último respiro de tu vida mortal. Tu santísima humanidad ya está toda rígida; tu Corazón parece que ya no late.

¡Oh Jesús!, junto con la Magdalena me abrazo a tus pies y si me fuera posible quisiera dar mi vida para reanimar la tuya.

Mientras tanto, ¡oh Jesús!, me doy cuenta de que vuelves a abrir tus ojos moribundos y miras alrededor de la cruz, como si quisieras despedirte de todos por última vez; miras a tu Madre agonizante que ya no puede ni siquiera moverse ni hablar a causa de las tremendas penas que está sufriendo y dices:

« ¡Madre mía, adiós, yo me voy, pero te tendré en mi Corazón, y tú, cuida a nuestros hijos! ».

Miras a la Magdalena deshecha en lágrimas, a tu fiel Juan y con tu mirada les dices:

« ¡Adiós! ».

Miras con amor a tus mismos enemigos y con tu mirada les dices:

« Los perdono a todos y les doy el beso de la paz ».

Nada escapa a tu mirada; te despides de todos y a todos perdonas. Y después, reuniendo todas tus fuerzas, con voz potente y sonora, gritas:

« ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! ».

E inclinando la cabeza, expiras.

La Muerte de Jesús

Jesús mío, este grito hace que toda la naturaleza trastornada llore tu muerte, la muerte de su Creador. La tierra tiembla fuertemente y con su vibración parece que llora y que quiere sacudir el ánimo de todos para que te reconozcan como verdadero Dios. El velo del Templo se rasga; los muertos resucitan; el sol que hasta ahora ha estado llorando por tus penas, horrorizado, retira su luz. Tus mismos enemigos, al oír este grito, caen de rodillas y golpeándose el pecho dicen:

« Verdaderamente éste es el Hijo de Dios ».

Y tu Madre, petrificada y moribunda, sufre penas mucho más crueles que la misma muerte.

Muerto Jesús mío, con este grito también a nosotros nos has puesto en las manos del Padre para que no nos rechace. Por eso has gritado fuertemente y no solamente con tu voz, sino con la voz de todas tus penas y con la voz de tu sangre:

« ¡Padre en tus manos pongo mi espíritu y a todas las almas! ».

Jesús mío, también yo me abandono en ti; dame la gracia de morir totalmente en tu amor y en tu Voluntad; te suplico que jamás vayas a permitir, ni en la vida ni en la muerte, que yo me aparte de tu Santísima Voluntad.

Quiero reparar por todos aquellos que no se abandonan perfectamente a la Voluntad de Dios y así pierden o, cuando menos, reducen el precioso fruto de la redención. ¿Cuál no será el dolor de tu Corazón, ¡oh Jesús mío!, al ver a tantas criaturas que huyen de tus brazos y se abandonan a sí mismas? ¡Oh Jesús mío, piedad para todos!

Beso tu cabeza coronada de espinas y te pido perdón por tantos pensamientos de soberbia, de ambición o de propia estima; te prometo que cada vez que me venga un pensamiento que no sea totalmente para ti, ¡oh Jesús!, o que me encuentre en ocasión de ofenderte, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ».

¡Oh Jesús!, beso tus hermosísimos ojos bañados todavía por las lágrimas y cubiertos de coágulos de sangre; te pido perdón por todas las veces que te he ofendido con miradas inmodestas y malas; te prometo que cada vez que mis ojos se sientan impulsados a mirar las cosas de la tierra gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ».

¡Oh Jesús mío!, beso tus sacratísimos oídos ensordecidos hasta el último momento por los insultos y las horribles blasfemias y te pido perdón por todas las veces que he escuchado o he hecho escuchar conversaciones que nos alejan de ti y por todas las malas conversaciones de las criaturas; te prometo que cada vez que me encuentre en la ocasión de oír algo que no me conviene, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ».

¡Oh Jesús mío!, beso tu rostro santísimo, pálido, lívido y ensangrentado; te pido perdón por todos los desprecios, los insultos y las afrentas que has recibido de parte de nosotros, vilísimas criaturas, con nuestros pecados; te prometo que cada vez que me venga la tentación de no darte toda la gloria, el amor y la adoración que debo darte, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ».

¡Oh Jesús mío!, beso tu santísima boca ardiente y amargada; te pido perdón por todas las veces que te he ofendido con malas conversaciones y por cuantas veces he cooperado en amargarte y en acrecentar tu sed; te prometo que cada vez que me venga el pensamiento de decir cualquier cosa que pudiera ofenderte, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ».

¡Oh Jesús!, beso tu cuello santísimo; en él veo todavía las señales de las cadenas y de las sogas que te han oprimido; te pido perdón por tantos vínculos y por tantos apegos de las criaturas, las cuales han añadido nuevas sogas y cadenas a tu santísimo cuello; te prometo que cada vez que me sienta turbado por algún apego, deseo o afecto que no sea solamente para ti, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ».

Jesús mío, beso tus hombros santísimos y te suplico que nos perdones tantas satisfacciones ilícitas, tantos pecados que hemos cometido con los cinco sentidos de nuestro cuerpo; te prometo que cada vez que me venga el pensamiento de tomarme algún placer o alguna satisfacción que no sea para tu gloria, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ».

Jesús mío, beso tu pecho santísimo y te pido perdón por tantas frialdades, indiferencias, tibiezas e ingratitudes horribles que recibes de parte de las criaturas; te prometo que cada vez que sienta que me estoy enfriando en el amor, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ».

Jesús mío, beso tus sacratísimas manos; te pido perdón por todas las obras malas o indiferentes, por tantos actos envenenados por el amor propio y la propia estima; te prometo que cada vez que me venga el pensamiento de no obrar solamente por amor a ti, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ».

Jesús mío, beso tus santísimos pies y te suplico que nos perdones por tantos pasos y tantos caminos recorridos sin haber tenido una recta intención, por tantos que se alejan de ti para ir en busca de placeres mundanos; te prometo que cada vez que me venga el pensamiento de separarme de ti, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ».

¡Oh Jesús!, beso tu Sacratísimo Corazón y quiero encerrar en él junto con mi alma a todas las almas redimidas por ti, para que todas se salven, sin excluir a ninguna.

¡Oh Jesús!, enciérrame en tu Corazón y cierra sus puertas, de manera que ya no pueda ver nada fuera de ti; te prometo que cada vez que me venga el pensamiento de querer salirme de tu Corazón, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os entrego mi corazón y mi alma! ».

Reflexiones y prácticas.

Jesús está ardiendo de sed, y nosotros, ¿ardemos también de amor por él? Nuestros pensamientos, nuestros afectos, ¿tienen siempre la finalidad de quitarle su sed ardiente?

No pudiendo Jesús seguir aguantando la sed que lo consumó, dijo: « ¡Todo está consumado! ». De manera que Jesús se consumó totalmente por nosotros, y nosotros, ¿tratamos de consumarnos por amor a Jesús en todo? Cada acto, cada palabra y cada pensamiento conducían a Jesús hacia la consumación, y así cada uno de nuestros actos, de nuestras palabras y de nuestros pensamientos, ¿nos impulsan a consumarnos por amor a Jesús?

« ¡Oh Jesús!, dulce Vida mía, que tu aliento consumado sople siempre en mi corazón para poder recibir el sello de tu consumación ».

Jesús sobre la cruz, le da cumplimiento en todo a la Voluntad del Padre y expira en un acto perfecto de abandono a su Santísima Voluntad. Y nosotros, ¿cumplimos en todo la Voluntad de Dios? ¿Nos abandonamos perfectamente a su Voluntad sin mirar si recibimos bien o mal, felices únicamente de hallarnos abandonados en sus brazos santísimos? ¿Morimos continuamente a nosotros mismos por amor a Jesús? ¿Podemos decir que aunque estemos viviendo ya no vivimos, que estamos muertos para todo, vivos solamente para vivir, no nuestra vida, sino la de Jesús mismo? Es decir, todo lo que hacemos, lo que pensamos, lo que deseamos y lo que amamos, ¿es una llamada a vivir la vida de Jesús, para hacer que mueran nuestras palabras, nuestros pasos, nuestros deseos y nuestros pensamientos totalmente en Jesús?

« ¡Oh Jesús mío!, que mi muerte sea una muerte continua por amor a ti y que cada muerte que sufra sea una vida que pueda darle a todas las almas ».

 

 

De   las 3 a las 4 de la tarde

Jesús, muerto, es traspasado por la lanza. El   descendimiento de la Cruz

¡Oh Jesús mío!, ya estás muerto. Y yo, estando en tu Corazón, empiezo a gozar ya de los copiosos frutos de la redención.

Los más incrédulos, reverentes, se doblegan ante ti golpeándose el pecho; lo que no hicieron ante tu cuerpo viviente, lo hacen ahora ante tu cuerpo ya inerte. La naturaleza se estremece, el sol se eclipsa, la tierra tiembla, los elementos se conmueven y parece como si tomaran parte en tu dolorosísima muerte. Los ángeles, sobrecogidos de admiración y de amor, descienden del cielo a millares, te adoran y te rinden homenaje reconociéndote y confesándote verdadero Dios nuestro. ¡Oh Jesús mío!, también yo uno mis adoraciones a las suyas y te ofrezco mi gratitud y todo el amor de mi pobre corazón.

Pero veo que tu amor todavía no está contento, y para darnos una señal más cierta de tu amor, permites que un soldado se acerque a ti y que con una lanza te atraviese el Corazón haciéndote derramar las últimas gotas de sangre y agua que todavía quedaban en él.

¡Oh Jesús mío!, ¿no pudieras permitir que esta lanza hiriera también mi corazón? ¡Oh, sí! ¡Que esta lanza sea la que hiera mis deseos, mis pensamientos, los latidos de mi corazón y mi voluntad, y que me dé tu Voluntad, tus pensamientos y toda tu vida de amor y de inmolación!

¡Oh Corazón de mi Jesús herido por esta lanza!, ¡ah!, prepara un baño, un refugio para todas las almas, para todos los corazones, un descanso para todos los atribulados. De esta herida es de donde das a la luz a tu amada esposa, la Iglesia; de ahí es de donde haces salir los sacramentos y la vida de las almas; y yo, junto con tu Madre Santísima, cruelmente herida en su Corazón, quiero reparar por todas las ofensas, los abusos y las profanaciones que se le hacen a tu Santa Iglesia; y por los méritos de esta herida y de tu Santísima Madre y dulcísima Madre nuestra, te suplico que nos encierres a todos en tu amantísimo Corazón y que protejas, defiendas e ilumines a quienes rigen la Iglesia.

¡Oh Jesús mío!, después de tu desgarradora y dolorosísima muerte, yo ya no debería tener vida propia, pero en tu Corazón herido hallaré mi vida; de manera que cualquier cosa que esté a punto de hacer, la tomaré siempre de tu Corazón Divino. No volveré a darle vida a mis pensamientos, mas si quisieran vida, tomaré tus pensamientos. Mi voluntad no volverá a tener vida, mas si vida quisiera, tomaré la de tu Santísima Voluntad. Mi amor no volverá a tener vida, mas si quisiera amar, tomaré vida de tu amor. ¡Oh Jesús mío!, toda tu Voluntad es mía, ésta es tu Voluntad y esto es lo que yo quiero.

El descendimiento de la cruz

Jesús mío, nos has dado la última prueba de tu amor: tu Corazón traspasado. Ya no te queda nada más que hacer por nosotros y ahora ya se están preparando para bajarte de la cruz; y yo, después de haber depositado todo mi ser en ti, salgo fuera y con tus amados discípulos quiero quitar los clavos de tus sacratísimos pies y de tus sagradas manos, y mientras yo te desclavo tú clávame totalmente a ti.

Jesús mío, apenas te bajan de la cruz, la primera en recibirte en su regazo es tu Madre Dolorosa y tu cabeza traspasada reposa dulcemente en sus brazos.

¡Oh dulce Madre!, no desdeñes mi compañía y haz que también yo, junto contigo, pueda prestarle los últimos servicios a mi amado Jesús. Dulcísima Madre mía, es cierto que tú me superas en amor y en delicadeza al tocar a mi Jesús, pero yo trataré de imitarte del mejor modo posible, para complacer en todo a mi adorado Jesús.

Por eso, junto con tus manos pongo las mías y le extraigo todas las espinas que rodean su cabeza adorada, con la intención de unir a tus profundas adoraciones las mías.

Celestial Madre mía, ya tus manos llegan a los ojos de mi Jesús y se disponen a quitar la sangre coagulada de esos ojos que un día daban luz a todo el mundo y que ahora están oscurecidos y apagados. ¡Oh Madre!, me uno a ti; besémoslos juntos y adorémoslos profundamente.

Veo los oídos de Jesús llenos de sangre, lacerados totalmente por las bofetadas y las espinas; ¡oh Madre!, hagamos que nuestras adoraciones penetren en esos oídos que ya no oyen y que han sufrido tanto llamando a tantas almas obstinadas y sordas a las voces de la gracia.

¡Oh dulce Madre mía!, veo que estás empapada en lágrimas y llena de dolor al mirar el rostro adorable de Jesús; uno mi dolor al tuyo y juntos limpiémosle el fango y los salivazos que lo han deformado tanto; adoremos su rostro lleno de Majestad Divina que enamoraba cielos y tierra, y que ahora ya no da ninguna señal de vida.

Besemos juntos su boca, dulce Madre mía, esa boca divina que con la suavidad de su palabra ha atraído a tantas almas a su Corazón. ¡Oh Madre!, quiero besar con tu misma boca esos labios lívidos y ensangrentados y adorarlos profundamente.

¡Oh dulce Madre mía!, junto contigo quiero besar una y otra vez el cuerpo adorable de mi Jesús, hecho todo una llaga; pongo mis manos junto a las tuyas para unir esos pedazos de carne que cuelgan de él y adorarlo profundamente junto contigo.

Besemos, ¡oh Madre!, esas manos creadoras que han obrado en nosotros tantos prodigios, esas manos taladradas y desfiguradas, ya frías y con la rigidez de la muerte.

¡Oh dulce Madre!, encerremos en estas sacrosantas heridas a toda clase de almas. Cuando Jesús resucite las hallará en sí mismo depositadas por ti y así no se perderá ninguna. ¡Oh Madre!, adoremos juntos estas profundas heridas, en nombre de todos y junto con todos.

Celestial Madre mía, veo que te acercas a besar los pies del pobre Jesús. ¡Qué desgarradoras heridas! Los clavos se han llevado parte de la carne y de la piel y el peso de su sacratísimo cuerpo los ha abierto horriblemente. Besémoslos juntos, adorémoslos profundamente y encerremos en estas heridas los pasos de todos los pecadores, para que cuando caminen sientan los pasos de Jesús que los sigue de cerca y así ya no se atrevan a seguir ofendiéndolo.

¡Oh dulce Madre!, veo que tu mirada se detiene en el Corazón de tu adorado Jesús. ¿Qué es lo que haremos en este Corazón? Tú me lo mostrarás, ¡oh Madre!, y me sepultarás en él, lo cerrarás con la piedra, lo sellarás y aquí adentro, depositando en él mi corazón y mi vida, me quedaré escondido para toda la eternidad. ¡Oh Madre, dame tu amor para que ame a Jesús y dame tu dolor para interceder por todos y reparar cualquier ofensa a su Corazón Divino!

Acuérdate, ¡oh Madre!, que al sepultar a Jesús quiero que con tus mismas manos me sepultes también a mí, para que después de haber sido sepultado con Jesús, pueda resucitar con él y con todo lo que es suyo.

Y ahora, una palabra a ti, ¡oh dulce Madre mía!: ¡Cuánto te compadezco! Con toda la efusión de mi pobre corazón quiero reunir todos los latidos de los corazones de las criaturas, todos sus deseos y todas sus vidas y postrarlas ante ti, en el acto más ferviente de compasión y de amor por ti. Te compadezco por el extremo dolor que has sufrido al ver a Jesús muerto, coronado de espinas, destrozado por los azotes y por los clavos; por el dolor de ver esos ojos que ya no te miran, esos oídos que ya no escuchan tu voz, esa boca que ya no te habla, esas manos que ya no te abrazan, esos pies que nunca te dejaban y que hasta desde lejos seguían tus pasos. Quiero ofrecerte el Corazón mismo de Jesús rebosante de amor, para compadecerte como mereces y para darle un consuelo a tus amarguísimos dolores.

Reflexiones y prácticas.

Jesús, después de su muerte, por amor a nosotros, quiso ser traspasado por la lanza; y nosotros, ¿dejamos que el amor de Jesús nos traspase en todo o más bien nos dejamos traspasar por el amor de las criaturas, por los placeres y por el apego a nosotros mismos? También las frialdades, las oscuridades y las mortificaciones internas y externas son algunos modos en los que Dios hiere al alma; y si no las recibimos de las manos de Dios nos herimos nosotros mismos y nuestras debilidades acrecientan nuestras pasiones, la debilidad misma, la propia estima y, en una palabra, el mal. En cambio, si las recibimos de las manos de Jesús, en estas heridas él pondrá su amor, sus virtudes, su semejanza y éstas harán que merezcamos sus besos, sus caricias y todos los estratagemas de su divino amor. Estas heridas serán voces que continuamente lo llamen y lo obliguen a habitar en nosotros constantemente.

« ¡Oh Jesús mío!, que tu lanza sea la que me cuide de cualquier herida que pueda recibir de parte de las criaturas ».

Jesús hace que lo bajen de la cruz y que lo pongan en los brazos de su Madre Santísima; y nosotros, ¿ponemos en las manos de nuestra dulce Madre todos nuestros temores, nuestras dudas y nuestras ansias? Jesús reposó en el regazo de su divina Madre, y nosotros, ¿hacemos reposar a Jesús alejando de nosotros mismos todo temor y agitación?

« Celestial Madre mía, con tus manos maternas quita de mi corazón todo lo que pueda impedir que Jesús repose en mí ».

 

 

De   las 4 a las 5 de la tarde

La sepultura de Jesús y la Soledad de María   Santísima.

Dolorosa Madre mía, veo que ya te dispones a realizar tu último sacrificio: tener que darle sepultura a tu hijo Jesús, muerto. Y resignadísima a la Voluntad del Cielo, lo acompañas y con tus mismas manos lo pones en el sepulcro. Y mientras compones sus miembros, tratas de decirle por última vez « adiós » y de darle tu último beso, mientras que por el dolor sientes que te arrancan el corazón del pecho. El amor te clava sobre esos miembros y por la fuerza del amor y del dolor, tu vida está por extinguirse junto con la de tu hijo Jesús ya muerto.

Pobre de ti, ¡oh Madre mía!, ¿qué vas a hacer sin Jesús? El es tu Vida, tu Todo y sin embargo es la Voluntad del Eterno que así lo quiere. Tendrás que combatir con dos potencias insuperables: el amor y la Voluntad Divina. El amor te tiene clavada de tal manera que no puedes separarte de él; la Voluntad Divina se impone y te pide este sacrificio. Pobre de ti, ¡oh Madre!, ¿cómo vas a hacer? ¡Cuánto te compadezco! ¡Ah, ángeles del cielo, vengan a ayudarla a que se levante de encima de los miembros rígidos de Jesús, pues de lo contrario morirá!

Pero ¡qué prodigio! Mientras parecía extinguida junto con Jesús, oigo su voz temblorosa que interrumpida por el llanto dice:

« ¡Hijo, querido Hijo mío! Este era el único consuelo que me quedaba y que hacía que mis penas se redujeran hasta la mitad de su peso: tu santísima humanidad; el poder desahogarme sobre estas llagas, adorarlas y besarlas. Mas ahora también esto se me quita, porque la Divina Voluntad así lo quiere; y yo me resigno, pero sabes, ¡oh Hijo!, quiero y no puedo; con sólo pensar que debo hacerlo se me van las fuerzas y la vida me abandona. ¡Ah, Hijo mío!, para poder tener la fuerza y la vida necesarias para hacer esta separación, permíteme que me quede sepultada totalmente en ti y que para mí tome tu vida, tus penas, tus reparaciones y todo lo que tú eres. ¡Ah!, solamente un intercambio entre tu vida y la mía puede darme la fuerza necesaria para cumplir el sacrificio de separarme de ti ».

Y con decisión, afligida Madre mía, veo que de nuevo vuelves a recorrer todos los miembros de Jesús y poniendo tu cabeza sobre la suya, la besas y encierras tus pensamientos en la cabeza de Jesús, tomando para ti sus espinas, sus afligidos y ofendidos pensamientos y todo lo que ha sufrido en su sacratísima cabeza. ¡Oh, cómo quisieras reanimar la inteligencia de Jesús con la tuya, para poder darle vida por vida! Ya empiezas a sentir que vuelve la vida a ti habiendo tomado en tu mente los pensamientos y las espinas de Jesús.

Dolorosa Madre mía, veo que besas los ojos apagados de Jesús y se me parte el corazón al pensar que Jesús ya no te mira. ¡Cuántas veces esos ojos divinos al mirarte te extasiaban y te resucitaban de muerte a vida! Pero ahora, al ver que ya no te miran, te sientes morir. Por eso veo que dejas tus ojos en los de Jesús y tomas para ti los suyos, sus lágrimas, la amargura de esa mirada que ha sufrido tanto al ver las ofensas de las criaturas y al ver tantos insultos y desprecios.

Pero veo, traspasada Madre mía, que besas sus santísimos oídos y lo llamas y lo vueles a llamar; y le dices:

« Hijo mío, pero, ¿puede ser posible que ya no me escuches, tú que al más mínimo gesto mío siempre me escuchabas, y ahora lloro y te llamo y ya no me escuchas? ¡Ah, el verdadero amor es el más cruel tirano! Tú eres para mí más que mi propia vida, ¿y ahora tendré que sobrevivir a tan grande dolor? Por eso, ¡oh Hijo!, dejo mis oídos en los tuyos y tomo para mí todo lo que han sufrido tus santísimos oídos, el eco de todas las ofensas que resonaban en los tuyos. Sólo esto puede darme la vida: tus penas y tus dolores ».

Y mientras dices esto, es tan intenso el dolor, la angustia de tu Corazón, que pierdes la voz y quedas petrificada. ¡Pobre Madre mía, pobre Madre mía, cuánto te compadezco! ¡Cuántas muertes atroces estás sufriendo!

Adolorida Madre, la Voluntad Divina se impone y te pone en movimiento. Miras el rostro santísimo de Jesús, lo besas y exclamas:

« Hijo adorado, ¡qué desfigurado estás! ¡Ah, si el amor no me dijera que eres mi Hijo, mi Vida, mi Todo, no sabría cómo reconocerte! ¡A tal punto has quedado irreconocible! Tu belleza natural se ha transformado en deformidad; tus mejillas coloradas ahora se ven pálidas; la luz, la gracia que irradiaba tu hermoso rostro, que mirarte y quedar en éxtasis era una misma cosa, ha tomado la palidez de la muerte, ¡oh Hijo amado! ».

« ¡Hijo mío, a qué estado has quedado reducido! ¡Qué labor tan terrible ha realizado el pecado en tus sacratísimos miembros! ¡Oh, cómo tu inseparable Madre quisiera devolverte tu belleza original! Quiero fundir mi rostro en el tuyo y tomar para mí el tuyo, las bofetadas, los salivazos, los desprecios y todo lo que has sufrido en tu rostro santísimo. ¡Ah, Hijo mío, si me quieres viva, dame tus penas, porque de lo contrario moriré! ».

Y es tan grande tu dolor que te sofoca, te corta la palabra y caes como muerta sobre el rostro de Jesús, ¡Pobre Madre, cuánto te compadezco! ¡Ángeles míos, vengan a sostener a mi Madre; su dolor es inmenso, la inunda, la sofoca y ya no le queda más vida ni fuerza! Pero la Divina Voluntad, rompiendo estas olas, le restituye la vida.

Y llegas ya a su boca y al besarla sientes que se amargan tus labios por la amargura de la hiel que ha amargado tanto la boca de Jesús, y sollozando continúas:

« Hijo mío, dile una última palabra a tu Madre. ¿Es posible que no vaya a volver a escuchar tu voz? Todas tus palabras que me dijiste cuando vivías, como si fueran flechas, hieren mi Corazón de dolor y de amor. Y ahora, al verte mudo, estas flechas se ponen en movimiento en mi Corazón lacerado dándome innumerables muertes, y parece como si quisieran arrancarte una última palabra a viva fuerza, pero no pudiendo obtenerla, me desgarran y me dicen: “Así que ya no lo vas a volver a escuchar, no volverás a oír su dulce voz, la melodía de su palabra creadora, que por cada palabra que decía creaba un nuevo paraíso en ti…” ¡Ah, mi paraíso se acabó, de ahora en adelante ya no tendré más que amarguras! ¡Ah, Hijo, quiero darte mi lengua para animar la tuya! Dame todo lo que has sufrido en tu santísima boca, la amargura de la hiel, tu sed ardiente, tus reparaciones y tus oraciones; así, sintiendo por medio de ellas tu voz, mi dolor podrá ser más soportable y tu Madre podrá seguir viviendo por medio de tus penas ».

Destrozada Madre mía, veo que te apresuras porque quienes están a tu alrededor quieren cerrar el sepulcro y casi volando pasas sobre las manos de Jesús las tomas entre las tuyas, las besas, te las estrechas al Corazón y dejando tus manos en las suyas, tomas todos los dolores y las heridas que han traspasado aquellas manos santísimas. Y llegando a los pies de Jesús, al ver la cruel destrucción que los clavos han hecho en sus pies y mientras pones en ellos los tuyos, tomas para ti sus llagas, ofreciéndote tú a correr en lugar de Jesús, para ir en busca de todos los pecadores para arrancárselos al infierno.

Angustiada Madre mía, ya te veo dar el último « adiós » al Corazón traspasado de Jesús. Y aquí te detienes; es el último asalto que recibe tu Corazón materno y sientes que la vehemencia del amor y del dolor te lo arranca del pecho y se te escapa por sí mismo para ir a encerrarse en el Corazón Sacratísimo de Jesús; y tú, viéndote sin Corazón, te apresuras a tomar el suyo, su amor rechazado por tantas criaturas, tantos ardientísimos deseos suyos no realizados a causa de la ingratitud, y los dolores y las heridas de aquel Sagrado Corazón, que te tendrán crucificada durante toda tu vida. Al ver esa herida tan ancha, la besas y tomas en tus labios su sangre, y sintiendo ya en ti la vida de Jesús, sientes la fuerza necesaria para poder hacer esa amarga separación. Así que te lo abrazas y permites que la piedra sepulcral lo encierre.

Dolorosa Madre mía, llorando te suplico que por ahora no permitas que nos quiten a Jesús de nuestra mirada; espera que primero me encierre en Jesús para tomar su vida en mí. Si tú, que eres la Inmaculada, la Santa, la Llena de Gracia, no puedes vivir sin Jesús, mucho menos podré yo, que soy la debilidad, la miseria, la llena de pecados; ¿cómo voy a poder vivir sin Jesús? ¡Ah, Dolorosa Madre mía!, no me dejes sola, llévame contigo; pero antes sepúltame totalmente en Jesús, vacíame de todo para que puedas poner totalmente a Jesús en mí, así como lo has puesto en ti. Comienza conmigo a cumplir el oficio de Madre que Jesús te dio estando en la cruz y abriendo mi extrema pobreza una brecha en tu Corazón materno, enciérrame totalmente en Jesús con tus propias manos maternas. Encierra los pensamientos de Jesús en mi mente para que no entre en mí ningún otro pensamiento; encierra los ojos de Jesús en los míos, para que jamás pueda escapar de mi mirada; pon sus oídos en los míos, para que siempre lo escuche y cumpla en todo su Santísima Voluntad; pon su rostro en el mío, para que contemplando ese rostro tan desfigurado por amor a mí, lo ame, lo compadezca y lo repare; pon su lengua en la mía para que hable, ore y enseñe sólo con la lengua de Jesús; pon sus manos en las mías, para que cada movimiento que yo haga y cada obra que realice, tome vida de las obras y de los movimientos de Jesús; pon sus pies en los míos, para que cada paso que yo dé sea vida, salvación, fuerza y celo para las demás criaturas.

Y ahora, afligida Madre mía, permíteme que bese su Corazón y que beba de su preciosísima sangre; y encerrando tú su Corazón en el mío, haz que yo pueda vivir de su amor, de sus deseos y de sus penas. Y ahora toma la mano derecha de Jesús, ya rígida, para que me des su última bendición.

Finalmente permites que la piedra cierre el sepulcro; y tú, destrozada, besas el sepulcro, y llorando le das el último adiós y te alejas del sepulcro.

La Soledad de María Santísima

Es tanto tu dolor que quedas petrificada y helada. Traspasada Madre mía, junto contigo doy el adiós a Jesús, y llorando quiero compadecerte y hacerte compañía en tu amarga soledad. Quiero ponerme a tu lado para darte en cada suspiro, de afán y de dolor, una palabra de consuelo y darte una mirada de compasión; recogeré también tus lágrimas, y si veo que estás por desmayarte, te sostendré con mis brazos.

Pero veo que te ves obligada a regresar a Jerusalén por el mismo camino por el que viniste. Apenas das unos pasos y te encuentras ante la cruz sobre la que Jesús ha sufrido tanto hasta morir sobre ella y tú corres hacia ella, la abrazas y viéndola bañada de sangre, se renuevan en tu Corazón uno por uno los dolores que Jesús sufrió en ella; y no pudiendo contener tu dolor, entre sollozos exclamas:

« ¡Oh cruz! ¿Cómo es que has sido tan cruel con mi Hijo? ¡Ah, en nada lo has perdonado! ¿Qué mal te había hecho? Ni siquiera a mí, su Dolorosa Madre, me permitiste que le diera al menos un sorbo de agua cuando la pedía y en cambio le diste hiel y vinagre a su boca ardiente de sed. Sentía que mi Corazón traspasado se me derretía y hubiera querido darle a sus labios mi Corazón derretido para calmar su sed, pero tuve el dolor de verme rechazada. ¡Oh cruz, cruel, sí, pero santa, porque haz quedado divinizada y santificada por el contacto de mi Hijo! Esa crueldad que usaste con él, transfórmala en compasión hacia los miserables mortales y por las penas que él ha sufrido sobre ti, impetra gracia y fortaleza a las almas que sufren, para que ninguna se pierda a causa de las cruces y de las tribulaciones. Demasiado me cuestan las almas, me cuestan la vida de un HijoDios; y yo, cual corredentora y Madre, ¡a ti te las confío, oh cruz! ».

Y besándola y volviéndola a besar, te alejas de ella. ¡Pobre Madre, cuánto te compadezco! A cada paso y encuentro surgen nuevos dolores que creciendo en intensidad y haciéndose cada vez más amargos, como si fueran olas, te inundan, te ahogan y te sientes morir a cada instante.

Das unos pasos más y llegas al sitio en donde esta mañana te encontraste con él bajo el enorme peso de la cruz, agotado, chorreando sangre y con la corona de espinas sobre la cabeza, las cuales, cada vez que la cruz golpeaba con la cabeza penetraban más y más, dándole en cada golpe dolores de muerte. Las miradas de Jesús cruzándose con las tuyas, buscaban piedad, pero los soldados, para quitarles este consuelo a Jesús y a ti, empujaron a Jesús haciendo que se cayera derramando así más sangre; y ahora, viendo la tierra empapada de su sangre, te postras por tierra y mientras la besas te oigo decir:

« Ángeles míos, vengan a hacerle guardia a esta sangre para que ninguna gota sea pisoteada y profanada ».

Madre Dolorosa, déjame que te dé la mano, para ayudarte a que te levantes y sostenerte, porque veo que estás agonizando en la sangre de Jesús. Conforme caminas te encuentras con nuevos dolores; por todos lados te tropiezas con las huellas de su sangre y recuerdas los dolores de Jesús. Por eso, apresuras tus pasos y te encierras en el cenáculo. También yo me encierro en el cenáculo, pero mi cenáculo es el Corazón Sacratísimo de Jesús; y desde dentro de su Corazón quiero ir a tus rodillas maternas para hacerte compañía en esta hora de amarga soledad. Mi corazón no podría resistir si te dejara sola en tanto dolor.

Desolada Madre mía, mira a tu pequeño hijo, soy demasiado pequeño y por mí solo no puedo ni quiero vivir. Por eso, tómame sobre tus rodillas y estréchame entre tus brazos maternos, sé mi Madre, porque tengo necesidad de quien me guíe, me ayude y me sostenga; mira mi miseria y derrama sobre mis llagas una lágrima tuya, y cuando me veas distraído, estréchame a tu Corazón materno y dame de nuevo la vida de Jesús.

Pero mientras te pido esto, me veo obligado a detenerme para poner atención a tus dolores tan amargos, y siento que se me rompe el corazón al ver que al mover la cabeza, sientes que las espinas que has tomado de Jesús penetran más y más en ti junto con las punzadas de todos nuestros pecados de pensamiento, y que, penetrándote hasta en los ojos, te hacen derramar lágrimas de sangre. Y mientras lloras, teniendo en los ojos la mirada de Jesús, desfilan ante tu vista todas las ofensas de todas las criaturas. ¡Oh, qué amargura sientes! ¡Qué bien comprendes todo lo que Jesús ha sufrido teniendo en ti sus mismas penas!

Pero un dolor no espera al otro; y poniendo atención en tus oídos, te sientes ensordecer por el eco de las voces de las criaturas. Cada especie de voz de criatura, penetra, a través de tus oídos a tu Corazón y te lo traspasan y repites una vez más:

« ¡Hijo, cuánto has sufrido! ».

Desolada Madre mía, ¡cuánto te compadezco! Déjame secar tu rostro bañado de lágrimas y sangre; pero me siento retroceder al verlo amoratado, irreconocible y pálido de una palidez mortal. ¡Ah, comprendo! Son todos los malos tratos que Jesús ha sufrido y que tú has tomado sobre ti, los cuales te hacen sufrir tanto, que al mover tus labios para orar o para emitir suspiros de tu ardiente pecho, sientes tu aliento amarguísimo y tus labios consumidos por causa de la sed de Jesús.

¡Pobre de ti, oh Madre, cuánto te compadezco! Tus dolores crecen cada vez más, mientras parece que se dan la mano unos a otros. Y tomando tus manos entre las mías, veo que están traspasadas por los clavos. Es precisamente en ellas donde sientes el dolor de ver tantos homicidios, traiciones y sacrilegios y todas las malas obras, que hace que se repitan los golpes de martillo, agrandando tus llagas y haciéndolas cada vez más crueles.

¡Cuánto te compadezco! Tú eres la verdadera Madre crucificada, tanto que ni siquiera tus pies quedan sin clavos; más aún, no solamente sientes que te los clavan, sino como que te los arrancan por tantos pasos inicuos y por las almas que se van al infierno, tras las cuales tú corres para que no se precipiten en las llamas infernales.

Pero eso todavía no es todo, clavada Madre mía: todas tus penas, haciéndose una sola hacen eco en tu Corazón y te lo traspasan no con siete espadas, sino con miles y miles de espadas, y más todavía, porque teniendo el Corazón de Jesús en ti, el cual contiene todos los corazones y envuelve en su palpitar los latidos de cada uno de ellos, ese palpito divino conforme palpita va diciendo: « ¡Almas, Amor! ». Y tú, del pálpito « almas » sientes que fluyen en tu palpito todos los pecados sintiendo que te dan muerte; mientras que en el pálpito « amor », te sientes dar vida; de manera que te encuentras en acto continuo de morir y de vivir.

Crucificada Madre mía, mirándote, compadezco tus dolores, ¡son indescriptibles! Quisiera transformar todo mi ser en lengua, en voz, para compadecerte; pero ante tantos dolores, mis compasiones son nada; por eso, llamo a los ángeles, a la Sacrosanta Trinidad y les ruego que pongan a tu alrededor sus armonías, sus alegrías y sus bellezas, para endulzar y compadecer tus intensos dolores, para que te sostengan en sus brazos y te devuelvan todas tus penas convertidas en amor.

Y ahora, Desolada Madre, te doy gracias en nombre de todos por todo lo que has sufrido y te ruego que por esta amarga soledad que has sufrido, me vengas a asistir a la hora de mi muerte, cuando mi pobre alma se encuentre sola y abandonada por todos, en medio de mil ansias y temores; ven tú entonces a devolverme la compañía que tantas veces te he hecho en vida; ven a asistirme, ponte a mi lado y ahuyenta al enemigo; lava mi alma con tus lágrimas, cúbreme con la sangre de Jesús, revísteme con sus méritos, embelléceme con tus dolores y con todas las penas y las obras de Jesús, y en virtud de sus penas y de tus dolores, haz que desaparezcan de mí todos mis pecados, perdonándome totalmente. Y al expirar mi alma, recíbeme entre tus brazos y poniéndome bajo tu manto, ocúltame a la mirada del enemigo, llévame volando al cielo y ponme en los brazos de Jesús. Así que quedamos en este acuerdo, ¿no es así, Madre mía?

Y ahora te ruego que les hagas la compañía que yo te he hecho hoy a todos los moribundos presentes; sé Madre de todos; son los momentos extremos y les hacen falta grandes ayudas. Por eso, no le niegues a nadie tu oficio materno.

Por último, una palabra más mientras te dejo: te ruego que me encierres en el Corazón Sacratísimo de Jesús y tú, adolorida Madre mía, cuídame, para que Jesús no me tenga que expulsar de su Corazón y para que yo, ni siquiera queriéndolo, pueda jamás volver a salir de él. Te beso tu mano materna y tú dame tu bendición.

Nos cum prole pia, benedicat Virgo Maria.

Reflexiones y prácticas.

Jesús es sepultado, una piedra cierra el sepulcro y le impide a su Madre Santísima volver a ver a su Hijo. Y nosotros, ¿tratamos de ocultarnos a los ojos de las criaturas? ¿Nos es indiferente que todos se olviden de nosotros? ¿En las cosas santas quedamos indiferentes con esa santa indiferencia que hace que no faltemos en nada? Cuando Jesús nos abandona, ¿vencemos en todo con esa santa indiferencia que nos lleva siempre a él? ¿Formamos con nuestra constancia una dulce cadena que lo atraiga siempre hacia nosotros? ¿Está nuestra mirada siempre sepultada en la de Jesús de manera que nada miremos sino sólo lo que él quiere? ¿Está nuestra voz sepultada en la voz de Jesús? ¿Están nuestros pasos sepultados de tal manera en los de Jesús, que cuando caminamos vamos dejando la huella de Jesús y no la nuestra? ¿Está nuestro corazón sepultado en el suyo para poder amar y desear como ama y desea su Corazón mismo?

« Madre mía, cuando Jesús se esconda, por mi bien, dame la gracia que tu obtuviste cuando te viste privada de él para que yo pueda darle toda la gloria que tú misma le diste cuando lo pusiste en el sepulcro. ¡Oh Jesús!, quiero rogarte con tu misma voz, y que así como tu voz penetraba hasta el cielo y repercutía en las voces de todos, que también la mía, en honor de la tuya, penetre hasta el cielo para darte la gloria y el amor de tu misma palabra. Jesús mío, mi corazón late, pero no estaré contento si no haces que sea tu latido el que viva en mi corazón, y así con los mismos latidos de tu Corazón, amaré como tú amas. Te amaré por todas las criaturas y será uno sólo nuestro grito: ¡Amor, amor! ».

« ¡Oh Jesús mío!, dale honra a tu nombre y haz que en todo lo que yo haga se encuentre la huella de tu misma potencia, de tu amor y de tu gloria ».

 

 

Permanent link to this article: http://bookofheaven.com/spanish/las-horas-de-la-pasion/